Debajo de la cama

Lo único infame de la fiesta de los diputados panistas en Puerto Vallarta es que sin anuencia de los festejantes se les haya filmado y se hayan difundido las escenas en las que aparecen bailando con unas muchachas. Lo condenable ética y jurídicamente sería que esa celebración se hubiera costeado con fondos públicos, pero no más reprobable que si con esos fondos se hubiese pagado una misa cantada o una ceremonia de meditación budista. Con el único límite de no dañar a otro, en la vida privada cada quien tiene derecho a hacer lo que le plazca. Desde luego, ese límite es infranqueable: nadie podría alegar que puede maltratar a su esposa, torturar a sus hijos o violar a su sirvienta si eso lo hace en su espacio privado, porque con esos actos estaría causando graves daños a terceros y cometiendo delitos.

Pero bailar con unas jóvenes que están allí voluntariamente no es un acto ilícito, ni siquiera un pecado venial. En la privacidad una persona tiene plena libertad —reitero: con el límite apuntado en el párrafo anterior— de sobarse sus partes, travestirse, fornicar, morderse las uñas, desnudarse, ducharse, aullar, eructar, emborracharse y lo que se le ocurra. Muchas de esas cosas también se pueden hacer en la calle u otros sitios públicos. Pues bien: lo que hicieron los diputados panistas se puede hacer asimismo en lugares concurridos.

El colmo del fariseísmo fue la condena de la dirigencia del PRI en San Luis Potosí, que calificó el proceder exhibido de “acto imperdonable, episodio degradante de excesos, lujuria y doble moral”. ¿Acto imperdonable? No fue un homicidio, un secuestro, un acto terrorista, una violación, trata de personas ni nada que haya lastimado a alguna persona. Como escribió Gil Gamés en El Financiero: “Resulta entonces que irse de parranda es imperdonable y que la lujuria es sinónimo de degradación”. Una vez más. Lo execrable fue haber rasgado un velo que debemos considerar intocable: traicionar la confianza de los exhibidos.

El gran escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera —el Duque Job, poeta y prosista exquisito— escribió en 1883 en relación con el periodismo que inescrupulosamente y sin miramientos destruía reputaciones: “Nadie está libre de ver hoy o mañana las cosas más secretas de su vida a la luz cruda de la publicidad; todos vivimos en una casa de cristal, y nuestros más ligeros movimientos han de ser conocidos y anotados por ese gran curioso impertinente que espía por el agujero de la llave y se esconde debajo de la cama… un monstruo de enormes brazos y de agudas garras, que devora vidas, se nutre de carne humana como el ogro y bebe sangre como los vampiros, y cada día arroja una honra muerta al público, como se arroja un trozo de carne cruda a los perros hambrientos”. Y entonces no había televisión ni internet.

El PAN no desaprobó la canallada. Hubo desgarramiento de vestiduras y crujir de dientes por lo que se vio en la televisión y en las redes sociales, pero no se recriminó lo verdaderamente inadmisible.

Todos tenemos secretos. Uno de los sueños de los totalitarismos ha sido el de que todos vivamos en la casa de cristal en la que ya no podamos tenerlos. Ese sueño se está cumpliendo ya no sólo en los regímenes autoritarios, sino también en las democracias.