La aporofobia: el desprecio a los pobres[1]

Luis Muñoz[2]

A quienes siendo pobres y víctimas de una guerra, sobrevivieron, siguieron adelante y construyeron el hogar donde nací, dándome todo para que a mí no me faltase lo necesario.

(La rabia sí, las mandíbulas apretadas, como talladas en piedra, de algunos hombres, algunas mujeres que en una sola vida habían acumulado desgracias suficientes para hundirse seis veces, y que sin embargo seguían de pie. Porque en España, hasta hace treinta años, los hijos heredaban la pobreza, pero también la dignidad de sus padres, una manera de ser pobres sin sentirse humillados, sin dejar de ser dignos ni de luchar por el futuro. Vivían en un país donde la pobreza no era un motivo para avergonzarse, mucho menos para darse por vencido.

Almudena Grandes. Los besos en el pan, 2015.)

Adela Cortina Orts es una filósofa española y catedrática de Ética en la Universidad de Valencia. Autora de varios libros sobre Ética y Bioética y colaboradora habitual en los periódicos, en 1995 estaba preparando un texto para la columna ABC Cultural en el que escribió lo siguiente:

… bajo muchas de las actitudes racistas y xenófobas que vemos cada día a nuestro alrededor, late una fobia distinta: la que nos producen los pobres, aquellos que en esta sociedad del intercambio, del dar y recibir, no parecen tener nada que ofrecernos (las negritas son mías).

Buscando en algunos diccionarios de griego, encontró el término áporos, que significa “pobre, sin recursos” y entonces se le ocurrió acuñar el término “aporofobia”, para denotar el desprecio que se tiene a los pobres por el hecho de serlo. El 20 de diciembre de 2017, “aporofobia” fue admitida en el Diccionario de la Real Academia y nueve días después, la Fundación para el Español Urgente la nombró la palabra del año. Así que vamos a dejar de escribirla entrecomillada.

La doctora Cortina justifica el neologismo señalando que “era necesario poner nombre a un fenómeno que existe, que es universal y absolutamente corrosivo, como primer paso para desactivarlo”. Posteriormente, escribió un libro que se titula Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia (Paidós, 2017), cuyos dos objetivos son “indagar las causas de nuestra tendencia a dar con tal de recibir, que excluye del juego del intercambio a los que parece que no pueden devolver nada valioso e intentar desactivar la propensión a rechazar a los peor situados, potenciando el respeto a las personas concretas y agudizando la sensibilidad para descubrir lo bueno que toda persona puede ofrecer, sin exclusiones”.

En el libro se enfatiza que la pobreza no sólo se refiere a la carencia de los medios necesarios para sobrevivir, sino que, siguiendo al filósofo y economista indio Amartya Sen, es, sobre todo, la falta de libertad, la imposibilidad de llevar a cabo los planes de vida que una persona considera valiosos.

La aporofobia y otras fobias forman parte del discurso del odio que, en ocasiones, lleva a la comisión de delitos de odio. Quien expresa ese discurso lo hace sin atender razones ni le concede a su víctima el derecho de réplica, abrumándolo con sus “argumentos” y condenándolo de antemano. Este discurso, tan utilizado hoy, pone a prueba los límites de la libertad de expresión y, sin conducir necesariamente al delito de odio, infringe por sí mismo la dignidad de la víctima. Ante la tensión entre la tolerancia y la intolerancia, se alza sobre ambas la virtud del respeto activo a la dignidad, una actitud que evita la ruptura de nuestro vínculo con los otros, ese tejido delicado y valioso que debe caracterizar a las sociedades democráticas.

¿Por qué persisten las fobias y existe la aporofobia? Adela Cortina nos dice que ello se debe a que padecemos “debilidad moral”, tal como lo señalaba ya Ovidio a través de Medea en Las Metamorfosis: “Veo qué es lo mejor y, sin embargo, compruebo que sigo lo peor”. Esa debilidad o falta de equilibrio que los antiguos griegos llamaban akrasía ha recibido diversas explicaciones.

Desde el punto de vista religioso, se dice que su origen se encuentra en el pecado original. Por otro lado, algunos filósofos han señalado que ese optar por el egoísmo frente al deber moral forma parte de la naturaleza humana.

Hasta se le ha señalado un origen biológico fundado en un mecanismo cerebral adquirido en un momento temprano de nuestra historia evolutiva, cuando resultaba benéfico dar sólo si recibíamos algo a cambio. Por alguna razón y aunque las cosas hoy son distintas y la evolución humana puramente biológica se modifica cada vez más por la cultura, hay quienes consideran que el mecanismo cerebral del egoísmo ha persistido, lo que explica en parte la aporofobia.

Para Adela Cortina la solución para desactivar la aporofobia a lo largo de la vida de las personas está, por un lado, en la educación dentro de la familia, en la escuela, a través de los medios de comunicación y en el conjunto de la vida pública. Y por otro lado, construyendo “el tipo de instituciones y organizaciones que caminen en esa dirección, porque no sólo serán justas, que es lo que les corresponde, sino que ayudarán a configurar caracteres justos”.

Hacer visible ese rechazo y desprecio al pobre que ahora llamamos aporofobia es muy importante porque es justamente la vista el sentido que más nos reafirma a nosotros mismos a través de lo que vemos en los demás. En este sentido, son muy oportunas las palabras del filósofo español Emilio Lledó en Memoria de la ética (Taurus, 2015):

Como el privilegio de la mirada cuyo sentido consiste en traspasar la frontera de su solitaria claridad, ver otras cosas fue, en el fondo, reconocer que los ojos existen para llenarse de lo que no son ellos mismos, y que ver es, sustancialmente, aceptación e incluso sumisión a la alteridad. Una alteridad que, sin embargo, no nos transforma en otros sino que nos conforma, más intensamente, con nosotros mismos.

 

No basta con no rechazar a los pobres, sino que es necesario acercarnos a ellos. Es lo que nos señala Immanuel Kant en su Metafísica de las costumbres (1797):

Así pues, es un deber no eludir los lugares donde se encuentran los pobres a quienes les falta lo necesario, sino buscarlos; no huir de las salas de los enfermos o de las cárceles para deudores, para evitar esa dolorosa simpatía irreprimible: porque este es sin duda uno de los impulsos que la naturaleza ha puesto en nosotros para hacer aquello que la representación del deber por sí sola no lograría.

¿A qué conclusión llega Adela Cortina en su obra? Se puede resumir en sus propias palabras:

El desprecio al pobre es una violación de la dignidad de las personas concretas y un atentado contra la democracia, que tiene por valores supremos la igualdad y la libertad de todos los seres humanos. Por eso el objetivo prioritario del siglo XXI es erradicar la pobreza, como indica el primero de los Objetivos del Desarrollo Sostenible, y cultivar la propensión a cuidar de los más vulnerables.

[1] Tomado de https://elpatologoinquieto.wordpress.com/2018/03/15/la-aporofobia-el-desprecio-a-los-pobres/

[2] Medico patólogo español-mexicano (1961-…), miembro del Colegio de Bioética  AC.