“La naturaleza del hombre”, por Tomasso Campanella (fragmentos)

Pero vemos que el hombre no se detiene por debajo de la naturaleza de los elementos y del Sol y la Tierra, sino que entiende, desea y actúa muy por encima de ellos, sus propios altísimos efectos, de tal modo que no depende de aquéllos, sino de una causa mucho más alta, que se llama Dios.

De modo que, cuando el hombre discurre, piensa por encima del Sol, y luego más arriba, y luego fuera del cielo, y luego sobre más mundos, infinitamente, como discurrieron los epicúreos. Pues de alguna infinita causa es él efecto, y no del Sol y la Tierra, por encima de los cuales infinitamente se eleva. Dice Aristóteles que es vana imaginación pensar tan alto; y yo digo, con Trismegisto, que es bestialidad pensar tan bajo; Y necesito que él me diga de dónde proviene esa infinidad. Si la respuesta es que de un mundo semejante, entonces se piensa en otro semejante, y luego en otro, y luego en infinitos; y yo juzgo que ese ir pasando de semejante a semejante, sin fin, es un acto de algo que participa del infinito (…).

Que los animales no tengan tan grande discurso, se ve porque de tal discurso ha nacido el conocimiento del Dios infinito, y a él se le hicieron sacrificios y templos y doctrinas sagradas, las cuales no se encuentran entre los animales. Y aunque algunos de ellos adoren a la Luna, como lo hacen los elefantes, y otros al Sol, como el gallo, y otros a otra cosa, sin embargo, no han elevado su religión hasta el Dios infinito. Acaso hay que considerar que entre las abejas y los animales gregarios hay un conocimiento confuso de la divinidad, pues toda cosa ama al bien, y todos en confusión presienten el bien primero. Pero esta clara ciencia del infinito invisible sólo en el hombre es puesta de manifiesto por los sacrificios, mientras que la religión de los brutos sólo se dirige a las criaturas finitas visibles, que para ellos son manifiestamente superiores por los bienes temporales que de ellas reciben. En cambio, la del hombre se dirige hacia el infinito bien invisible, y a alcanzar los bienes eternos al tiempo que desprecia los bienes temporales.

Además de eso, ningún ente efectúa de manera ociosa sus mayores acciones, sino que todos las enderezan hacia su fin cierto por naturaleza; y el hombre tiene para sus nobilísimas operaciones la religión y la ciencia las cuales más serían una penalidad para su vida corporal, que no útiles. De modo que es forzoso que le convenga otra vida y que su alma se comunique con la divinidad, de lo cual han dado fe tantos hombres sapientísimos e ignorantísimos, de toda condición, quienes, con la sangre derramada, con milagros, con testimonios, con fervor de espíritu y con certeza de aseveración, sin dudarlo y sin desear honores y bienes en la vida presente, han hecho saber al mundo que han hablado con los ángeles, con Dios, y que han visto que nos corresponde inestimable beatitud después de esta vida estimada por ellos. Ciertamente, la religión es natural para todos los hombres que, padeciendo adversidades o teniendo buena fortuna, de repente miran al cielo para pedir socorro o para dar gracias, y con este fin encontraron los sacrificios y las oraciones; pero otros actúan de otra manera, y esto proviene de la conveniencia, del país y de las maneras diferentes que hay de entender las cosas supremas, y a veces da algunos errores en el modo, pero no en la cosa, mientras cada cual cree estar adorando al verdadero Dios; y todo esto es signo de que el hombre tiene comunicación con los seres supremos.

Además de eso, no está en la naturaleza de las cosas pensar en lo que no conviene por naturaleza, sino que todas tienden a conservarse en la vida que les ha correspondido; pero el hombre no se contenta con la vida presente, sino que piensa en la hora, estudia el modo de conocerla y pasa todo tipo de afanes para llegar a ella. La naturaleza le habría dado una curiosidad demasiado vana al hombre si esta vida no le fuese útil después de la muerte; y la naturaleza no actúa en vano ni da deseos tan extraños a los demás animales, de modo que los peores entes estarían en mejores condiciones que los mejores.

De un modo semejante el afán del hombre es infinito, pues no le basta tener poder, ni una ciudad, ni un reino, ni un mundo; y Alejandro se dolía por no poder ir a sojuzgar los mundos de Demócrito; y ese deseo lo tenemos todos. De manera que eso es signo de que el infinito es objeto de nuestro natural apetito, y aun cuando el fuego arda sin fin, y aun cuando todas las demás cosas quisieran vivir sin fin, de donde parece que ese deseo nazca del fuego, tampoco el hombre se dirigiría por naturaleza hacia aquellos apetitos que no puede saciar; los brutos se contentan con un pastizal y con una hembra para generar y no van adquiriendo más de lo que les hace falta, aun cuando el ardor que ellos poseen sea más vigoroso que el nuestro, como lo es el del león y el del avestruz (…).

Además de esto, el hombre nace desnudo, inerme, con poca habilidad, llorando, sin saber mamar ni comer ni ayudarse; y todos los demás animales nacen vestidos con escamas, con plumas, con pelo, armados con dientes, con cuernos, con espinas, con uñas, con garras, con pico, y saben caminar en seguida y comer y valerse; y aun así el hombre, al cabo de poco tiempo, vence a todos los animales y se viste con sus pieles y come sus carnes, y los doma y cabalga en ellos, y hace uso de la fuerza de esos animales como si se tratase de la suya. Se viste de oro, de plata, de hierro, nada en el mar, vuela en el aire como Dédalo, corre por la tierra con sus pies y con los de los animales, y todo el mundo camina por el agua, venciendo las olas magníficas y los vientos fieros como señor del mar, y todos los metales doma y extiende y trabaja. Con los árboles hace naves, aposentos, asientos, cajas, fuego; come sus frutos y hace uso de sus hojas y de sus flores como diversión o como medicina. Hace uso de las piedras, de los montes, de los bosques, según su gusto,

y parece ser el señor del mundo tanto como el de los animales.

Pues bien, ¿qué animal fuerte y astuto puede hacer lo que hace el hombre inerme, desnudo, débil y tímido, ni aun siquiera una mínima parte de todo eso? Me dirás que las abejas forman república como el hombre, que los elefantes tienen religión, que la arañas hacen unas redes tan sutiles que el hombre no podría fabricarlas, que otros construyen nidos y que otros saben guerrear adecuadamente. Y yo te digo que, todas cuantas cosas hacen los demás animales, las hace también el hombre, y aún más, pues él instituye repúblicas, hace leyes y ciudades y templos, religiones a Dios y medicina mejor que los perros, que los ibis y que el hipopótamo. Y, mientras que cada uno de ellos tiene una sola cosa, él tiene mil, y todas buenas. Pues hace las redes para los pájaros como la araña, las celdas como las abejas, la milicia como las grullas y los peces, y de todos los animales toma ejemplo y mejora aún sus artes e industrias; y vence aun la fuerza del elefante, que lleva sobre sí una torre de hombres y él lo doma y lo manda; e igualmente al león; y mata y se come las ballenas.

¿Qué más se puede decir? Ningún animal, aunque tenga manos, como los simios o el oso, sabe apoderarse del fuego ni tocarlo ni cogerlo del suelo, arrancarlo de las piedras, encenderlo, ablandar con él los metales, mover los montes, cocer los alimentos y hacer truenos y rayos como Dios los hace en el aire, y así lo hace el hombre con la artillería, y aquella cosa maravillosa de hacer de noche día con las velas y todos esos accesorios de manera tan admirable, y así hace uso del fuego como de una cosa ruin en relación con él (…).

Pero la astronomía muestra al hombre celestial, pues mira hacia arriba y mide la magnitud de las estrellas, enumera los movimientos, Y aquellos que no ve, los finge con epiciclos y con excéntricas, y echa unas cuentas tan ajustadas como si no sólo fuese el conocedor, sino el artífice del cielo; y en tal variedad de opiniones sobre el modelo y los principios de las cosas se muestra su divinidad, que por tantos caminos se dirige al conocimiento del Creador. Y, cosa magnífica, ha hallado cuándo se producen los eclipses de los astros y los predice muchos siglos antes de que se produzcan, así como las conjunciones y los aspectos de todas las estrellas, y sus naturalezas y sus nombres, y las de los cometas, y sus significados y sus influjos, lo que producen en la tierra, en el aire y en el agua, los tiempos de los solsticios y de los equinoccios, y sus mutaciones, y los apogeos y excentricidades que se consiguen en el crisol. Y, cuando Dios varía algo en el cielo, el hombre acude y anota sus anomalías e irregularidades, y siempre hace nuevas tablas e índices de cosas lejanísimas, y argumenta sobre la muerte y la vida no sólo del hombre, sino de los animales, de las repúblicas, de los reinos, e incluso del propio mundo que debe perecer por el fuego.

Todos los animales están dentro del vientre del mundo, y el hombre está en ellos, como gusanos dentro del vientre de un animal, pero sólo los hombres advierten lo que es ese segundo gran animal, y sus principios, cursos, vida y muerte. De modo que el hombre no está sólo como un gusano, sino como admirador y lugarteniente de la primera causa, arquitecto de todas las cosas. Además de eso, el hombre se comunica con los ángeles, con los demonios y con el Señor Dios; y negarlo es insolencia, como si alguien negase que existe Roma por no haberla visto nunca, y como negar que en el mundo haya existido César o Alejandro porque no estuvo en su tiempo; y así, con tantos milagros y con la vida propia, lo creen todas las gentes, y es una gran falsedad la de Aristóteles, que niega a los ángeles y a los demonios.

Fuente:
T. Campanella, “La naturaleza del hombre” (fragmentos de De sensu rerum et magia), en Eugenio Garin, El renacimiento italiano. Barcelona, Ed. Ariel, 1986, pp. 73-76.