Tres mujeres surrealistas en México

Anvy Guzmán Romero[1]

PARTE 1. Alice Rahon

El mundo de la vida sería impensable sin la presencia del mundo del arte. Es decir, ese resquicio donde las personas nos refugiamos en la búsqueda de aires nuevos que nos aporten felicidad y bienestar. Por ello el arte es un derecho humano, porque la vida es la trama del arte y éste entrelaza las experiencias vitales de las personas a partir de expresiones estéticas y emocionales.

            En las siguientes líneas descansamos en la historiografía del arte feminista, como posicionamiento teórico que vincula al arte con la subjetividad y desde ahí lo identificamos como un derecho cultural, en tanto derecho humano, para asegurar el disfrute de la cultura y de sus componentes en condiciones de igualdad, dignidad humana y no discriminación así como derecho relativo a cuestiones como la producción artística y la participación en la cultura[2].

            En los años setenta del siglo pasado surgió una nueva manera de historiar el arte que comenzaba a romper paradigmas hegemónicos. La pregunta de Linda Nochlin ¿por qué no ha habido grandes mujeres artistas?[3], manifestó el vacío que esa historiografía había mantenido y significó el surgimiento de la denominada historia del arte feminista. Ésta buscaba evidenciar la presencia de mujeres artistas a lo largo de la historia de la humanidad y cómo habían aportado esfuerzo y creatividad al campo de la vanguardia artística, al tiempo que puso sobre la mesa que la esfera del arte no se escapa de albergar inequidades de género[4].

            Si bien en los registros historiográficos existían pocos nombres de artistas mujeres era frecuente que se las mencionara a partir de sus vínculos –por filiación o amorosos– con un hombre que gozara del reconocimiento de la crítica. De ese modo, a mayor reconocimiento de él, mayor reconocimiento de ella. Diversos manejos de biografías de mujeres en las que los aspectos privados e íntimos parecieran ser más importantes que los aportes que realizaran al campo artístico dan cuenta de lo anterior. Además, también niegan la mutua influencia creativa que puede existir en el proceso artístico, cuando se trata de una pareja de artistas, al enfocarse únicamente en que eran los hombres quienes ejercían influjos en el estilo de ellas y no mutuamente ni, mucho menos, al revés.

            En las siguientes páginas retomaremos las vidas de Alice Rahon, Lilia Carrillo y María Izquierdo como ejemplos de historiografía del arte feminista en las que las esferas privadas y públicas son tratadas complementariamente, al tiempo que los detalles intimistas y subjetivos se mencionan para comprender sus estilos e influencias mutuas con sus parejas en los procesos creativos.

Alice Rahon, foto de Manuel Álvarez Bravo (1940).

            Se trata de artistas mexicanas de la segunda mitad del siglo xx que serán abordadas en diversas entregas para la Revista Perseo. De las tres, la primera es la menos reconocida tanto por la crítica de su época como por la historia del arte mexicano que tampoco le ha hecho mucha justicia, aun cuando fue en México que inició su carrera artística y es considerada una de las precursoras del arte abstracto junto con Carlos Mérida y Gunther Gerzso.

            Durante las décadas de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, nuestro país fue el escenario mandado a hacer a medida del movimiento surrealista. André Breton, padre del mismo, acuñó una de las ahora anécdotas más recurrentes e ilustrativas de nuestra cultura: México es el país más surrealista que existe. En esta tierra se encontraron diversos exponentes de ese estilo[5] quienes dieron rienda suelta a su creatividad y que, desde hace varios años, gozan de reconocimiento no sólo de la crítica sino de la historiografía del arte. Sin embargo, hay nombres que poco han sido mencionados y que, en la mayoría de los casos, corresponden a mujeres. Esto contrasta con los casos de Leonora Carrington, Remedios Varo, Frida Kahlo e incluso María Izquierdo[6] cuyas vidas y obras han sido ampliamente abordadas desde diversos enfoques.

            Alice Rahon nació en Chenecey-Buillon, Francia, el 8 de junio de 1904. Mucho hay de mágico en sus pinturas como reflejos de su vida. Sus cuadros parecieran recordar imágenes realizadas por manos infantiles o acaso son evocaciones de mundos fantásticos habitados por duendecillos traviesos y parlanchines de los que, con un poco de imaginación, se puede escuchar sus voces juguetonas y risueñas escondidas entre los rojos, los amarillos, los ocres y demás colores de la paleta empleada por la pintora. A decir de la crítica de arte Raquel Tibol[7]:

Su obra fue siempre un ejercicio de ingravidez. No deja caer sobre la tela o el papel el peso de pinceles, lápices o polvos, sino que establece contactos muy leves, estrictamente indispensables. Era afecta a las manipulaciones minúsculas; pegaba plumitas, hojitas secas, papelitos encontrados en la calle, alitas de mariposas, algodoncitos quemados. Su curiosidad por la materia pictórica la acercaba a los cubistas, el misterio de sus imágenes a los surrealistas.

            A los tres años de edad se le fracturó la cadera y eso significó estar enyesada por más de dos años. Durante su recuperación sus padres la sentaban en el jardín de su casa para que se distrajera y ahí observaba el volar de los pájaros y oía el rumor de los insectos; veía las plantas y las flores y armaba las fantasías propias de una niña pequeña. Esto se convirtió en un tema recurrente en sus obras en las que aparecen diferentes aves e imágenes que evocan plumajes de alas y escenas de vuelo. Su mamá fue la persona más importante en términos afectivos, tal vez por ello existe una evocación presente en algunas de sus obras con relación a los cuidados maternos[8]. Al paso de los años Alice quiso recrear aquella imagen materna cuando tuvo a su primer y único hijo, pero no lo consiguió porque la muerte se lo arrebató.

            La de Alice Rahon fue una vida marcada por sucesos contrastantes que recuerdan aquellos que viviera la otra Alicia, la del país de las maravillas. Alice encarnaba un ser de una gran sensibilidad con los poros abiertos, a quien los sucesos tristes por los que atravesó a lo largo de su existencia, no le impidieron vivir plenamente. Primero su enfermedad en la niñez y las secuelas de ésta toda su vida, en la adolescencia la pérdida de su hijo, un poco más tarde caer enferma de tuberculosis. Al paso de los años volver a encarar la muerte con la pérdida de su ex marido y con ello comenzar a despedirse de quienes había amado durante su vida y que dejaban este mundo. A pesar de todo eso, Alice siguió viviendo con sus recuerdos sin dar muestras de flaqueza.

            Quizás los alicientes para anteponerse al dolor eran las imágenes de felicidad que estaban vivas en su memoria y que le permitían mitigar su sufrimiento. Entre ellas estaban varios viajes, su amistad con Frida Kahlo y la escritora Anäis Nin, su entrañable afecto con la fotógrafa Eva Sulzer, sus momentos de intercambios vivenciales con los pintores Joan Miró y André Breton. Su fugaz relación extramarital con Pablo Picasso y su matrimonio con el pintor surrealista Wolfgang Paalen con quien llegó a México y de quien se separaría varios años más tarde. Esos sucesos no sólo forjaron su espíritu sino que los fue incorporando a sus pinturas en las que resulta casi imposible adivinar o entre leer su tristeza. Alice, a la manera de los grandes artífices, transformaba sus demonios en alegorías contagiosas de vida.

            Alice Rahon fue primero poeta y a partir de un acercamiento a las pinturas rupestres de la cueva de Altamira retomó sus incipientes conocimientos de pintura y transformó su manera de expresar los poemas que su mente hilvanaba con la realidad. Así, su designio plástico quedó condensado por su quehacer poético. Incluso en sus lienzos encontramos varios versos, ya sea de modo gráfico o lingüístico o bien de ambos, y los títulos de sus obras muchas veces son poéticos.

            En México escribió diversos poemas que fueron publicados en la revista Dyn[9] en la que editó su último poemario titulado Noir animal. Puede decirse que Alice nunca abandonó su vocación poética, incluso cuando retomó la pintura, ya que siguió haciendo poesía en su obra plástica. Con las pocas palabras de las que se cuenta registro es posible advertirlo: “para mí la pintura es un modo de decir cosas que siento con mucha fuerza, con mucha intensidad. Es un lugar para el conocimiento”[10].

            Sus pinturas comparten junto con las rupestres lo que parece haber sido un carácter mágico. La visita a Altamira no sólo impactó en su imaginación creativa sino que le permitió formular hipótesis diferentes al discurso dominante. Narró que ella tenía su propia conjetura respecto a la autoría de dichas pinturas. Esa presunción se antoja pensarla como recuerdos de los sueños de una pequeña postrada en cama que fue recordada por la mujer adulta convertida en pintora:

…fueron hechas por mujeres que debieron quedarse en reposo después del parto y, aprovechando los accidentes de las rocas, ejercieron a su manera el delirio de interpretación […] que es algo a lo que los surrealistas le pusieron nombre pero que siempre ha existido[11].

            La formación pictórica de Alice Rahon comenzó con las lecciones que recibió de su padre en la infancia y la adolescencia. En 1931 vivió junto con su hermana Geo en París. En ese tiempo conoció a Wolfgang Paalen, pintor surrealista nacido en Viena en 1905. Tras un noviazgo de tres años se casaron en 1934. Con él comenzó a relacionarse con un grupo de surrealistas franceses y se vinculó a esa corriente. Primero fue a partir de algunos poemas que se publicaron y fueron ilustrados por su marido y Joan Miró.

Alice Rahon, La balada de Frida Kahlo (1956).[12]

            A los dos años de matrimonio se dio un suceso relevante en la vida amorosa de la pintora. En 1936, sin que se especifique en sus escazas biografías cómo, cuándo ni dónde, Alice conoció a Pablo Picasso e inició una apasionada relación amorosa extramarital con él, de la cual se desconoce su duración. Picasso admiraba en Alice su belleza e incluso le dedicó un poema y le regaló un collar de cuentas de ámbar[13]. El poema fechado el 1º de febrero de 1936 dice: Pour Alice a telle heure étendre sur l’etendre de la couleur qoi saigne ce silence[14].

            Se antoja pensar que ese affaire no fue una relación más de las muchas que tuvo Alice. Ella le escribió el poema La desesperación de Picasso[15] y que apareció en su último poemario titulado Animal negro (1936). Cuando Wolfgang Paalen se enteró de esa relación, ella prefirió no enfrentarlo y decidió huir en un viaje a la India en compañía de su amiga y amante la poeta Valentine Penrose. Ese viaje influiría en la luz de sus cuadros y en los matices de su paleta. No se sabe las consecuencias que tuvo ese desacierto para la pareja, lo que sí es que después de ello siguieron juntos hasta 1947. Quizás Paalen, en un intento de alejarse de esa situación, de alguna manera desesperado y después de haber amenazado con suicidarse, en 1938 decidió organizar el viaje que los traería al continente americano. Previo a ello, Alice regresó a París en donde conoció a Frida Kahlo quien había sido invitada a esa ciudad por los amigos mutuos André y Jacqueline Breton.

            Lourdes Andrade menciona que la amistad que surgió entre las pintoras se debió a las similitudes entre ambas “la experiencia de la maternidad frustrada, la locomoción destrozada, el dolor físico y la restricción en la libertad de movimiento” [16]. Frida Kahlo aprovechando que la pareja emprendería el viaje muy pronto, invitó a Alice y a su esposo a visitarla. El matrimonio llegó a México en septiembre de 1939 acompañados de la fotógrafa suiza, y mecenas de ambos, Eva Sulzer. Mientras estaban aquí, estalló la guerra en Europa y decidieron prolongar su estancia en México quizás sin saber que aquí se quedarían para siempre.

            México fue el escenario para el reencuentro de Alice con la pintura. Apoyada por su marido retomó sus incipientes conocimientos pictóricos a la vez que siguió escribiendo poemas. Ese apoyo fue no sólo alentador, sino que se podría decir que él instruyó a Alice en el manejo de los materiales. La naciente pintora firmaba sus cuadros y sus poemas con el apellido de casada: Alice Paalen, nombre con el que fue conocida durante mucho tiempo.

            Lo anterior invita a la reflexión en dos sentidos: ¿habrá sido que Alice utilizó el apellido de su marido debido a que era él quien contaba con mayor reconocimiento dentro de las artes plásticas o acaso el motivo respondía únicamente a la costumbre de sustituir el nombre de soltera por el de casada? Cuales quiera que hayan sido los motivos, llama la atención que una vez divorciada —incluso cuando se sabe que mantuvo una relación amistosa con su Paalen— haya decidido regresar a su nombre de soltera aun cuando ya se había posicionado como artista a partir de sus exposiciones en los escenarios más relevantes de la escena del arte en el país, y el extranjero, bajo el nombre Alice Paalen.

            Su relación con el pintor austriaco significó adentrarse en el mundo de la pintura desde otra visión que no fuera la paterna. Con él obtuvo un mayor acercamiento respecto a la técnica y el estilo y estableció contacto con diversas personalidades de la corriente surrealista en Francia y después, en México. Paalen no sólo significó todo lo anterior, también era el lazo simbólico con aquello que Alice había dejado del otro lado del Atlántico. Al respecto ella le explicó en una entrevista a Raquel Tibol[17]:

Si todavía hay en mi manera elementos que recuerdan las pinturas de Wolfgang Paalen es porque como pintora a él se lo debo todo, era un sabio. No sólo aprendí con él la técnica, él vigilaba que yo no me fuera por el lado supuestamente amable de una pintura muy “femenina”. Él también amaba la naturaleza y tenía un alto rango de conocimientos. De él aprendí a no mezclar el color previamente sino ponerlo de tal manera que se mezcle en el ojo del que mira. Él me enseñó a ver a Cezanne.

            Además de la anterior declaración, existe un poema que da cuenta de lo significativa que fue la presencia de Wolfgang Paalen en la vida de la pintora, lo cual pareciera un homenaje al pintor y que Alice escribió en 1960, más de diez años después de haberse divorciado de él:

El país de Paalen

El país de Paalen
el país del azul
el agua viva bajo los bosques
y las bestias nocturnas
el país de los tótems
y de los faros espirituales
el fuego, el amor,
el ámbar de eternidad,
tu pasaje aquí abajo
tu castillo estrellado

(Alice Rahon, Le pays de Paalen,
Fragmento, 1960)

            La influencia no era unilateral. Alice también influyó en Paalen, quizás no estrictamente en el estilo sino en la capacidad de recrear las ensoñaciones que él perseguía como amante de la naturaleza cósmica. De acuerdo con Teresa del Conde, el arte de Alice Rahon se alejaba de la mimesis en aras de procurar una poética, a la vez primitiva y altamente sofisticada, con formas geométricas irregulares, grafismos delicados e insinuaciones de energía cósmica que Paalen tanto persiguió en sus afanes científicos[18].

            Alice pintaba cada cuadro con dedicación y cariño propios de una madre, era como si fueran los hijos que nunca tendría. Les tomaba tal cariño que llamaba a sus obras “mis criaturas” y en cada exposición decía que las sacaba a pasear ya que no les gustaba estar encerradas “porque tienen derecho a la vida”. Sus biógrafos se refieren a la técnica de Alice como un cierto conjuro con sus pinceles, como una maga del color, del collage, porque a cada uno de sus cuadros le imprimía un toque de vida.

            Ella narraba que sus cuadros tenían esencia propia, por lo cual cuando alguien adquiría alguno le pedía que no lo guardara en el clóset[19]. Esto parece dar cuenta de la fina sensibilidad, ternura y humor de la pintora y también pareciera reflejar su amor por la vida. De acuerdo con Jorge Crespo[20], Alice Rahon tenía una manera especial de enfrentar el lienzo:

Desde siempre Alice Rahon ha pintado con un gran conocimiento de ella, y es claro que posee su propia escritura, en la que la armonía de una paleta, finamente administrada, se realza por el empleo de una sutil marmaja de arenilla, y unos esgrafiados sobre la materia fresca, de gran sensibilidad; la misma que tienen sus preciosos dibujos de líneas blancas sobre fondo negro.

            Alice Rahon llegó a México para quedarse. El hechizo que el país causó en la pintora fue tal que decidió adoptar la nacionalidad mexicana, la cual consiguió en 1946. Aquí estableció lazos amistosos con Leonora Carrington y Remedios Varo, y en su época hubo varios críticos que las apodaron a las tres “las hadas del surrealismo”. Su primera muestra individual fue en 1944 en la ciudad de México en la galería de Inés Amor que fue un referente de la movida artística y cultural del país: la Galería de Arte Mexicano. Posteriormente realizó diversas exposiciones en Washington, San Francisco, Nueva York y Los Ángeles. De hecho todavía existe mucha obra suya en los Estados Unidos, tanto en museos como en colecciones particulares.

            Después de trece años de matrimonio se divorció de Wolfgang Paalen. Poco tiempo después, en 1947, conoció al cineasta canadiense Edward Fitzgerald y se casó con él. Juntos quisieron hacer una película cuyo guión ella escribió a la que titularon Les magicienes y era acerca de un mago que vivía en el fondo del mar. El personaje principal estaba representado por un actor y en momentos por una marioneta hecha por ella. El proyecto no prosperó y cuando se terminó de filmar, la única copia que existía se perdió. Alice y Edward ya se habían divorciado para ese entonces. Lo único que se preserva de esa película son algunas imágenes fijas.

            Al paso del tiempo la pintora fue consolidándose dentro de las artes plásticas de México. Fue invitada a participar en diversas exposiciones tanto individuales como colectivas. Presentó 13 individuales en México entre 1944 y 1986 y posterior a su muerte, se realizó una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno en el año 2009 que fue la de mayor amplitud compuesta por cerca de 200 piezas (entre obras de la pintora, obras de artistas vinculados a ella y fotografías, documentos, manuscritos y objetos personales).

            La vida de Alice pasaba entre amores y desamores, alegrías y tristezas. Continuó redescubriendo nuevas y mejores pasiones a la vez que mantuvo intacta su amistad con Anäis Nin, Octavio Paz y Henry Miller. En 1967, durante la apertura de su antepenúltima exposición en la Galería Pecanins sufrió un accidente que le lastimó nuevamente su frágil columna. Después de eso se encerró en su casa junto con sus gatos, sus pinturas, sus libros y el catálogo de cada uno de sus cuadros que le había sugerido hacer Inés Amor. Rechazó cualquier tipo de atención médica. Apelaba que ya mucho la habían lastimado los doctores cuando era niña. Esa caída fue determinante para la vida de la pintora. No sólo fue una caída física con consecuencias corporales dolorosas sino que significó el declive de su carrera.

            En 1975 tuvo su penúltima exposición individual en la Galería de Arte Mexicano y ese mismo año fue invitada a la colectiva La mujer como creadora y tema del arte[21]. Después de nueve largos y dolorosos años, en 1986 realizó la que sería su última exhibición. Cumplió así su deseo de ser homenajeada y reconocida por su trayectoria como pintora en México, en el Museo del Palacio de Bellas Artes con una muestra retrospectiva de su obra. Después de la noche inaugural, regresó a su casa y su encierro, tal como había permanecido los años previos. Sus amigas Lourdes Andrade y Eva Sulzer estuvieron a su lado apoyándola con las complicaciones que le surgían como parte de su desgaste y envejecimiento. Casi doce meses después de su añorado homenaje, a los 83 años Alice Rahon dejó de existir. Sus pinturas y poemas son la estela que dejó para ser recordada.

Una mujer que era hermosa

Una mujer que era hermosa
un día quitó su cara
su cabeza se volvió lisa
ciega y sorda
A salvo de las trampas de los espejos.
y las miradas de amor

Entre las cañas del sol
no pudimos encontrar su cabeza
empollada por un halcón

Los secretos más bellos
por no ser dichos
las palabras no escritas
los pasos borrados
las cenizas que se elevaron sin nombre
sin losa de mármol
violando la memoria

Tantas alas para romper
antes de la noche.

(Alice Rahon, Á même la terre, Poemas, 1936)[22]

 

Referencias bibliográficas

Andrade, Lourdes (1998). Alice Rahon. Magia de la mirada, México, CNCA.

Catálogo de la exposición La mujer como creadora y tema de arte (1975), Museo de Arte Moderno.

Catálogo de la exposición Alice Rahon. Exposición antológica (1986). México, INBA.

Chadwick, Whitney e Isabelle de Courtrivon (1994). Los otros importantes. Creatividad y relaciones íntimas, Madrid, Cátedra.

Crespo de la Serna, Jorge (1951). “Alice Rahon, hada-pintora” en Excélsior, 23 de julio, México.

Del Conde, Teresa (2009). “Alice Rahon en el mam” en La Jornada, 26 de mayo 2009, disponible en: https://www.jornada.com.mx/2009/05/26/opinion/a06a1cul# [consultado el 18-05-2019].

Guzmán Romero, Anvy (2005). Entre amor y color. Mujeres en la plástica mexicana, Tesis de Maestría en Estudios de la Mujer, México, Universidad Autónoma Metropolitana.

——— (2009). “Cuéntame otra historia”. Historia del arte y feminismo”, en Revista Zona Franca, Año XVII, Núm.18, Universidad Nacional de Rosario, pp. 105-114.

Nochlin, Linda (1988). Women, Art and Power and Other Essays, Nueva York, Harper and Row.

Sánchez, Héctor Antonio (2015). “Alice Rahon: el arte como sortilegio” en Revista Casa del Tiempo, Vol. II, época V, núm. 22, noviembre 2015, Universidad Autónoma Metropolitana, México.

Tibol, Raquel (1975). “Alice Rahon: el surrealismo vigente” en Excélsior, 18 de mayo 1975, México.

Vázquez Egea, Manuel (2014). “Arte y derechos humanos”, en Revista de Derecho uned, núm. 14, disponible en: http://revistas.uned.es/index.php/RDUNED/article/viewFile/13307/12178 [consultado el 23 de mayo de 2019]

[1] Etnóloga((ENAH), maestra en Estudios de la Mujer (UAM), doctoranda en Ciencias Sociales (Universidad de Buenos Aires) e investigadora el PUDH-UNAM.

[2] Para el enfoque de esta reflexión, retomamos únicamente esos componentes de los derechos culturales. Para mayores referencias véase Manuel Vázquez (2014).

[3] Véase Linda Nochlin (1988).

[4] Esto resulta diferente en el ámbito de la escritura en donde las mujeres han sido reconocidas a la par de sus colegas hombres. Para mayores referencias véase Anvy Guzmán (2005) y (2009).

[5] De entre quienes solemos recordar se destacan los nombres de varios exponentes radicados en México: Leonora Carrington, Remedios Varo, Kati y José Horna, Benjamín Péret, Wolfgang Paalen, Eva Sulzer, César Moro, Edward James; así como exponentes mexicanos: Frida Kahlo, Olga Costa, María Izquierdo, Gunther Gerzso, Diego Rivera, Guillermo Meza, Alberto Gironella, entre otros.

[6] El caso de María Izquierdo es relevante para ser retomado desde la óptica que proponemos porque en la mayoría de los casos no se ha realizado un análisis que ponga énfasis en la influencia que pudo haber ejercido en el estilo de Rufino Tamayo cuando fueron pareja. Situación que sí se registra de modo inverso respecto a la supuesta influencia unilateral de Tamayo hacia ella.

[7] Véase Raquel Tibol (1995).

[8] Sin embargo llama la atención que no se tiene registro de su nombre. Esto es un rasgo de las biografías que poco se interesan por la influencia del ámbito privado y emocional y que desde una óptica de corte feminista se resaltan porque la vida privada es tan importante como la pública.

[9] Que fue un proyecto editorial de Wolfgang Paalen y que a decir de Héctor Sánchez (2015) fue fundamental para el arte moderno y la etnografía.

[10] Véase Raquel Tibol (1975).

[11] Íbid.

[12]Imagen descargada de: https://www.mexicana.cultura.gob.mx/es/repositorio/detalle?id=_suri:MAM:TransObject:5bce81f27a8a02074f8307c3

[13] Véase Lourdes Andrade (1998). Inclusive con ese collar se hizo fotografiar varias veces. Una de las fotografías más conocidas fue la que le realizó Manuel Álvarez Bravo y que sirvió de marco en la exposición que se realizó de ella en el Museo de Arte Moderno, en 2009.

[14] “Para Alice en una hora como esa, extenderse en el tramo del color que sangra este silencio”. La traducción es nuestra. Este poema formó parte de los objetos exhibidos en la muestra referida líneas arriba.

[15] Un fragmento: “Sería mejor. No sé qué sería mejor. El hilo se rompe en cada momento, quizás sea el mismo trabajo decepcionante como cuando un ciego busca encontrar el recuerdo de los colores en su ventana blanca”. La traducción es nuestra. Véase http://deartibussequanis.fr/xx/rahon.php

[16] Véase Lourdes Andrade (1998).

[17] Véase Raquel Tibol (1975).

[18] Véase Teresa del Conde (2009).

[19] Íbid.

[20] Véase Jorge Crespo (1951).

[21] Véase Anvy Guzmán (2005).

[22] Poema publicado por Ediciones surrealistas, en Paris, en 1936. La traducción es nuestra.