Populistas

El populismo tiene su caldo de cultivo idóneo ahí donde numerosos ciudadanos están descontentos e irritados por un conjunto de factores: pobreza, inseguridad, desempleo, horizontes poco promisorios para la juventud, exclusión social, corrupción, impunidad y desprestigio de los partidos políticos, entre otros

            En la oposición, los populistas —o el caudillo populista— ofrecen, para obtener votos y gobernar, que resolverán todos esos problemas, sin tomarse la molestia de explicar exactamente qué medidas tomarán para atacarlos, como si tuvieran una varita mágica, no obstante que cada una de esas contrariedades es de una complejidad considerable.

            Los populistas tendrán mayores oportunidades de persuadir a la población en sociedades en las que amplias capas de la población se dejan llevar no por la razón, sino por el resentimiento, la ignorancia, el prejuicio y los discursos en los que se dice en un tono apocalíptico lo que quieren escuchar. Sigue leyendo

La revolución de las mujeres

La única revolución exitosa del siglo XX, la cual sigue logrando triunfos, es la de las mujeres en su lid por la conquista de los mismos derechos y oportunidades de que han disfrutado los hombres.

            Desde luego, esas victorias no se han dado en todos los países: tristemente, en los regímenes islámicos fundamentalistas la población femenina sigue marginada y discriminada, privada de los derechos más elementales. En otras partes sucede que algunas niñas son abandonadas en hospicios (China) o asesinadas por sus propios padres (India) o que algunas muchachas son dadas en matrimonio pactado por las familias (incluso en México).

            La democracia original, el gran invento de los griegos, permitía la participación de todos los ciudadanos en los asuntos de la polis, pero excluía de la ciudadanía a los extranjeros, los esclavos y las mujeres. Sigue leyendo

El tigre

Si se le hace víctima de un fraude electoral en los comicios para elegir Presidente de la República, el tigre volverá a entraren acción, como lo ha hecho otras veces en nuestra historia, y hará pagar muy caro, con caudalosos ríos de sangre, el agravio.

            Él ha asegurado que no lo detendrá: por el contrario, lo está invocando desde ahora. La fiera no está dormida: vive al pendiente de todo lo que pasa, tiene hambre y sed de justicia, y está dispuesta a desgarrar y devorar a los adversarios si no se cumple el destino manifiesto de nuestra dura patria. Basta con desatarla.

            Se dice víctima de sendos fraudes en dos derrotas electorales. Uno más sería intolerable. Como sentencia la sabiduría popular: la tercera es la vencida. En un par de ocasiones contuvo al tigre ansioso por pegar el salto. Sigue leyendo

La alegría de vivir

En su magnífico Diccionario filosófico, Fernando Savater aclara: “La alegría no es la conformidad alborozada con lo que ocurre en la vida, sino con el hecho de vivir”. Algo similar afirma Robert Louis Stevenson: “Hablando con propiedad, no es la vida lo que amamos, sino vivir”. Escribió Jorge Guillén.

Respiro, y el aire en mis pulmones

ya es saber, ya es amor, ya es alegría.

            Saberme vivo, sentirme vivo, vivir me llena de júbilo. No se lo diga a nadie, lector, pues no quiero despertar envidias, pero no hay ser humano más jubiloso que yo, y eso se lo debo simplemente a que estoy vivo, a que, por decirlo con palabras de Guillén, el aire en mis pulmones ya es saber, ya es amor, ya es alegría.

            Al amar intensamente el hecho de vivir, no puedo dejar de sentir desasosiego ante la certeza de la muerte. Comparto ardientemente el deseo de Elías Canetti de que lográramos abolir a esa putilla del rubor helado, como le llamó José Gorostiza, siempre y cuando, claro, conserváramos todas las facultades que nos permiten disfrutar de la vida. Sigue leyendo

María Magdalena

Siglos después, la Inquisición llevó al potro de tortura y a la hoguera a mujeres como ella, audaces, inconformes, apasionadas, soñadoras, llenas de vida. Los sacerdotes se sentían desafiados por esas mujeres que hacían presagios y sanaciones: les disputaban el fervor de los feligreses. Y también se sentían tentados por ellas, que les provocaban deseos incontrolables, un poderoso desafío a su voto de eunucos.

            Son innumerables los pintores que la han representado: Max Ernst, Memling, Rubens, Veronese, Quentin Metsys, Andrea del Sarto, Van der Weyden, Durero, Ribera, Tiziano, Caravaggio, De La Tour, Masaccio, Van Dyck, Botticelli… Todos parecen enamorados de ella: la han imaginado bellísima, luminosa aun en el momento más sombrío, desbordante tanto en sensualidad como en misticismo, la larga cabellera como una poderosa cascada de seda sobre la espalda, la mirada profunda de tristeza infinita y amor invencible.

            Más que la flagelación, el juicio y la crucifixión, a Jesús le duele el abandono de los suyos en los momentos en que ha de beber el cáliz más amargo. Pero ella no había huido. Sólo su madre, uno de los discípulos y ella permanecen a su lado. Él se encomienda al Padre, pero la presencia de esos tres lo reconforta en esa hora en que todo se le ha vuelto oscuro y no le sirve de consuelo saber que está cumpliendo el designio divino. Sigue leyendo

El silencio de las feministas

Las fotografías de los diarios muestran a Andrés Manuel López Obrador izando la mano de Cuauhtémoc Blanco, a quien ha manifestado su apoyo para contender como candidato a gobernador del estado de Morelos. Ambos lucen como camaradas de lucha exhibiendo orgullosa satisfacción por su alianza.

            Dejemos de lado la notable discordancia entre el discurso del líder de Morena —de aquí en adelante todo será pureza en el país— y la turbulenta trayectoria pública del alcalde de Cuernavaca, pues el primero ha dado abundantes muestras de que todo aquel que se incorpora a su movimiento se vuelve parte del pueblo bueno —¡hasta Manuel Bartlett!—, aunque un instante antes haya formado parte de la mafia en el poder.

            Asimismo, no pensemos en que Blanco ha sido señalado como autor de varios delitos, los cuales van desde actos de corrupción hasta la autoría intelectual del homicidio de un empresario. López Obrador ha dicho que al llegar a la Presidencia perdonará todos los delitos e incluso promoverá la amnistía para los culpables de los crímenes más graves. Por lo visto, desde ahora está ejerciendo su indulgencia. Sigue leyendo

A lo maduro

“Y lo queremos también para México”, dijo Dolores Padierna tras manifestar su apoyo en 2012 a la candidatura presidencial de Nicolás Maduro y aseverar que el modelo de Venezuela ha sido exitoso. El objetivo es inequívoco: “Y lo queremos también para México”.

            No se trata, entonces, de una hablilla falsa difundida para provocar temor a la eventual victoria de Andrés Manuel López Obrador en la próxima elección presidencial. Una prominente militante de Morena, el partido de López Obrador, cercanísima a éste, expresa de manera indudable que quieren para nuestro país un régimen como el venezolano, y tiene la osadía de sostener que ese régimen ha tenido éxito. Hoy mismo su credo no ha cambiado.

            ¿Exitoso ese modelo? Lo ha sido en hundir a su país. Al iniciarse el gobierno de Hugo Chávez el porcentaje de pobres en Venezuela era similar al de México: cuarenta y tantos por ciento. Ahora es de más de 80%. La tasa de homicidios dolosos es cuatro veces mayor que la nuestra. La escasez de artículos de primera necesidad —como alimentos, medicinas e insumos médicos— es crítica. En 2017, la ministra de Salud divulgó que en sólo un año la mortalidad materna aumentó 65%, la mortalidad infantil, 30% y los casos de malaria, 76%. A los pocos días fue despedida. Cáritas Venezuela señala que la desnutrición severa de niños menores de cinco años aumentó a 14.5%, lo que traspasa el umbral de crisis establecido por la Organización Mundial de la Salud. Sigue leyendo

Soledad

Seguramente nadie siente la soledad tan crudamente como el náufrago en una lancha a la deriva o en una isla deshabitada; el preso que pasa 23 horas al día en su celda sin poder hablar con los demás reclusos ni con los custodios o el loco que ya no puede comunicarse con los demás porque se encuentra extraviado en los laberintos que ha construido su mente

            La Santa Inquisición prohibía a los celadores que hablaran a sus prisioneros ni siquiera cuando llevaban a la ergástula los alimentos. En Memorias de un impostor, de Vicente Riva Palacio, don Guillén de Lampart suplica al carcelero: “¡Por Dios, habladme! ¡Hace mucho que no escucho una voz humana!” Ese absoluto mutismo era parte del tormento. Es que los humanos nos humanizamos en el contacto con los demás; necesitamos a los otros para sabernos parte del mundo, para sentirnos vivos.

            Pero hay otras personas solas: los viejos, los que han perdido a sus seres queridos, los que no tienen con quien hablar para compartir sus pensamientos o sus emociones. Un exhaustivo informe de una comisión parlamentaria británica concluye que la soledad a menudo está asociada con enfermedades cardiovasculares, demencia, depresión y ansiedad, y puede ser tan perjudicial para la salud como fumar 15 cigarrillos al día. Unas 200 mil personas de edad avanzada en Reino Unido no habían tenido una conversación con un amigo o un familiar en más de un mes. Sigue leyendo

Vender el alma

“Señor, yo no soy digno de que vengas a mí, pero una palabra tuya bastará para sanar mi alma”, rezan los feligreses católicos durante la transubstanciación, ese momento milagroso en el que la hostia y el vino se convierten, respectivamente, en el cuerpo y la sangre de Cristo, en virtud de lo cual, quienes comulgan, exculpados ya de todo pecado, están ingiriendo a Cristo mismo

            Algo similar ocurre con las incorporaciones a Morena: una palabra de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) —bienvenidos— es suficiente para que los corruptos se vuelvan puros. El líder del partido no le niega esa palabra a nadie, por tenebroso que sea su pasado y su presente.

            López Obrador asegura que acabará con la corrupción cuando sea presidente. Debemos creerle, pues lo está logrando ya desde ahora mismo, cuando apenas es candidato. ¿Cómo lo está haciendo? Absolviendo a quienes han medrado con prácticas corruptas sin siquiera exigirles un mea culpa, una promesa de enmienda o la renuncia a las riquezas obtenidas mediante corruptelas. Sigue leyendo

Un castigo inimaginable

El del convicto Alva Campbell es un caso límite del horror que conlleva la pena de muerte. Campbell, de 69 años, fue condenado a esa pena hace 20. Recientemente, al fin se iba a llevar a cabo la ejecución en una prisión de Ohio, pero no se le encontró al reo una vena para aplicarle la inyección letal. Sigue leyendo

200 años de Frankenstein

Es impresionante el impacto que durante sus 200 años ha causado la novela Frankenstein, de Mary Shelley. Google registra 600 millones de resultados para la búsqueda de la palabra que da título a la obra. Se han hecho más de 300 ediciones de la novela original, 650 adaptaciones gráficas, unas 150 versiones o parodias, cerca de 100 películas —conmovedora la de James Whale de 1931,con Boris Karloff— y alrededor de 90 adaptaciones teatrales. Sigue leyendo

Abuso versus seducción

Sin duda, la violación es uno de los crímenes más repugnantes. Lo expresa desesperadamente Magdalena, la mujer violada de Dulce cuchillo, de Ethel Krauze, quien le reprocha al violador: “… violas algo más íntimo que la vagina, una vagina del alma, un himen del espíritu…”. El violador es un ser deshumanizado que no sólo desprecia las preferencias, los sentimientos, los sueños y la dignidad de la víctima, sino que, al inferirle uno de los peores tormentos imaginables, goza con su sufrimiento. Incapaz de seducir —pobre diablo fracasado—, cumple su capricho con el más atroz de los ultrajes. Sigue leyendo

Tortura y pena de muerte

En Trinidad y Tobago se condenó a la horca a 32 personas por homicidio intencional, para el cual la ley ordenaba la pena de muerte como única condena aplicable. Entre los arrestos y las decisiones judiciales finales, los procedimientos duraron de cuatro años a 11 años nueve meses. Las celdas en las que estuvieron los presos antes de la sentencia medían 3.5 por 2.74 metros y cada una de ellas albergaba hasta a 14 de ellos. Carecían de iluminación natural y la ventilación era insuficiente. Sigue leyendo

Ni niña ni niño

Algunos bebés nacen con una anatomía sexual que no encuadra en ninguno de los dos sexos tradicional-mente reconocidos, es decir, no es ni femenina ni masculina.

            El bebé puede tener, por ejemplo, abertura vaginal parcialmente fusionada con un órgano eréctil —que no es, precisamente, pene ni clítoris— más o menos desarrollado, y ovarios o testículos internos. La doctora Laura Audí, asesora de la Unidad de Investigación en Endocrinología Pediátrica y del Instituto de Investigación del Hospital Vall d’Hebron, de Barcelona, advierte que se podría considerar que los niños que nacen con meato urinario no situado en la punta del pene también presentan un estado intersexual. Sigue leyendo

Chaplin

Su talento, su gracia y su genialidad son incomparables. Nadie como él en la historia del cine. Mi papá nos llevaba de niños a ver sus películas a Cinelandia, frente a los churros El Moro, en San Juan de Letrán, y con cada una de sus cintas yo quedaba fascinado. Las he seguido viendo con la misma fascinación, o mayor aún por el recuerdo de mi padre. Las he visto todas, he visto varias veces, sobre todo sus largometrajes mudos, los sigo viendo, y no hay una sola vez que no sonría, no ría, no se me ponga la piel chinita y se me humedezcan los ojos. Sigue leyendo

La República amorosa

Los asesinos que han secuestrado, mutilado, degollado, desollado o quemado vivas a sus víctimas se volverán bondadosos una vez amnistiados, al llamado del líder a construir una República amorosa en la que todos los crímenes serán perdonados. No retomarán la senda criminal. Devolverán las estratosféricas sumas que han acumulado con sus negocios criminales. Se contagiarán del amor que invadirá todo en el renacer del país. Sigue leyendo

La abdicación más deshonrosa

¿Los criminales que han extorsionado, secuestrado, torturado, mutilado y asesinado —con frecuencia degollando, quemando vivas o desollando a sus víctimas— se volverán buenos y se sumarán a la República amorosa una vez que se les conceda la amnistía? ¿Los consumidores de drogas en Estados Unidos querrán contribuir a la consecución de esa Arcadia del amor y, atendiendo a una campaña gubernamental de persuasión, dejarán el consumo?

            Parecen preguntas de broma, pero son las propuestas del sempiterno aspirante a la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador, quien ha anunciado que, de realizarse su sueño dorado —¡sentarse al fin en la silla presidencial!—, ésas serán las vías (la segunda convenciendo al presidente Donald Trump de realizar la campaña) para abatir la violencia que azota a nuestro país.

            ¿Los criminales entregarán al gobierno las armas y las sumas estratosféricas que han acumulado con sus negocios criminales y se dedicarán a hacer obras pías y benéficas para los pobres aceptando como retribución por sus nuevas tareas el salario mínimo? ¿Los consumidores estadunidenses de drogas las sustituirán por leche malteada a pesar de que esta bebida no suele producir los estados de conciencia alterados que buscan?

            Al quedar libres quienes han ensangrentado y llenado de horror y zozobra muchas zonas del territorio nacional, ¿se producirá el milagro de que todo México se vuelva un edén de convivencia armónica? Esos criminales, una vez amnistiados, ¿ya no volverán a las andadas, abandonarán las actividades delictivas y se transformarán en buenos ciudadanos?

            Un reclamo generalizado de la sociedad mexicana es el que exige que se termine con la impunidad, por lo menos con la impunidad de los delitos más graves. La amnistía que propone López Obrador dejaría impunes precisamente los delitos más dañinos y crueles que se han cometido en México en los lustros recientes.

            El acuerdo del gobierno colombiano con las FARC sacrificó la justicia en aras de la paz, por lo que la mayoría de la población expresó su desacuerdo a pesar de que era la manera de terminar con un conflicto armado prolongadísimo. Pero fue posible porque había que negociar únicamente con un grupo, solamente con los líderes del movimiento narcoterrorista, quienes aceptaron porque sabían que nunca conseguirían su proclamado objetivo de derrocar al gobierno constitucional.

            En cambio, las bandas criminales en nuestro país son numerosas, dispersas, sin liderazgos oficiales, y no actúan por el poder político, sino por las ganancias que les dan sus fechorías. ¿Con quiénes se pactaría la extinción de la acción o de la responsabilidad penal a cambio de la pacificación del país, y por qué les interesaría a los amnistiados dejar sus lucrativas actividades?

            Muchos hemos abogado por la despenalización de las drogas. Si se despenalizaran, quedarían en libertad, por aplicación del principio de retroactividad de la ley penal favorable a los reos, quienes se encuentran en prisión por venta de drogas ilícitas y/o actividades relacionadas con esa venta. Nada más: no quedarían libres ni se extinguirían las acciones penales contra los asesinos, secuestradores, extorsionadores, etcétera. En la propuesta del líder de Morena todos esos delincuentes, los que más luto y sufrimiento han causado, quedarían en libertad, es decir, se les perdonarían todos sus crímenes.

            Todos sabemos que el abatimiento de la devastadora violencia que vive el país será difícil de lograr. Pero no es imposible. Es preciso despenalizar las drogas, fortalecer el Estado de derecho, transformar a fondo a las policías y los ministerios públicos, terminar con los vacíos de autoridad y ofrecer horizontes laborales promisorios a los jóvenes, entre otras cosas.

            Dejar en libertad a criminales que han cometido conductas infrahumanas destruyendo o arruinando decenas de miles de vidas a cambio de su palabra de que en adelante se portarán bien no sería precisamente una medida ingenua, sino una burla al Estado de derecho y a las decenas de miles de víctimas de aquéllos. Sería, asimismo, la abdicación más inútil y deshonrosa del gobierno —jurídica, política y ética— y el triunfo más inaceptable e indefendible de la impunidad.

El beso de Demi Moore

Empiezo por puntualizar que abusar sexualmente de un menor es un delito gravísimo que amerita la más enérgica reprobación social y las sanciones penales más severas. Más aún: los culpables merecerían que Yahvé, el vengativo Dios del Antiguo Testamento, volviera a hacer que lloviese fuego y éste cayera sobre las cabezas de los abusadores.

            En la avalancha de imputaciones por acosos y ataques sexuales iniciada en Hollywood y continuada en varios países del mundo se ha incluido un video en el que se observa a una jovencísima Demi Moore, a los 19 años, besando en los labios suave aunque algo prolongadamente a un muchacho de 15 que celebra su cumpleaños.

            El beso es claramente consentido. El chico, lejos de parecer incómodo, luce más que contento: fascinado. El acto no ocurre en la clandestinidad ni con los protagonistas a solas: varios asistentes a la fiesta observan alegres y divertidos la escena.

            No obstante, el video ha venido acompañado de voces condenatorias que claman que se trata de un abuso sexual porque el joven era en aquel entonces menor de edad, y advierten admonitoriamente que un abuso de esa índole no sólo puede ser cometido por hombres sino también por mujeres. Por tanto, acusan, Demi Moore atropelló sexualmente al chico.

            ¿Alguien podría pensar que se infirió agravio o se causó algún trauma psíquico al cumpleañero? Retrocedo el tiempo en mi mente. A los 15 años estaba en primero de preparatoria. Recuerdo a mis compañeros de la Prepa Uno. Tengo la seguridad de que ni al más tímido ni al más huraño le hubiera resultado ofensivo o traumático ser besado de esa manera por Demi Moore. Más bien creo que cualquiera de ellos se hubiera sentido nimbado por el soplo mágico de Afrodita.

            ¡Pero el quinceañero todavía era un menor, y ella ya había alcanzado la mayoría de edad!, reclamarán los celosos guardianes de las prácticas socialmente aceptables. Sí, era un menor de edad pero no un niño incapaz de comprender el significado de un beso y de conducirse conforme a esa comprensión. Y Demi Moore era apenas cuatro años mayor que él.

            Abundan los noviazgos en Estados Unidos —donde ocurrió el suceso—, en México y en todo el mundo en los que el novio o la novia tiene 18, 19 o 20 años, y su pareja 13, 14 o 15. ¿La mayor o el mayor de esas parejas es una abusadora o un abusador? ¿Existe quien crea eso?

            Esas parejas se besan ––y muchas hacen mucho más que besarse–– y a ningún testigo dotado de un mínimo de sensatez se le ocurriría llamar a un policía y solicitarle la detención en flagrancia de la o el más grande por el abuso sexual, sencillamente porque no hay tal abuso.

            Una muchacha o un muchacho con capacidad psíquica no disminuida y provisto ya de los caracteres sexuales secundarios está en completa aptitud mental para otorgar su consentimiento a las caricias eróticas. Por tanto, no habrá abuso sexual si éstas son consentidas con total libertad, sin presión alguna.

            La media de edad en que se inician en México las relaciones sexuales es entre los 15 y los 17 años ––las encuestas difieren pero siempre dentro de ese rango––. ¿Son relaciones abusivas si alguno de los participantes ya tiene 18? ¿Alguien podría sostener honestamente que ––en la memorable tragedia de Shakespeare–– Romeo, que tenía entre 16 y 18 años, abusó de Julieta, quien no rebasaba los 13, porque los inmortales amantes de Verona se brindaron mutuamente las caricias eróticas supremas, una lluvia de luz en medio de la oscuridad del odio que los circundaba?

            En los delitos de índole sexual en los que la víctima ya no es un infante la ausencia de libre consentimiento es conditio sine qua non del delito. El chico del video no fue afrentado por esa caricia consentida que, bien observada en la escena exhibida, es más un jugueteo que un contacto lascivo: una singular felicitación que hizo vivir al púber un momento de ensueño.

            Solamente los puritanos y los fariseos pueden ver con sus ojos puros un nefando pecado ––¡o un delito!–– donde no hay más que una travesura que no contrarió a nadie. Ni Demi Moore ni el entonces quinceañero, ni ninguno de los presentes en esa fiesta, podían imaginar que 36 años después habría dedos flamígeros condenando aquel mimo como si fuese un crimen.

Policías menospreciados

Desde luego, las comisiones públicas de derechos humanos deben ser estrictas al analizar la actuación de los policías y señalar, cuando los haya, los abusos en que incurran, solicitando que se inicien los procedimientos administrativos y/o penales correspondientes

            ¿Pero qué sucede cuando son los policías las víctimas de agresiones que ponen en peligro su vida o los privan de ella o lesionan gravemente su integridad física o síquica o su salud?

            Podría responderse que no corresponde a las comisiones examinar las conductas de los particulares, pues su competencia se constriñe a conocer sólo de los actos de los servidores públicos. Sin embargo…

            Si un particular comete un delito contra un policía o varios policías, es deber del Ministerio Público iniciar el procedimiento correspondiente, recabar las pruebas aptas para demostrar la responsabilidad del agresor y, en su caso, ejercer la acción penal en su contra.

            Si no lo hace, estará violando con su omisión los derechos humanos del policía o los policías agredidos, pues éstos tienen derecho, como cualquier persona, a que se persigan con la mayor eficacia y la mayor diligencia posibles los delitos de que fueren víctimas.

            Un servidor público puede violar derechos humanos no únicamente mediante acciones, sino también mediante omisiones cuando éstas suponen el incumplimiento de su deber. El Ministerio Público que omite perseguir los delitos de que tiene noticia viola los derechos humanos de las víctimas de esos delitos.

            En tales casos, no es función del ombudsman, por supuesto, amonestar al particular que cometió la conducta delictuosa, pero sí lo es señalar que la inacción del organismo encargado de perseguir los delitos es violatoria de los derechos humanos del ofendido por tal conducta. El defensor de los derechos humanos, entonces, debe exigir al titular del Ministerio Público, el procurador de justicia, que tome las medidas adecuadas para que cese la omisión y, en consecuencia, se inicie y se tramite el debido procedimiento penal.

            Nos enteramos por los medios, y a veces por testimonios de conocidos si no es que por la propia experiencia, que los policías mexicanos suelen cometer atropellos, los cuales en ningún caso deben pasarse por alto. Pero también tenemos noticia de que, en ocasiones no infrecuentes, los policías son objeto de ataques, cuya saña y crueldad no pueden ser soslayadas o subestimadas.

            Agentes policiacos a los que se toma como rehenes en aras de una exigencia, a los que se prende fuego arrojándoles una bomba incendiaria, a los que se embiste con varillas o con bloques de cemento, a los que se mutila a machetazos o a los que se asesina, son víctimas de delitos que en un Estado de derecho no deben quedar impunes.

            Esos delitos generalmente son perpetrados durante protestas sociales, pero eso no los justifica en modo alguno. La protesta social es respetable y debe ser rigurosamente respetada y protegida, tal como señala la Constitución, cuando se ejerce pacíficamente, sin incurrir en violencia. Si degenera en actos violentos ya no está amparada por nuestra ley fundamental.

            También se violan los derechos humanos de los policías cuando se les envía a operativos en los que se les coloca en estado de extrema vulnerabilidad, incluso a veces es estado de indefensión. En tal caso, los responsables de esa violación son los superiores jerárquicos.

            Los policías en México parecen no importar a nadie a pesar de la importantísima función que desempeñan. En ese menosprecio influyen, cómo negarlo, los desmanes de los que muchas veces son protagonistas la complicidad de algunos de ellos con la delincuencia o la falta de profesionalismo de que dan muestras cotidianamente.

            Pero otro motivo de ese desdén, no nos engañemos, es el clasismo: a diferencia de lo que sucede en otros países, nuestros policías provienen de las clases más desfavorecidas y se les ve, por esa razón, por encima del hombro.

            Con los salarios, prestaciones, condiciones de trabajo y nivel de capacitación de nuestros policías, es inviable que contemos con corporaciones policiacas de alta calidad profesional. Eso no ha importado ni a los gobiernos ni a la ciudadanía, como tampoco les han importado los agravios a que continuamente se ven sometidos.

Sectarios

No conozco mejor descripción del sectario que la de Fernando Savater en su imprescindible Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (Ariel). El sectario, dice el filósofo español, quiere que los suyos salgan adelante a toda costa, aunque el conjunto del país sufra en su armonía o incluso corra peligro de desmoronarse.

            Extraña mentalidad la del sectario: no importa que como consecuencia de sus acciones el mundo se hunda, venga un nuevo diluvio o vuelva a llover fuego. Lo único importante para él es que su obsesión ideológica se imponga a todos, aunque los haga sufrir: la ideología —abstracta e inasible— es lo importante, no el bienestar de las personas de carne y hueso.

            Cuando está en la oposición, el sectario vocifera que sólo sus correligionarios, nadie más, constituyen el pueblo bueno, y quienes no están con él son los enemigos del pueblo, por lo que sus aspiraciones, intereses y sentimientos nunca son ni podrán ser legítimos. Aprovecha las instituciones de la democracia cuando puede utilizarlas al servicio de su ideología, pero cuando no son aptas para esa utilización hace todo lo posible por desprestigiarlas señalando que sólo sirven a quienes están en el poder, que son enemigos del pueblo porque no son los suyos.

            Como gobernante, el sectario es todavía más pernicioso, pues se vale de todo el aparato de gobierno para avasallar a quienes no se pliegan dócilmente a sus proyectos y sus métodos, y hace hasta lo imposible por someter a su dominio a los poderes legislativo y judicial y a los organismos públicos que habían gozado de autonomía. No cree realmente en las reglas de la democracia que obligan al juego limpio, a respetar al adversario, a reconocerle sus triunfos y garantizarle espacio para el ejercicio de sus derechos políticos.

            Al adversario lo ve como enemigo al que hay que pasarle por encima, atropellarlo, sencillamente porque no es de los suyos, porque no comparte su visión de la utopía. Todo vale con tal de alcanzar los objetivos que le marca su ideología. El sectario se vuelve irremisiblemente fanático, pues no hay argumentos ni datos de realidad que lo hagan cambiar de postura. En ese sentido es como los fundamentalistas religiosos que están convencidos de que su cometido en la vida es la imposición de su doctrina le pese a quien le pese y pase lo que pase.

            Los sufrimientos que causan sus afanes le parecen insignificantes en comparación con la grandeza de sus dogmas infalibles, de los que no se permite dudar en ningún momento. Dos casos actuales de sectarismo extremo son los protagonizados por el gobierno de Venezuela y el govern de Cataluña. En este espacio me he referido ya al primero. Dedicaré las siguientes líneas al segundo.

            Cataluña ha progresado extraordinariamente dentro de España, que ha progresado extraordinariamente dentro de la Unión Europea y ha erigido una democracia ejemplar a partir de la muerte del dictador Francisco Franco. Cataluña goza de un nivel de vida y de seguridad ciudadana envidiables, y de amplia autonomía administrativa. Ante esa realidad, los separatistas han inventado las falacias de los agravios históricos y fiscales, la identidad milenaria, la agresión lingüística, etcétera.

            Y no han tenido escrúpulo alguno para hacer realidad su delirio. Así, el govern encizañó la convivencia entre los catalanes, y el parlamento aprobó, sin la mayoría calificada ni el dictamen del consejo jurídico que exige el estatuto, con dispensa de trámite y sin discusión, las leyes del referéndum y la desconexión. El referéndum se llevó a cabo sin padrón ni autoridades electorales. Hubo quienes votaron hasta en cuatro casillas, urnas que llegaron repletas a los sitios de votación, siete decenas de municipios en los que se contaron más votos que habitantes.

            Aun así, según las inverificables cifras oficiales, la abstención fue de 58%, amplía mayoría. Cientos de miles de catalanes que no se manifestaban en las calles han salido a reclamar la unidad con España. Cerca de dos mil empresas se han marchado. La Unión Europea reitera que no reconoce la independencia. Puigdemont, armado el lío, pió: “Me voy volando”.

            Todo esto, ¿por qué, para qué? Solamente en aras de la obsesión sectaria de los separatistas.

Y si vivo 100 años

Más de un millón de personas lo esperaban en las calles de la Ciudad de México y en el Panteón Jardín no para despedirlo, sino, por el contrario, para jurarle con sus lágrimas y su desconsuelo que no lo olvidarían el resto de sus vidas, que se quedaría por siempre en su corazón.

            Elegido de los dioses, se quedaría joven para siempre, con esa sonrisa en la que se dibujaba el júbilo invencible de estar vivo y ser él mismo, a quien nadie se parecía ni se parecería en la posteridad. Si no hubiera muerto a edad tan temprana quizá la veneración popular no hubiera alcanzado la asombrosa dimensión a la que se elevó. A los 39 años de edad, en la que permanecería eternamente, seguiría siendo el hombre seductor que enfervoriza a mujeres y hombres.

            No es fácil explicar las razones de ese encanto. A 60 años de su muerte, sus películas siguen teniendo un inmenso público y cautivan lo mismo a quienes las ven por vez primera que a quienes las hemos visto muchas veces. Sus discos se han seguido vendiendo, imbatibles ante la irrupción del rock, el pop, los Beatles y todas las modas musicales.

            Sin duda, era un gran actor, pero no todos sus directores aprovecharon ese talento. Fue Ismael Rodríguez el que supo sacarle el mejor provecho. La escena de Ustedes los ricos en la que llora sin contención alguna con su hijito sin vida en los brazos es una de las más conmovedoras de la historia del cine. Esa cinta, junto con las otras de la trilogía, Nosotros los pobres y Pepe el Toro, le abrieron el corazón no sólo de los pobres, sino de todas las clases sociales. Pepe el Toro es un personaje entrañable porque, a pesar de sus aprietos económicos y los golpes bajos que le inflige la fortuna, es alegre, simpático, amoroso, solidario, valiente y soñador. ¿Qué más se puede pedir?

            En La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo es un muchacho que tiene que soportar a un padre arbitrario y maltratador, al que a pesar de todo respeta y quiere. La historia tiene el sabor agridulce de una provincia premoderna que está dejando de existir. Su actuación es inolvidable. En Los tres García, Vuelven los García, A toda máquina, ¿Qué te ha dado esa mujer? y Los tres huastecos, entre otras, interpreta personajes que hacen de cada día una fiesta prodigando alegría, generosidad y picardía. Los espectadores sueñan ser como esos personajes.

            En ¿Qué te ha dado esa mujer?, un diálogo sintetiza su espíritu humanitario. Su amigo le hace ver que la mujer de la que se ha enamorado es una grulla viajera. Él le responde que su enamoramiento se debe precisamente a que se parece a ella: ambos han rodado por la vida como un centavito que no le importa a nadie.

            Su voz no tiene la potencia de, por ejemplo, Jorge Negrete, pero es sabrosísima e infinitamente rica en matices: acaricia a su enamorada, suplica el amor de la rejega, se duele del abandono de la amada, se tambalea en la euforia de una borrachera, sonríe con las canciones festivas, se solidariza con la mujer que lleva su luto vestida de blanco, se entristece por el llanto de la paloma que estremecía al mismo cielo.

            ¿Eso basta para explicar la fascinación que aún provoca a 70 años de su primer papel protagónico no sólo entre los mexicanos, sino en toda Latinoamérica? En México hemos tenido importantes ídolos populares. El Ratón Macías —cuya pelea por el título mundial gallo contra Alphonse Halimi en Los Ángeles fue seguida en vilo por millones en la radio entre rezos de mujeres y veladoras encendidas— y El Santo —quien enfrentó exitosamente al mal encarnado en zombis, momias, licántropos y bellísimas mujeres vampiro encabezadas por la imponente Lorena Velázquez— fueron destinatarios de entusiasta admiración popular.

            Pero ni al Ratón ni al Enmascarado de Plata se les ha rendido un culto semejante, inagotable y arrebatado. El próximo sábado, Pedro Infante cumple 100 años de haber nacido. No creo que quienes abandonan este mundo puedan contemplar desde otro sitio lo que aquí sucede. Pero me deleita pensar en lo contento que estaría Pedro si pudiera ver que la devoción que se le ha guardado está intacta.

            Todo lo que nos hace amar más la vida es de festejarse. Por eso estas líneas celebran esa devota predilección.

Asesinato de un ombudsman

En 27 años de existencia de la institución del ombudsman en México, nunca había sido asesinado el presidente de un organismo público defensor de los derechos humanos. El lunes pasado no sólo se asesinó al presidente de la Comisión de Derechos Humanos de Baja California Sur, Silvestre de la Toba, sino también a su hijo, mientras que su esposa y su hija resultaron gravemente heridas.

            El crimen múltiple es un acto de una crueldad extrema. Si se trató de una represalia contra el defensor de los derechos humanos —por sí sola execrable—, ¿por qué tenía que atentarse también contra sus seres más queridos? No hay palabras para expresar el asco y la amargura que me provoca esa ruindad. Desde luego, es elemental la exigencia de que se detenga a los asesinos y se haga justicia en un lapso breve, pero ni eso ni nada reparará el agravio que se causó no sólo a los habitantes de Baja California Sur, sino a toda la sociedad mexicana.

            El ominoso atentado es un golpe devastador a las condiciones en que las instituciones defensoras de los derechos humanos deben desempeñar su tarea. Hasta hoy, los titulares de esas instituciones y sus equipos de trabajo podían realizar sus funciones con la tranquilidad de que su integridad personal y la de sus allegados se respetaba.

            En mi gestión al frente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal jamás fui amenazado ni recibí señal alguna a la que pudiera atribuirse un propósito intimidatorio, a pesar de que a instancia de nuestra cientos de servidores públicos, algunos de alto nivel, fueron destituidos y/o condenados, incluso, a prisión. El único intento de intimidación fue la apertura de una indagatoria en la Procuraduría de Justicia de Samuel del Villar contra nuestro Primer Visitador, José Antonio Aguilar Valdez, y algunos de sus colaboradores, después de que la Comisión tumbara el burdo teatrito de las falsas acusaciones contra Paola Durante y coacusados por el homicidio del conductor de televisión Paco Stanley.

            Sólo eso. Ninguna agresión física, ninguna intromisión en nuestra vida personal o familiar, ningún otro acto de amedrentamiento. Tan sólo el pataleo histérico de un procurador airado al serle descubierta una maniobra vil que mantenía en prisión a personas inocentes: una indagatoria sin denunciante contra mis compañeros sin que se precisara qué delito se investigaba.

            Represalia o no, el crimen múltiple es apto para producir un efecto intimidante si queda impune como tantos otros homicidios dolosos. En cualquier caso es de enorme importancia atrapar a los autores de un homicidio y ponerlos a disposición de un juez. Un homicidio impune es una ofensa contra la comunidad toda. En el caso que nos ocupa la captura resulta aún más apremiante para evitar o, al menos, atenuar la probable consecuencia intimidatoria. Que los asesinatos de un ombudsman y su hijo y las lesiones graves de su esposa y su hija quedaran impunes sería una de las peores cosas que pueden ocurrir en un Estado que pretende ser un Estado de derecho.

            Lamentablemente, nuestros ministerios públicos son tan ineficaces que solamente en menos de dos de cada diez homicidios dolosos logran consignar a los presuntos responsables, lo que contrasta abismalmente con lo que sucede, por ejemplo, en los países de la Unión Europea, en los que se somete a proceso a nueve de cada diez presuntos homicidas dolosos.

            México ha escalado en el último decenio la tasa de homicidios dolosos y ahora se ha rebasado el récord de 2011. Los homicidios de La Paz son un par más entre los muchos que ocurren diariamente en el país. Pero no, no son sólo dos más. Ya dije que todo homicidio es gravísimo como gravísimo es que cualquiera de ellos quede en la impunidad. Pero los asesinatos de un ombudsman y su hijo, y la tentativa contra su esposa y su hija, erosionan de manera demoledora nuestro Estado de derecho.

            Una vez más: es urgente atrapar a los asesinos. Y, por supuesto, es indispensable que se tomen sin dilación las medidas adecuadas y suficientes para proteger eficazmente a los integrantes de las instituciones públicas y a los de las organizaciones civiles de derechos humanos. Además, es inaplazable la enmienda de las instituciones de seguridad pública y justicia penal.

No salir de la recámara

El reciente sismo ha acaparado nuestra atención, pero hay también otros temas que no debemos pasar por alto. Más que un yerro, fue un descomunal despropósito la declaración de Julio César Romero Reyes, rector de la Universidad de Madero de Puebla, al opinar sobre el repugnante crimen de Mara Castilla, la estudiante de 19 años violada y estrangulada presuntamente por el conductor del taxi que había abordado para regresar a su casa después de una fiesta con sus amigos. Sigue leyendo

Celebrar el infierno

La Revolución Rusa, de cuyo estallido se cumplen 100 años este mes, fue celebrada por poetas, filósofos, académicos, dirigentes y militantes de izquierda. Pablo Neruda, extraordinario poeta, salvo en sus versos de contenido político, llamó en un poema a Joseph Stalin gran padre de los pueblos. Sigue leyendo

Ni el demonio de los celos

La Suprema Corte Argentina determinó que espiar el correo electrónico, el perfil de Facebook o el teléfono celular de la pareja es un delito federal porque el acceso indebido a los datos contenidos en tales dispositivos es una violación a los servicios de telecomunicaciones, que son de interés de la nación. La sentencia se pronunció a propósito del caso de una mujer que denunció a su marido por violar sus contraseñas en las redes sociales y servicios de correo, y hasta copiar los datos de su tarjeta SIM, en busca de pruebas de una infidelidad. Sigue leyendo

El mito de Lutero

Hace 500 años, la última noche del mes de octubre de 1517, Martín Lutero, un monje agustino de 34 años, indignado por la venta de indulgencias —la compra del perdón de los pecados, incluso, para los muertos atorados en el purgatorio— e inconforme con la interpretación que la Iglesia de Roma hacía del cristianismo, clavó en las puertas de la iglesia de Wittenberg las 95 tesis con las cuales, desafiando al Papa, iniciaba el movimiento de la reforma religiosa. Sigue leyendo

Lady Di

20 años después de su muerte, la devoción por la princesa Diana de Gales está intacta. Se le siguen dedicando canciones y poemas, flores y lágrimas. Quizá ninguna otra princesa en la historia haya sido tan querida, tan recordada, tan llorada. Atraía profundamente, pues más allá de su belleza, su elegancia y su porte, tenía encanto. No obstante, la desazón que le provocaba su deplorable relación conyugal, su sonrisa era un arcoíris. Ejercía, también, por decirlo con palabras de nuestro músico-poeta Agustín Lara, el hechizo de la liviandad a tal punto que bailó con John Travolta en una velada ofrecida en la Casa Blanca.

            Diana, como la princesa de Rubén Darío, estaba triste, pero esa tristeza no opacaba su esplendor. A partir de que recuperó su soltería fue mucho más intenso su involucramiento en causas humanitarias. Fue de las primeras figuras en acercarse a los afectados por el virus del sida. Abogó por la erradicación de las minas antipersonas en zonas que ella misma recorrió. Dio su apoyo a hospitales y escuelas, a organizaciones solidarias. Participó en campañas de vacunación de niños africanos. Fue más, mucho más, que una princesa.

            Como a todos los elegidos de los dioses, la muerte se la llevó muy joven. Diana y su novio Dodi Al Fayed salieron del hotel Ritz de París —propiedad del multimillonario egipcio Mohamed Al Fayed, padre de Dodi— poco después de medianoche queriendo escapar de los paparazzi, “esa jauría de perros que la siguió, la persiguió, la acosó, la llamó, la escupió y trató de obtener una reacción airada para conseguir una fotografía”, como los describió Guillermo, hijo de Lady Di.

            El vehículo en el que huían, perseguido por los fotógrafos, no era manejado por un conductor profesional, sino por el número dos de seguridad del hotel, Henri Paul. El coche se estrelló en el pilar 13 del túnel del Puente del Alma. Murieron en el acto Dodi y Paul. Sobrevivió Trevor Rees-Jones, guardaespaldas de Diana, el único que tenía puesto el cinturón de seguridad. A ella, que agonizaba atrapada en el vehículo, los servicios de emergencia tardaron una hora en sacarla para llevarla al hospital. Murió a las 4:05 de la madrugada del 31 de agosto de 1997.

            El juez de instrucción francés que conoció del caso, Hervé Stéphan, concluyó en 1999 que Paul, además de que conducía a alta velocidad, estaba ebrio —con un nivel de alcohol en la sangre de 1.74 gramos por litro, tres veces más de lo permitido para conducir— y bajo el efecto de medicamentos incompatibles con el alcohol, por lo que no estaba en condiciones de mantener el control del vehículo. “No existe ningún elemento que dé crédito a la tesis de que el accidente fue fruto de una conspiración”, concluyó Stéphan.

            Mohamed Al Fayed no aceptó la conclusión. Desde el principio había afirmado que la princesa estaba embarazada de Dodi y el anuncio de su matrimonio era inminente. La familia real “no podía aceptar que un musulmán egipcio pudiera convertirse en padrastro del futuro rey de Inglaterra”.

            Probablemente fue esa gravísima acusación la que motivó que el oficial judicial de la Casa Real británica encargara a Scotland Yard una nueva investigación, la cual duró dos años y costó 3.7 millones de libras. En diciembre de 2006 se dio a conocer el resultado en un informe de 832 páginas. La conclusión fue la misma que la del juez francés: no hay evidencia alguna de que el accidente respondiera a una conspiración. Además, se comprobó que Diana no estaba embarazada.

            Los paparazzi motivaron la huida, pero no causaron la muerte. Las causas ciertas e inmediatas fueron el estado de ebriedad de Henri Paul y la excesiva velocidad a la que conducía la limusina. Tres de los paparazzi fueron condenados al pago de ¡un euro! por violar el derecho a la intimidad al tomar fotografías del accidente.

            Una vida extraordinaria y una muerte absurda. ¿Por qué Diana tenía que huir exponiendo su vida si ya se sabía de su noviazgo con Dodi y los paparazzi ya los habían descubierto y fotografiado? ¿Por qué eligió o aceptó como conductor a un hombre ebrio? ¿Por qué, por mucho que ansiara que los paparazzi la perdieran de vista, permitió que el borracho condujera a velocidad vertiginosa y no usó el cinturón de seguridad?

Dreamers

Lo ha dicho inmejorablemente Barack Obama: es una cuestión de decencia básica. “Se trata —puntualizó el expresidente— de si somos gente que golpea a jóvenes, esperanza de Estados Unidos, o si los tratamos como queremos que nuestros propios hijos sean tratados. Se trata de quiénes somos como seres humanos y quiénes queremos ser”.

            La bofetada ética no podía ser más contundente. Los dreamers viven en aquel país sin tener culpa alguna de su residencia. Niños aún, sus padres los llevaron consigo escapando de la dura realidad de sus propios países, flagelados por la inseguridad, los ingresos insuficientes, la falta de horizontes promisorios. No tiene sentido expulsarlos. No han hecho ningún daño a nadie. Han sido respetuosos de los estadunidenses y de las leyes de su país de acogida.

            Crecieron en Estados Unidos. Son niños que estudian en las escuelas de ese país, jóvenes adultos que están empezando carreras. Son estadunidenses ––defiende Obama–– en sus corazones, en sus mentes, de todas las formas, menos en el papel. Algunos no supieron durante mucho tiempo que eran indocumentados. Se enteraron al aplicar a un trabajo, a una universidad, a una licencia de conducir. Sus padres les contaron entonces la historia del éxodo. No se imaginaron que su origen les acarrearía el riesgo de ser corridos del país en que han discurrido sus vidas.

            Echarlos no reduciría la tasa de desempleo, no aligeraría los impuestos de nadie, no aumentaría ningún salario. No hay un imperativo legal de hacerlo. Tanto presidentes del Partido Demócrata como del Partido Republicano les han permitido permanecer con base en el principio legal de la discrecionalidad del fiscal. Obama quiso darles cierta seguridad jurídica con el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, siglas en inglés), anunciado el 15 de junio de 2012.

            Los requisitos establecidos para adscribirse a ese programa fueron: ser menor de 31 años en esa fecha; haber llegado a Estados Unidos antes de los 16 años; haber residido en el país, por lo menos, desde el 15 de junio de 2007; estar estudiando o contar con certificado de secundaria o de desarrollo de educación general, o ser veterano con licenciamiento honorable de la Guardia Costera o de las Fuerzas Armadas; no ser convicto de delito grave ni de tres o más delitos menores ni representar una amenaza para la seguridad nacional o la seguridad pública.

            “Lo que nos hace estadunidenses —ha dicho Obama— no reside en el origen de nuestros nombres ni en la manera en que rezamos, sino en nuestra fidelidad a un conjunto de ideales; que todos fuimos creados iguales; que todos merecemos la oportunidad de hacer de nuestras vidas lo que queramos hacer; que todos compartimos la obligación de levantarnos, hablar y asegurar nuestros valores más preciados para la próxima generación”.

            El Congreso tiene la última palabra. En su decisión está la suerte de aproximadamente 800 mil dreamers, de los cuales 80% son de origen mexicano. La policía los tiene perfectamente localizados. No sería difícil ir por ellos para expatriarlos. Pero los apoyan varios gobernadores, Mark Zuckerberg —creador de Facebook—, Apple y otros titanes de la tecnología. Encendamos nuestras veladoras interiores —las únicas verdaderamente eficaces— para que el Congreso impida el triunfo de la indecencia.

            Los dreamers de origen mexicano son la generación más preparada de la historia de México. A diferencia de los jornaleros que emigraron en la década de los noventa del siglo pasado, el 98 % es bilingüe; el 70% tiene estudios superiores; el 91%, trabajo fijo.

            Si se les deporta, más allá del respaldo retórico —los recibiremos con los brazos abiertos—, lo cierto es que, como advierte Eunice Rendón (Agenda Migrante), las medidas anunciadas —afiliación al seguro popular e inscripción a la bolsa de trabajo de la Secretaría del Trabajo— son claramente insuficientes para integrarlos decorosamente, incluyéndolos en el mercado laboral, aprovechando sus capacidades y haciéndolos sentir parte de México. Ni siquiera lo hemos logrado con muchos de los jóvenes adultos que no han dejado de residir en nuestro país. ¡Que no se nos apaguen ni un instante las veladoras!

Golpes en la vida

Una ironía insospechada del azar: precisamente en el aniversario del sismo más devastador sufrido por nuestro país, otro, también terriblemente dañino, volvió a estremecernos (en más de un sentido). Como apunta Rafael Pérez Gay: “El destino juega a los dados con nuestras vidas”.

            Al escribir estas líneas se han registrado, entre la Ciudad de México y los estados de Puebla y Morelos, más de 200 muertes. Las más tristes son las de los niños del colegio Enrique Rébsamen, que se vino abajo mientras estaban en clases.

            ¿Cómo describir la rabia y la impotencia, el pesar profundo, ante el hecho de que unos pequeños mueran sepultados por las piedras mientras sus padres se aferraban a la irrenunciable esperanza de lo improbable? César Vallejo escribió:

            Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡yo no sé!

            Golpes como del odio de Dios…

            Así como algunos aseguran que el furioso movimiento de la tierra es un castigo divino, otros culpan a la maldad del gobierno de la catástrofe. Lo cierto es que las autoridades, las federales, las capitalinas y las estatales, han reaccionado como era debido: con prontitud y eficacia (hasta donde ésta es posible).

            Ese es su deber en todo caso, sin duda, pero es mezquino no reconocer que lo han estado cumpliendo bien, acertada y diligentemente, a la altura de las infaustas circunstancias.

            Ante la descomunal tragedia, en la Ciudad de México miles de personas, mujeres y hombres de todas las edades y condiciones sociales, se han afanado en ayudar a las víctimas, unas queriendo colaborar en el rescate de los atrapados entre los derribos, otras haciendo donaciones en dinero o en especie —se han acopiado toneladas de víveres— y otras más brindando hospitalidad a quienes perdieron sus casas o las dejaron por temor o por los daños que presentan.

            En estas desgracias colectivas hay quienes se dedican a los asaltos, a la rapiña o a la especulación miserable. Aprovechan el mal ajeno, agrandándolo, para medrar. Les es aplicable la sentencia del filósofo austriaco Karl Kraus: “El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres”. Y también la del poeta argentino José Pedroni: “Los malos no son otra cosa que inválidos de espíritu”.

            Pero también hay quienes, en mucha mayor cantidad que los anteriores, sacan del baúl del alma lo mejor de su humana índole —la que está trenzada, según nos enseñó William Shakespeare, con la misma materia con la que se trenzan los sueños— y hacen gala de virtudes que engrandecen a quien las practica: la generosidad, la compasión y el coraje.

            La generosidad es la disposición de ayudar a los demás en sus problemas o necesidades sin esperar nada a cambio de ello. “Ser generoso —sostiene el profesor francés André Comte-Sponville— es estar liberado de uno mismo, de las bajas cobardías, las ridículas posesiones, las pequeñas cóleras y las miserables envidias”.

            La compasión nos hace ponernos en el lugar del que está sufriendo para comprenderlo y auxiliarlo. Comte-Sponville recomienda no confundirla con la piedad, que se siente de arriba abajo porque realmente es lástima. “Por el contrario, la compasión es un sentimiento horizontal: sólo tiene sentido entre iguales, o más bien, y mejor, realiza esa igualdad entre quien sufre y el que, a su lado y en un mismo plano, comparte su sufrimiento”.

            El coraje, explica Fernando Savater, es una palabra que proviene de una voz latina que significa corazón y “consiste precisamente en tener un corazón grande y fuerte”, es decir, capaz de impetuosa decisión y ánimo firme. Se necesita coraje para hacer frente a los infortunios sin dejarse vencer apriorísticamente por la resignación o la superchería de que no podemos incidir en el curso de los acontecimientos.

            Para ejercer tales virtudes es preciso estar imbuido de amor al género humano y de amor a sí mismo —sin el segundo, el primero es sencillamente impensable—, pues quienes actúan honrándolas lo hacen por su convicción profunda, su temple, su pasión.

            No podemos evitar lo inevitable, los sucesos fatales y azarosos —los golpes de la naturaleza, por ejemplo—, pero sí enfrentarlos con nobleza y determinación.

Extraña simpatía

Me aterra que en mi país haya simpatizantes del régimen de Nicolás Maduro, no sólo entre organizaciones sociales que han dado muestras claras de sus posturas antidemocráticas y su proclividad a la corrupción, en partidos como el Partido del Trabajo y Morena, y en el diario La Jornada, sino también entre académicos universitarios Sigue leyendo