Ni niña ni niño

Algunos bebés nacen con una anatomía sexual que no encuadra en ninguno de los dos sexos tradicional-mente reconocidos, es decir, no es ni femenina ni masculina.

            El bebé puede tener, por ejemplo, abertura vaginal parcialmente fusionada con un órgano eréctil —que no es, precisamente, pene ni clítoris— más o menos desarrollado, y ovarios o testículos internos. La doctora Laura Audí, asesora de la Unidad de Investigación en Endocrinología Pediátrica y del Instituto de Investigación del Hospital Vall d’Hebron, de Barcelona, advierte que se podría considerar que los niños que nacen con meato urinario no situado en la punta del pene también presentan un estado intersexual. Sigue leyendo

Chaplin

Su talento, su gracia y su genialidad son incomparables. Nadie como él en la historia del cine. Mi papá nos llevaba de niños a ver sus películas a Cinelandia, frente a los churros El Moro, en San Juan de Letrán, y con cada una de sus cintas yo quedaba fascinado. Las he seguido viendo con la misma fascinación, o mayor aún por el recuerdo de mi padre. Las he visto todas, he visto varias veces, sobre todo sus largometrajes mudos, los sigo viendo, y no hay una sola vez que no sonría, no ría, no se me ponga la piel chinita y se me humedezcan los ojos. Sigue leyendo

La República amorosa

Los asesinos que han secuestrado, mutilado, degollado, desollado o quemado vivas a sus víctimas se volverán bondadosos una vez amnistiados, al llamado del líder a construir una República amorosa en la que todos los crímenes serán perdonados. No retomarán la senda criminal. Devolverán las estratosféricas sumas que han acumulado con sus negocios criminales. Se contagiarán del amor que invadirá todo en el renacer del país. Sigue leyendo

La abdicación más deshonrosa

¿Los criminales que han extorsionado, secuestrado, torturado, mutilado y asesinado —con frecuencia degollando, quemando vivas o desollando a sus víctimas— se volverán buenos y se sumarán a la República amorosa una vez que se les conceda la amnistía? ¿Los consumidores de drogas en Estados Unidos querrán contribuir a la consecución de esa Arcadia del amor y, atendiendo a una campaña gubernamental de persuasión, dejarán el consumo?

            Parecen preguntas de broma, pero son las propuestas del sempiterno aspirante a la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador, quien ha anunciado que, de realizarse su sueño dorado —¡sentarse al fin en la silla presidencial!—, ésas serán las vías (la segunda convenciendo al presidente Donald Trump de realizar la campaña) para abatir la violencia que azota a nuestro país.

            ¿Los criminales entregarán al gobierno las armas y las sumas estratosféricas que han acumulado con sus negocios criminales y se dedicarán a hacer obras pías y benéficas para los pobres aceptando como retribución por sus nuevas tareas el salario mínimo? ¿Los consumidores estadunidenses de drogas las sustituirán por leche malteada a pesar de que esta bebida no suele producir los estados de conciencia alterados que buscan?

            Al quedar libres quienes han ensangrentado y llenado de horror y zozobra muchas zonas del territorio nacional, ¿se producirá el milagro de que todo México se vuelva un edén de convivencia armónica? Esos criminales, una vez amnistiados, ¿ya no volverán a las andadas, abandonarán las actividades delictivas y se transformarán en buenos ciudadanos?

            Un reclamo generalizado de la sociedad mexicana es el que exige que se termine con la impunidad, por lo menos con la impunidad de los delitos más graves. La amnistía que propone López Obrador dejaría impunes precisamente los delitos más dañinos y crueles que se han cometido en México en los lustros recientes.

            El acuerdo del gobierno colombiano con las FARC sacrificó la justicia en aras de la paz, por lo que la mayoría de la población expresó su desacuerdo a pesar de que era la manera de terminar con un conflicto armado prolongadísimo. Pero fue posible porque había que negociar únicamente con un grupo, solamente con los líderes del movimiento narcoterrorista, quienes aceptaron porque sabían que nunca conseguirían su proclamado objetivo de derrocar al gobierno constitucional.

            En cambio, las bandas criminales en nuestro país son numerosas, dispersas, sin liderazgos oficiales, y no actúan por el poder político, sino por las ganancias que les dan sus fechorías. ¿Con quiénes se pactaría la extinción de la acción o de la responsabilidad penal a cambio de la pacificación del país, y por qué les interesaría a los amnistiados dejar sus lucrativas actividades?

            Muchos hemos abogado por la despenalización de las drogas. Si se despenalizaran, quedarían en libertad, por aplicación del principio de retroactividad de la ley penal favorable a los reos, quienes se encuentran en prisión por venta de drogas ilícitas y/o actividades relacionadas con esa venta. Nada más: no quedarían libres ni se extinguirían las acciones penales contra los asesinos, secuestradores, extorsionadores, etcétera. En la propuesta del líder de Morena todos esos delincuentes, los que más luto y sufrimiento han causado, quedarían en libertad, es decir, se les perdonarían todos sus crímenes.

            Todos sabemos que el abatimiento de la devastadora violencia que vive el país será difícil de lograr. Pero no es imposible. Es preciso despenalizar las drogas, fortalecer el Estado de derecho, transformar a fondo a las policías y los ministerios públicos, terminar con los vacíos de autoridad y ofrecer horizontes laborales promisorios a los jóvenes, entre otras cosas.

            Dejar en libertad a criminales que han cometido conductas infrahumanas destruyendo o arruinando decenas de miles de vidas a cambio de su palabra de que en adelante se portarán bien no sería precisamente una medida ingenua, sino una burla al Estado de derecho y a las decenas de miles de víctimas de aquéllos. Sería, asimismo, la abdicación más inútil y deshonrosa del gobierno —jurídica, política y ética— y el triunfo más inaceptable e indefendible de la impunidad.

El beso de Demi Moore

Empiezo por puntualizar que abusar sexualmente de un menor es un delito gravísimo que amerita la más enérgica reprobación social y las sanciones penales más severas. Más aún: los culpables merecerían que Yahvé, el vengativo Dios del Antiguo Testamento, volviera a hacer que lloviese fuego y éste cayera sobre las cabezas de los abusadores.

            En la avalancha de imputaciones por acosos y ataques sexuales iniciada en Hollywood y continuada en varios países del mundo se ha incluido un video en el que se observa a una jovencísima Demi Moore, a los 19 años, besando en los labios suave aunque algo prolongadamente a un muchacho de 15 que celebra su cumpleaños.

            El beso es claramente consentido. El chico, lejos de parecer incómodo, luce más que contento: fascinado. El acto no ocurre en la clandestinidad ni con los protagonistas a solas: varios asistentes a la fiesta observan alegres y divertidos la escena.

            No obstante, el video ha venido acompañado de voces condenatorias que claman que se trata de un abuso sexual porque el joven era en aquel entonces menor de edad, y advierten admonitoriamente que un abuso de esa índole no sólo puede ser cometido por hombres sino también por mujeres. Por tanto, acusan, Demi Moore atropelló sexualmente al chico.

            ¿Alguien podría pensar que se infirió agravio o se causó algún trauma psíquico al cumpleañero? Retrocedo el tiempo en mi mente. A los 15 años estaba en primero de preparatoria. Recuerdo a mis compañeros de la Prepa Uno. Tengo la seguridad de que ni al más tímido ni al más huraño le hubiera resultado ofensivo o traumático ser besado de esa manera por Demi Moore. Más bien creo que cualquiera de ellos se hubiera sentido nimbado por el soplo mágico de Afrodita.

            ¡Pero el quinceañero todavía era un menor, y ella ya había alcanzado la mayoría de edad!, reclamarán los celosos guardianes de las prácticas socialmente aceptables. Sí, era un menor de edad pero no un niño incapaz de comprender el significado de un beso y de conducirse conforme a esa comprensión. Y Demi Moore era apenas cuatro años mayor que él.

            Abundan los noviazgos en Estados Unidos —donde ocurrió el suceso—, en México y en todo el mundo en los que el novio o la novia tiene 18, 19 o 20 años, y su pareja 13, 14 o 15. ¿La mayor o el mayor de esas parejas es una abusadora o un abusador? ¿Existe quien crea eso?

            Esas parejas se besan ––y muchas hacen mucho más que besarse–– y a ningún testigo dotado de un mínimo de sensatez se le ocurriría llamar a un policía y solicitarle la detención en flagrancia de la o el más grande por el abuso sexual, sencillamente porque no hay tal abuso.

            Una muchacha o un muchacho con capacidad psíquica no disminuida y provisto ya de los caracteres sexuales secundarios está en completa aptitud mental para otorgar su consentimiento a las caricias eróticas. Por tanto, no habrá abuso sexual si éstas son consentidas con total libertad, sin presión alguna.

            La media de edad en que se inician en México las relaciones sexuales es entre los 15 y los 17 años ––las encuestas difieren pero siempre dentro de ese rango––. ¿Son relaciones abusivas si alguno de los participantes ya tiene 18? ¿Alguien podría sostener honestamente que ––en la memorable tragedia de Shakespeare–– Romeo, que tenía entre 16 y 18 años, abusó de Julieta, quien no rebasaba los 13, porque los inmortales amantes de Verona se brindaron mutuamente las caricias eróticas supremas, una lluvia de luz en medio de la oscuridad del odio que los circundaba?

            En los delitos de índole sexual en los que la víctima ya no es un infante la ausencia de libre consentimiento es conditio sine qua non del delito. El chico del video no fue afrentado por esa caricia consentida que, bien observada en la escena exhibida, es más un jugueteo que un contacto lascivo: una singular felicitación que hizo vivir al púber un momento de ensueño.

            Solamente los puritanos y los fariseos pueden ver con sus ojos puros un nefando pecado ––¡o un delito!–– donde no hay más que una travesura que no contrarió a nadie. Ni Demi Moore ni el entonces quinceañero, ni ninguno de los presentes en esa fiesta, podían imaginar que 36 años después habría dedos flamígeros condenando aquel mimo como si fuese un crimen.

Policías menospreciados

Desde luego, las comisiones públicas de derechos humanos deben ser estrictas al analizar la actuación de los policías y señalar, cuando los haya, los abusos en que incurran, solicitando que se inicien los procedimientos administrativos y/o penales correspondientes

            ¿Pero qué sucede cuando son los policías las víctimas de agresiones que ponen en peligro su vida o los privan de ella o lesionan gravemente su integridad física o síquica o su salud?

            Podría responderse que no corresponde a las comisiones examinar las conductas de los particulares, pues su competencia se constriñe a conocer sólo de los actos de los servidores públicos. Sin embargo…

            Si un particular comete un delito contra un policía o varios policías, es deber del Ministerio Público iniciar el procedimiento correspondiente, recabar las pruebas aptas para demostrar la responsabilidad del agresor y, en su caso, ejercer la acción penal en su contra.

            Si no lo hace, estará violando con su omisión los derechos humanos del policía o los policías agredidos, pues éstos tienen derecho, como cualquier persona, a que se persigan con la mayor eficacia y la mayor diligencia posibles los delitos de que fueren víctimas.

            Un servidor público puede violar derechos humanos no únicamente mediante acciones, sino también mediante omisiones cuando éstas suponen el incumplimiento de su deber. El Ministerio Público que omite perseguir los delitos de que tiene noticia viola los derechos humanos de las víctimas de esos delitos.

            En tales casos, no es función del ombudsman, por supuesto, amonestar al particular que cometió la conducta delictuosa, pero sí lo es señalar que la inacción del organismo encargado de perseguir los delitos es violatoria de los derechos humanos del ofendido por tal conducta. El defensor de los derechos humanos, entonces, debe exigir al titular del Ministerio Público, el procurador de justicia, que tome las medidas adecuadas para que cese la omisión y, en consecuencia, se inicie y se tramite el debido procedimiento penal.

            Nos enteramos por los medios, y a veces por testimonios de conocidos si no es que por la propia experiencia, que los policías mexicanos suelen cometer atropellos, los cuales en ningún caso deben pasarse por alto. Pero también tenemos noticia de que, en ocasiones no infrecuentes, los policías son objeto de ataques, cuya saña y crueldad no pueden ser soslayadas o subestimadas.

            Agentes policiacos a los que se toma como rehenes en aras de una exigencia, a los que se prende fuego arrojándoles una bomba incendiaria, a los que se embiste con varillas o con bloques de cemento, a los que se mutila a machetazos o a los que se asesina, son víctimas de delitos que en un Estado de derecho no deben quedar impunes.

            Esos delitos generalmente son perpetrados durante protestas sociales, pero eso no los justifica en modo alguno. La protesta social es respetable y debe ser rigurosamente respetada y protegida, tal como señala la Constitución, cuando se ejerce pacíficamente, sin incurrir en violencia. Si degenera en actos violentos ya no está amparada por nuestra ley fundamental.

            También se violan los derechos humanos de los policías cuando se les envía a operativos en los que se les coloca en estado de extrema vulnerabilidad, incluso a veces es estado de indefensión. En tal caso, los responsables de esa violación son los superiores jerárquicos.

            Los policías en México parecen no importar a nadie a pesar de la importantísima función que desempeñan. En ese menosprecio influyen, cómo negarlo, los desmanes de los que muchas veces son protagonistas la complicidad de algunos de ellos con la delincuencia o la falta de profesionalismo de que dan muestras cotidianamente.

            Pero otro motivo de ese desdén, no nos engañemos, es el clasismo: a diferencia de lo que sucede en otros países, nuestros policías provienen de las clases más desfavorecidas y se les ve, por esa razón, por encima del hombro.

            Con los salarios, prestaciones, condiciones de trabajo y nivel de capacitación de nuestros policías, es inviable que contemos con corporaciones policiacas de alta calidad profesional. Eso no ha importado ni a los gobiernos ni a la ciudadanía, como tampoco les han importado los agravios a que continuamente se ven sometidos.

Sectarios

No conozco mejor descripción del sectario que la de Fernando Savater en su imprescindible Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (Ariel). El sectario, dice el filósofo español, quiere que los suyos salgan adelante a toda costa, aunque el conjunto del país sufra en su armonía o incluso corra peligro de desmoronarse.

            Extraña mentalidad la del sectario: no importa que como consecuencia de sus acciones el mundo se hunda, venga un nuevo diluvio o vuelva a llover fuego. Lo único importante para él es que su obsesión ideológica se imponga a todos, aunque los haga sufrir: la ideología —abstracta e inasible— es lo importante, no el bienestar de las personas de carne y hueso.

            Cuando está en la oposición, el sectario vocifera que sólo sus correligionarios, nadie más, constituyen el pueblo bueno, y quienes no están con él son los enemigos del pueblo, por lo que sus aspiraciones, intereses y sentimientos nunca son ni podrán ser legítimos. Aprovecha las instituciones de la democracia cuando puede utilizarlas al servicio de su ideología, pero cuando no son aptas para esa utilización hace todo lo posible por desprestigiarlas señalando que sólo sirven a quienes están en el poder, que son enemigos del pueblo porque no son los suyos.

            Como gobernante, el sectario es todavía más pernicioso, pues se vale de todo el aparato de gobierno para avasallar a quienes no se pliegan dócilmente a sus proyectos y sus métodos, y hace hasta lo imposible por someter a su dominio a los poderes legislativo y judicial y a los organismos públicos que habían gozado de autonomía. No cree realmente en las reglas de la democracia que obligan al juego limpio, a respetar al adversario, a reconocerle sus triunfos y garantizarle espacio para el ejercicio de sus derechos políticos.

            Al adversario lo ve como enemigo al que hay que pasarle por encima, atropellarlo, sencillamente porque no es de los suyos, porque no comparte su visión de la utopía. Todo vale con tal de alcanzar los objetivos que le marca su ideología. El sectario se vuelve irremisiblemente fanático, pues no hay argumentos ni datos de realidad que lo hagan cambiar de postura. En ese sentido es como los fundamentalistas religiosos que están convencidos de que su cometido en la vida es la imposición de su doctrina le pese a quien le pese y pase lo que pase.

            Los sufrimientos que causan sus afanes le parecen insignificantes en comparación con la grandeza de sus dogmas infalibles, de los que no se permite dudar en ningún momento. Dos casos actuales de sectarismo extremo son los protagonizados por el gobierno de Venezuela y el govern de Cataluña. En este espacio me he referido ya al primero. Dedicaré las siguientes líneas al segundo.

            Cataluña ha progresado extraordinariamente dentro de España, que ha progresado extraordinariamente dentro de la Unión Europea y ha erigido una democracia ejemplar a partir de la muerte del dictador Francisco Franco. Cataluña goza de un nivel de vida y de seguridad ciudadana envidiables, y de amplia autonomía administrativa. Ante esa realidad, los separatistas han inventado las falacias de los agravios históricos y fiscales, la identidad milenaria, la agresión lingüística, etcétera.

            Y no han tenido escrúpulo alguno para hacer realidad su delirio. Así, el govern encizañó la convivencia entre los catalanes, y el parlamento aprobó, sin la mayoría calificada ni el dictamen del consejo jurídico que exige el estatuto, con dispensa de trámite y sin discusión, las leyes del referéndum y la desconexión. El referéndum se llevó a cabo sin padrón ni autoridades electorales. Hubo quienes votaron hasta en cuatro casillas, urnas que llegaron repletas a los sitios de votación, siete decenas de municipios en los que se contaron más votos que habitantes.

            Aun así, según las inverificables cifras oficiales, la abstención fue de 58%, amplía mayoría. Cientos de miles de catalanes que no se manifestaban en las calles han salido a reclamar la unidad con España. Cerca de dos mil empresas se han marchado. La Unión Europea reitera que no reconoce la independencia. Puigdemont, armado el lío, pió: “Me voy volando”.

            Todo esto, ¿por qué, para qué? Solamente en aras de la obsesión sectaria de los separatistas.

Y si vivo 100 años

Más de un millón de personas lo esperaban en las calles de la Ciudad de México y en el Panteón Jardín no para despedirlo, sino, por el contrario, para jurarle con sus lágrimas y su desconsuelo que no lo olvidarían el resto de sus vidas, que se quedaría por siempre en su corazón.

            Elegido de los dioses, se quedaría joven para siempre, con esa sonrisa en la que se dibujaba el júbilo invencible de estar vivo y ser él mismo, a quien nadie se parecía ni se parecería en la posteridad. Si no hubiera muerto a edad tan temprana quizá la veneración popular no hubiera alcanzado la asombrosa dimensión a la que se elevó. A los 39 años de edad, en la que permanecería eternamente, seguiría siendo el hombre seductor que enfervoriza a mujeres y hombres.

            No es fácil explicar las razones de ese encanto. A 60 años de su muerte, sus películas siguen teniendo un inmenso público y cautivan lo mismo a quienes las ven por vez primera que a quienes las hemos visto muchas veces. Sus discos se han seguido vendiendo, imbatibles ante la irrupción del rock, el pop, los Beatles y todas las modas musicales.

            Sin duda, era un gran actor, pero no todos sus directores aprovecharon ese talento. Fue Ismael Rodríguez el que supo sacarle el mejor provecho. La escena de Ustedes los ricos en la que llora sin contención alguna con su hijito sin vida en los brazos es una de las más conmovedoras de la historia del cine. Esa cinta, junto con las otras de la trilogía, Nosotros los pobres y Pepe el Toro, le abrieron el corazón no sólo de los pobres, sino de todas las clases sociales. Pepe el Toro es un personaje entrañable porque, a pesar de sus aprietos económicos y los golpes bajos que le inflige la fortuna, es alegre, simpático, amoroso, solidario, valiente y soñador. ¿Qué más se puede pedir?

            En La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo es un muchacho que tiene que soportar a un padre arbitrario y maltratador, al que a pesar de todo respeta y quiere. La historia tiene el sabor agridulce de una provincia premoderna que está dejando de existir. Su actuación es inolvidable. En Los tres García, Vuelven los García, A toda máquina, ¿Qué te ha dado esa mujer? y Los tres huastecos, entre otras, interpreta personajes que hacen de cada día una fiesta prodigando alegría, generosidad y picardía. Los espectadores sueñan ser como esos personajes.

            En ¿Qué te ha dado esa mujer?, un diálogo sintetiza su espíritu humanitario. Su amigo le hace ver que la mujer de la que se ha enamorado es una grulla viajera. Él le responde que su enamoramiento se debe precisamente a que se parece a ella: ambos han rodado por la vida como un centavito que no le importa a nadie.

            Su voz no tiene la potencia de, por ejemplo, Jorge Negrete, pero es sabrosísima e infinitamente rica en matices: acaricia a su enamorada, suplica el amor de la rejega, se duele del abandono de la amada, se tambalea en la euforia de una borrachera, sonríe con las canciones festivas, se solidariza con la mujer que lleva su luto vestida de blanco, se entristece por el llanto de la paloma que estremecía al mismo cielo.

            ¿Eso basta para explicar la fascinación que aún provoca a 70 años de su primer papel protagónico no sólo entre los mexicanos, sino en toda Latinoamérica? En México hemos tenido importantes ídolos populares. El Ratón Macías —cuya pelea por el título mundial gallo contra Alphonse Halimi en Los Ángeles fue seguida en vilo por millones en la radio entre rezos de mujeres y veladoras encendidas— y El Santo —quien enfrentó exitosamente al mal encarnado en zombis, momias, licántropos y bellísimas mujeres vampiro encabezadas por la imponente Lorena Velázquez— fueron destinatarios de entusiasta admiración popular.

            Pero ni al Ratón ni al Enmascarado de Plata se les ha rendido un culto semejante, inagotable y arrebatado. El próximo sábado, Pedro Infante cumple 100 años de haber nacido. No creo que quienes abandonan este mundo puedan contemplar desde otro sitio lo que aquí sucede. Pero me deleita pensar en lo contento que estaría Pedro si pudiera ver que la devoción que se le ha guardado está intacta.

            Todo lo que nos hace amar más la vida es de festejarse. Por eso estas líneas celebran esa devota predilección.

Asesinato de un ombudsman

En 27 años de existencia de la institución del ombudsman en México, nunca había sido asesinado el presidente de un organismo público defensor de los derechos humanos. El lunes pasado no sólo se asesinó al presidente de la Comisión de Derechos Humanos de Baja California Sur, Silvestre de la Toba, sino también a su hijo, mientras que su esposa y su hija resultaron gravemente heridas.

            El crimen múltiple es un acto de una crueldad extrema. Si se trató de una represalia contra el defensor de los derechos humanos —por sí sola execrable—, ¿por qué tenía que atentarse también contra sus seres más queridos? No hay palabras para expresar el asco y la amargura que me provoca esa ruindad. Desde luego, es elemental la exigencia de que se detenga a los asesinos y se haga justicia en un lapso breve, pero ni eso ni nada reparará el agravio que se causó no sólo a los habitantes de Baja California Sur, sino a toda la sociedad mexicana.

            El ominoso atentado es un golpe devastador a las condiciones en que las instituciones defensoras de los derechos humanos deben desempeñar su tarea. Hasta hoy, los titulares de esas instituciones y sus equipos de trabajo podían realizar sus funciones con la tranquilidad de que su integridad personal y la de sus allegados se respetaba.

            En mi gestión al frente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal jamás fui amenazado ni recibí señal alguna a la que pudiera atribuirse un propósito intimidatorio, a pesar de que a instancia de nuestra cientos de servidores públicos, algunos de alto nivel, fueron destituidos y/o condenados, incluso, a prisión. El único intento de intimidación fue la apertura de una indagatoria en la Procuraduría de Justicia de Samuel del Villar contra nuestro Primer Visitador, José Antonio Aguilar Valdez, y algunos de sus colaboradores, después de que la Comisión tumbara el burdo teatrito de las falsas acusaciones contra Paola Durante y coacusados por el homicidio del conductor de televisión Paco Stanley.

            Sólo eso. Ninguna agresión física, ninguna intromisión en nuestra vida personal o familiar, ningún otro acto de amedrentamiento. Tan sólo el pataleo histérico de un procurador airado al serle descubierta una maniobra vil que mantenía en prisión a personas inocentes: una indagatoria sin denunciante contra mis compañeros sin que se precisara qué delito se investigaba.

            Represalia o no, el crimen múltiple es apto para producir un efecto intimidante si queda impune como tantos otros homicidios dolosos. En cualquier caso es de enorme importancia atrapar a los autores de un homicidio y ponerlos a disposición de un juez. Un homicidio impune es una ofensa contra la comunidad toda. En el caso que nos ocupa la captura resulta aún más apremiante para evitar o, al menos, atenuar la probable consecuencia intimidatoria. Que los asesinatos de un ombudsman y su hijo y las lesiones graves de su esposa y su hija quedaran impunes sería una de las peores cosas que pueden ocurrir en un Estado que pretende ser un Estado de derecho.

            Lamentablemente, nuestros ministerios públicos son tan ineficaces que solamente en menos de dos de cada diez homicidios dolosos logran consignar a los presuntos responsables, lo que contrasta abismalmente con lo que sucede, por ejemplo, en los países de la Unión Europea, en los que se somete a proceso a nueve de cada diez presuntos homicidas dolosos.

            México ha escalado en el último decenio la tasa de homicidios dolosos y ahora se ha rebasado el récord de 2011. Los homicidios de La Paz son un par más entre los muchos que ocurren diariamente en el país. Pero no, no son sólo dos más. Ya dije que todo homicidio es gravísimo como gravísimo es que cualquiera de ellos quede en la impunidad. Pero los asesinatos de un ombudsman y su hijo, y la tentativa contra su esposa y su hija, erosionan de manera demoledora nuestro Estado de derecho.

            Una vez más: es urgente atrapar a los asesinos. Y, por supuesto, es indispensable que se tomen sin dilación las medidas adecuadas y suficientes para proteger eficazmente a los integrantes de las instituciones públicas y a los de las organizaciones civiles de derechos humanos. Además, es inaplazable la enmienda de las instituciones de seguridad pública y justicia penal.

No salir de la recámara

El reciente sismo ha acaparado nuestra atención, pero hay también otros temas que no debemos pasar por alto. Más que un yerro, fue un descomunal despropósito la declaración de Julio César Romero Reyes, rector de la Universidad de Madero de Puebla, al opinar sobre el repugnante crimen de Mara Castilla, la estudiante de 19 años violada y estrangulada presuntamente por el conductor del taxi que había abordado para regresar a su casa después de una fiesta con sus amigos. Sigue leyendo

Celebrar el infierno

La Revolución Rusa, de cuyo estallido se cumplen 100 años este mes, fue celebrada por poetas, filósofos, académicos, dirigentes y militantes de izquierda. Pablo Neruda, extraordinario poeta, salvo en sus versos de contenido político, llamó en un poema a Joseph Stalin gran padre de los pueblos. Sigue leyendo

Ni el demonio de los celos

La Suprema Corte Argentina determinó que espiar el correo electrónico, el perfil de Facebook o el teléfono celular de la pareja es un delito federal porque el acceso indebido a los datos contenidos en tales dispositivos es una violación a los servicios de telecomunicaciones, que son de interés de la nación. La sentencia se pronunció a propósito del caso de una mujer que denunció a su marido por violar sus contraseñas en las redes sociales y servicios de correo, y hasta copiar los datos de su tarjeta SIM, en busca de pruebas de una infidelidad. Sigue leyendo

El mito de Lutero

Hace 500 años, la última noche del mes de octubre de 1517, Martín Lutero, un monje agustino de 34 años, indignado por la venta de indulgencias —la compra del perdón de los pecados, incluso, para los muertos atorados en el purgatorio— e inconforme con la interpretación que la Iglesia de Roma hacía del cristianismo, clavó en las puertas de la iglesia de Wittenberg las 95 tesis con las cuales, desafiando al Papa, iniciaba el movimiento de la reforma religiosa. Sigue leyendo

Lady Di

20 años después de su muerte, la devoción por la princesa Diana de Gales está intacta. Se le siguen dedicando canciones y poemas, flores y lágrimas. Quizá ninguna otra princesa en la historia haya sido tan querida, tan recordada, tan llorada. Atraía profundamente, pues más allá de su belleza, su elegancia y su porte, tenía encanto. No obstante, la desazón que le provocaba su deplorable relación conyugal, su sonrisa era un arcoíris. Ejercía, también, por decirlo con palabras de nuestro músico-poeta Agustín Lara, el hechizo de la liviandad a tal punto que bailó con John Travolta en una velada ofrecida en la Casa Blanca.

            Diana, como la princesa de Rubén Darío, estaba triste, pero esa tristeza no opacaba su esplendor. A partir de que recuperó su soltería fue mucho más intenso su involucramiento en causas humanitarias. Fue de las primeras figuras en acercarse a los afectados por el virus del sida. Abogó por la erradicación de las minas antipersonas en zonas que ella misma recorrió. Dio su apoyo a hospitales y escuelas, a organizaciones solidarias. Participó en campañas de vacunación de niños africanos. Fue más, mucho más, que una princesa.

            Como a todos los elegidos de los dioses, la muerte se la llevó muy joven. Diana y su novio Dodi Al Fayed salieron del hotel Ritz de París —propiedad del multimillonario egipcio Mohamed Al Fayed, padre de Dodi— poco después de medianoche queriendo escapar de los paparazzi, “esa jauría de perros que la siguió, la persiguió, la acosó, la llamó, la escupió y trató de obtener una reacción airada para conseguir una fotografía”, como los describió Guillermo, hijo de Lady Di.

            El vehículo en el que huían, perseguido por los fotógrafos, no era manejado por un conductor profesional, sino por el número dos de seguridad del hotel, Henri Paul. El coche se estrelló en el pilar 13 del túnel del Puente del Alma. Murieron en el acto Dodi y Paul. Sobrevivió Trevor Rees-Jones, guardaespaldas de Diana, el único que tenía puesto el cinturón de seguridad. A ella, que agonizaba atrapada en el vehículo, los servicios de emergencia tardaron una hora en sacarla para llevarla al hospital. Murió a las 4:05 de la madrugada del 31 de agosto de 1997.

            El juez de instrucción francés que conoció del caso, Hervé Stéphan, concluyó en 1999 que Paul, además de que conducía a alta velocidad, estaba ebrio —con un nivel de alcohol en la sangre de 1.74 gramos por litro, tres veces más de lo permitido para conducir— y bajo el efecto de medicamentos incompatibles con el alcohol, por lo que no estaba en condiciones de mantener el control del vehículo. “No existe ningún elemento que dé crédito a la tesis de que el accidente fue fruto de una conspiración”, concluyó Stéphan.

            Mohamed Al Fayed no aceptó la conclusión. Desde el principio había afirmado que la princesa estaba embarazada de Dodi y el anuncio de su matrimonio era inminente. La familia real “no podía aceptar que un musulmán egipcio pudiera convertirse en padrastro del futuro rey de Inglaterra”.

            Probablemente fue esa gravísima acusación la que motivó que el oficial judicial de la Casa Real británica encargara a Scotland Yard una nueva investigación, la cual duró dos años y costó 3.7 millones de libras. En diciembre de 2006 se dio a conocer el resultado en un informe de 832 páginas. La conclusión fue la misma que la del juez francés: no hay evidencia alguna de que el accidente respondiera a una conspiración. Además, se comprobó que Diana no estaba embarazada.

            Los paparazzi motivaron la huida, pero no causaron la muerte. Las causas ciertas e inmediatas fueron el estado de ebriedad de Henri Paul y la excesiva velocidad a la que conducía la limusina. Tres de los paparazzi fueron condenados al pago de ¡un euro! por violar el derecho a la intimidad al tomar fotografías del accidente.

            Una vida extraordinaria y una muerte absurda. ¿Por qué Diana tenía que huir exponiendo su vida si ya se sabía de su noviazgo con Dodi y los paparazzi ya los habían descubierto y fotografiado? ¿Por qué eligió o aceptó como conductor a un hombre ebrio? ¿Por qué, por mucho que ansiara que los paparazzi la perdieran de vista, permitió que el borracho condujera a velocidad vertiginosa y no usó el cinturón de seguridad?

Dreamers

Lo ha dicho inmejorablemente Barack Obama: es una cuestión de decencia básica. “Se trata —puntualizó el expresidente— de si somos gente que golpea a jóvenes, esperanza de Estados Unidos, o si los tratamos como queremos que nuestros propios hijos sean tratados. Se trata de quiénes somos como seres humanos y quiénes queremos ser”.

            La bofetada ética no podía ser más contundente. Los dreamers viven en aquel país sin tener culpa alguna de su residencia. Niños aún, sus padres los llevaron consigo escapando de la dura realidad de sus propios países, flagelados por la inseguridad, los ingresos insuficientes, la falta de horizontes promisorios. No tiene sentido expulsarlos. No han hecho ningún daño a nadie. Han sido respetuosos de los estadunidenses y de las leyes de su país de acogida.

            Crecieron en Estados Unidos. Son niños que estudian en las escuelas de ese país, jóvenes adultos que están empezando carreras. Son estadunidenses ––defiende Obama–– en sus corazones, en sus mentes, de todas las formas, menos en el papel. Algunos no supieron durante mucho tiempo que eran indocumentados. Se enteraron al aplicar a un trabajo, a una universidad, a una licencia de conducir. Sus padres les contaron entonces la historia del éxodo. No se imaginaron que su origen les acarrearía el riesgo de ser corridos del país en que han discurrido sus vidas.

            Echarlos no reduciría la tasa de desempleo, no aligeraría los impuestos de nadie, no aumentaría ningún salario. No hay un imperativo legal de hacerlo. Tanto presidentes del Partido Demócrata como del Partido Republicano les han permitido permanecer con base en el principio legal de la discrecionalidad del fiscal. Obama quiso darles cierta seguridad jurídica con el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, siglas en inglés), anunciado el 15 de junio de 2012.

            Los requisitos establecidos para adscribirse a ese programa fueron: ser menor de 31 años en esa fecha; haber llegado a Estados Unidos antes de los 16 años; haber residido en el país, por lo menos, desde el 15 de junio de 2007; estar estudiando o contar con certificado de secundaria o de desarrollo de educación general, o ser veterano con licenciamiento honorable de la Guardia Costera o de las Fuerzas Armadas; no ser convicto de delito grave ni de tres o más delitos menores ni representar una amenaza para la seguridad nacional o la seguridad pública.

            “Lo que nos hace estadunidenses —ha dicho Obama— no reside en el origen de nuestros nombres ni en la manera en que rezamos, sino en nuestra fidelidad a un conjunto de ideales; que todos fuimos creados iguales; que todos merecemos la oportunidad de hacer de nuestras vidas lo que queramos hacer; que todos compartimos la obligación de levantarnos, hablar y asegurar nuestros valores más preciados para la próxima generación”.

            El Congreso tiene la última palabra. En su decisión está la suerte de aproximadamente 800 mil dreamers, de los cuales 80% son de origen mexicano. La policía los tiene perfectamente localizados. No sería difícil ir por ellos para expatriarlos. Pero los apoyan varios gobernadores, Mark Zuckerberg —creador de Facebook—, Apple y otros titanes de la tecnología. Encendamos nuestras veladoras interiores —las únicas verdaderamente eficaces— para que el Congreso impida el triunfo de la indecencia.

            Los dreamers de origen mexicano son la generación más preparada de la historia de México. A diferencia de los jornaleros que emigraron en la década de los noventa del siglo pasado, el 98 % es bilingüe; el 70% tiene estudios superiores; el 91%, trabajo fijo.

            Si se les deporta, más allá del respaldo retórico —los recibiremos con los brazos abiertos—, lo cierto es que, como advierte Eunice Rendón (Agenda Migrante), las medidas anunciadas —afiliación al seguro popular e inscripción a la bolsa de trabajo de la Secretaría del Trabajo— son claramente insuficientes para integrarlos decorosamente, incluyéndolos en el mercado laboral, aprovechando sus capacidades y haciéndolos sentir parte de México. Ni siquiera lo hemos logrado con muchos de los jóvenes adultos que no han dejado de residir en nuestro país. ¡Que no se nos apaguen ni un instante las veladoras!

Golpes en la vida

Una ironía insospechada del azar: precisamente en el aniversario del sismo más devastador sufrido por nuestro país, otro, también terriblemente dañino, volvió a estremecernos (en más de un sentido). Como apunta Rafael Pérez Gay: “El destino juega a los dados con nuestras vidas”.

            Al escribir estas líneas se han registrado, entre la Ciudad de México y los estados de Puebla y Morelos, más de 200 muertes. Las más tristes son las de los niños del colegio Enrique Rébsamen, que se vino abajo mientras estaban en clases.

            ¿Cómo describir la rabia y la impotencia, el pesar profundo, ante el hecho de que unos pequeños mueran sepultados por las piedras mientras sus padres se aferraban a la irrenunciable esperanza de lo improbable? César Vallejo escribió:

            Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡yo no sé!

            Golpes como del odio de Dios…

            Así como algunos aseguran que el furioso movimiento de la tierra es un castigo divino, otros culpan a la maldad del gobierno de la catástrofe. Lo cierto es que las autoridades, las federales, las capitalinas y las estatales, han reaccionado como era debido: con prontitud y eficacia (hasta donde ésta es posible).

            Ese es su deber en todo caso, sin duda, pero es mezquino no reconocer que lo han estado cumpliendo bien, acertada y diligentemente, a la altura de las infaustas circunstancias.

            Ante la descomunal tragedia, en la Ciudad de México miles de personas, mujeres y hombres de todas las edades y condiciones sociales, se han afanado en ayudar a las víctimas, unas queriendo colaborar en el rescate de los atrapados entre los derribos, otras haciendo donaciones en dinero o en especie —se han acopiado toneladas de víveres— y otras más brindando hospitalidad a quienes perdieron sus casas o las dejaron por temor o por los daños que presentan.

            En estas desgracias colectivas hay quienes se dedican a los asaltos, a la rapiña o a la especulación miserable. Aprovechan el mal ajeno, agrandándolo, para medrar. Les es aplicable la sentencia del filósofo austriaco Karl Kraus: “El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres”. Y también la del poeta argentino José Pedroni: “Los malos no son otra cosa que inválidos de espíritu”.

            Pero también hay quienes, en mucha mayor cantidad que los anteriores, sacan del baúl del alma lo mejor de su humana índole —la que está trenzada, según nos enseñó William Shakespeare, con la misma materia con la que se trenzan los sueños— y hacen gala de virtudes que engrandecen a quien las practica: la generosidad, la compasión y el coraje.

            La generosidad es la disposición de ayudar a los demás en sus problemas o necesidades sin esperar nada a cambio de ello. “Ser generoso —sostiene el profesor francés André Comte-Sponville— es estar liberado de uno mismo, de las bajas cobardías, las ridículas posesiones, las pequeñas cóleras y las miserables envidias”.

            La compasión nos hace ponernos en el lugar del que está sufriendo para comprenderlo y auxiliarlo. Comte-Sponville recomienda no confundirla con la piedad, que se siente de arriba abajo porque realmente es lástima. “Por el contrario, la compasión es un sentimiento horizontal: sólo tiene sentido entre iguales, o más bien, y mejor, realiza esa igualdad entre quien sufre y el que, a su lado y en un mismo plano, comparte su sufrimiento”.

            El coraje, explica Fernando Savater, es una palabra que proviene de una voz latina que significa corazón y “consiste precisamente en tener un corazón grande y fuerte”, es decir, capaz de impetuosa decisión y ánimo firme. Se necesita coraje para hacer frente a los infortunios sin dejarse vencer apriorísticamente por la resignación o la superchería de que no podemos incidir en el curso de los acontecimientos.

            Para ejercer tales virtudes es preciso estar imbuido de amor al género humano y de amor a sí mismo —sin el segundo, el primero es sencillamente impensable—, pues quienes actúan honrándolas lo hacen por su convicción profunda, su temple, su pasión.

            No podemos evitar lo inevitable, los sucesos fatales y azarosos —los golpes de la naturaleza, por ejemplo—, pero sí enfrentarlos con nobleza y determinación.

Extraña simpatía

Me aterra que en mi país haya simpatizantes del régimen de Nicolás Maduro, no sólo entre organizaciones sociales que han dado muestras claras de sus posturas antidemocráticas y su proclividad a la corrupción, en partidos como el Partido del Trabajo y Morena, y en el diario La Jornada, sino también entre académicos universitarios Sigue leyendo

Los que no merecen vivir

En este mismo espacio manifesté perplejidad y espanto ante el hecho de que en México un régimen tan deplorable como el venezolano cuente con simpatizantes incluso entre académicos universitarios. Son tan graves las desgracias que ese gobierno ha causado a Venezuela que parece que su propósito es conseguir que el país se desmorone. Sigue leyendo

Alcahuetería

Lo peor de las religiones es el daño que han hecho a quienes no comulgan con sus dogmas. La religión no siempre es el conjunto de creencias acerca de la divinidad. También son religiosas las doctrinas sociales que se someten a la servidumbre de las ideologías. La fe en Dios no se hace cargo de sucesos constatables, pues no está basada en evidencias, sino en la intuición de algo que nadie ha visto. Sigue leyendo

Matar

Matar. Qué sencillo resulta destruir una vida humana, única e irrepetible, producto de un azar milagroso que en el momento de la concepción venció a la nada y posteriormente fue derrotando las acechanzas que en todo momento nos acosan a los seres humanos, tan frágiles, tan vulnerables, tan mortales. Sigue leyendo

El fanático

La primera condición para ser un fanático es pertenecer al conjunto de seres humanos a los que podemos caracterizar como creyentes. Éstos no se aventuran en los laberintos de las disquisiciones y las dubitaciones. A diferencia de los pensantes ––aficionados a razonar, escuchar a los que piensan distinto, examinar los argumentos, dudar de sus certezas y llegar a conclusiones basadas en las evidencias y el análisis lógico––, los creyentes tienen algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado. Y de ahí no quieren moverse.

            Desde luego, se puede ser un creyente razonable. El fanático no lo es. Lo que caracteriza al fanatismo es el apasionamiento y la tenacidad desmedida en la defensa de sus creencias, especialmente las religiosas o las políticas. El fanático se casa indisolublemente con su credo y, por tanto, no quiere saber de razonamientos que lo pongan en entredicho. La duda le resulta inadmisible y, por tanto, cierra los ojos ante la ridiculez de una certeza sin fisuras.

            Por supuesto, no todo el que defiende apasionadamente una convicción es un fanático. Don Quijote está convencido de que Dulcinea del Toboso es la mujer más hermosa del mundo y está dispuesto a morir defendiendo esa convicción, pero en modo alguno es un fanático. El Caballero de la Triste Figura es un idealista soñador que no persigue a nadie. Por el contrario, se afana en ayudar a todos cuantos lo necesiten Su deseo es desfacer tuertos. El fanático juzga con animadversión, y llega a perseguir, a quienes no aceptan sus verdades indiscutibles.

            El fanático está seguro de que no hay nada en el  mundo que merezca ser defendido con tanto celo como sus creencias. Para él, las leyes son respetables solamente si concuerdan con sus certidumbres. El aura que lo ilumina está por encima de las normas jurídicas. Su misión es hacer triunfar su fe y para lograrlo no puede detenerse ante pequeñeces tales como el acatamiento a esas normas.

            El fanático carece de argumentos. A las objeciones para las cuales no tiene respuestas sensatas, contesta haciendo parecer como sospechosos los motivos por los que se le objeta. Sin argumentos e incapaz de comprender los que refutan sus prejuicios, no tiene otra defensa que imputar intenciones oscuras a quien lo rebate. La contradicción lo irrita en lugar en inclinarlo a reflexionar.

             El fanático es incapaz de reírse de sí mismo, de no tomarse demasiado en serio. Carece de sentido del humor porque siente que tiene una misión en la tierra de la que la risa no debe distraerlo. No tiene la aptitud para disfrutar plenamente de la fiesta de la vida porque se siente obligado a ser el comisario de las acciones de su pareja, sus hijos, sus vecinos, sus amigos y sus compañeros, y, por tanto, su actitud es de constante recelo.

            El fanático está poseído por la curiosa idea de que sus creencias y las conductas que se siguen de ellas no son solamente un derecho propio sino que obligan a todos los demás. Como advirtió Voltaire, se les ha visto “lanzarse sobre su vecino por el honor de la fe, gritando: ‘¡Muere, impío, o piensa como yo!’”.

            “Chesterton dijo que loco es quien lo ha perdido todo, absolutamente todo, menos la razón. Los fanáticos lo han perdido todo, absolutamente todo, menos su dogma religioso, o nacionalista o el que fuera. “Yo creo que lo peor de las religiones son quienes creen absolutamente en ellas y las utilizan como justificación para castigar al prójimo”: Fernando Savater.

            El fanático se obsesiona por hacer triunfar su catecismo sin importarle que lograrlo implique el sufrimiento de sus semejantes. Más aún: no considera sus semejantes a quienes no lo comparten. No le merecen consideración quienes no comulgan incondicionalmente con su dogmatismo. En el poder es terriblemente dañino con los que no son sus incondicionales. Su lema parece ser: “Triunfe mi credo aunque se hunda el mundo”. En nombre de una religión, un partido, una clase social, la nación o el pueblo, persigue con saña a quienes se oponen a su doctrina e incluso a quienes disienten de ésta. Si se dan las condiciones propicias, no se tienta el corazón para asesinar a los opositores, a los infieles o a los disidentes. Ω

Derechos humanos

Creo, con Fernando Savater, que los derechos humanos “no provienen tanto de las promesas de la luz como del espanto de las sombras, no pretenden conseguir inauditos bienes imaginados, sino evitar males conocidos”.

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Paraísos socialistas

Muchos jóvenes de mi generación creímos que el socialismo era la gran esperanza de la humanidad: un sistema que no sólo terminaría con la pobreza y la desigualdad social, sino que, además, emanciparía a los ciudadanos de la alienación que les imponía el capitalismo, dando lugar al hombre nuevo. Sigue leyendo

¿La violencia o la Ilustración?

Los derechos humanos no han existido desde siempre. No obstante que el titular de ese derecho, el ser humano, el viejo homo sapiens, apareció en la tierra hace muchos miles de años, los derechos humanos datan apenas de hace menos de dos centurias y media, tanto en su formulación teórica como en su consagración en las leyes. Sigue leyendo

Las Chivas

Fue la superación de lo que parecía imposible. El Guadalajara estaba increíblemente ubicado en penúltimo lugar de la porcentual. El fantasma del descenso acechaba.

            Los demás equipos fueron favorecidos con una insólita reforma estatutaria que les permitió alinear hasta diez extranjeros por partido. Las Chivas no podían hacerlo: la razón de la magia inagotable del Rebaño Sagrado está por sobre todas las cosas —más aun que en la evocación de la epopeya de hace más de medio siglo cuando ganó cuatro campeonatos consecutivamente y seis de siete— en que en sus más de 100 años de historia ha jugado exclusivamente con jugadores mexicanos. Esa tradición entrañable no se puede traicionar.

            Así, un cuadro formado sólo con nacionales, que sentía ya muy cerca las llamas del infierno, enfrentaba, sigue enfrentando, el desafío de competir con escuadras formadas casi por completo por estrellas de otros países: una desventaja descomunal. Y jugaba mal. Llegaban uno tras otro diversos directores técnicos y todos fracasaban. Ver los juegos del Guadalajara era un tormento para sus seguidores.

            Entonces arribó Matías Almeyda, exjugador argentino muy destacado y querido. Dijo que no se trataba únicamente de salvar al Rebaño del descenso, sino de revivir su grandeza. Almeyda sabía lo que era escapar del hades: venció al alcoholismo al que lo había arrastrado la nostalgia por los estadios tras retirarse de las canchas, y condujo como director técnico al River Plate —su antiguo equipo, que había bajado a la segunda división— de regreso a la división mayor.

            No se sabe cómo lo consiguió, pero, no obstante el peso abrumador de las circunstancias, Almeyda devolvió a las Chivas la moral alta, la esperanza en sus propias posibilidades. Les mostró que eran capaces de la abolición de lo irremediable, les insufló la vocación de triunfo, les hizo recordar el pasado glorioso del Guadalajara legendario.

            El Rebaño empezó a ganar, clasificó a las liguillas, ganó dos torneos de copa, pero faltaba el máximo trofeo, el de liga, que no conquistaba desde hacía 11 años. A pesar de que en este último campeonato la mala fortuna se ensañó con las Chivas, pues por lesiones nunca pudieron contar con todos sus jugadores, de nuevo obtuvieron boleto a la fiesta grande, a la que llegaron con medio equipo malherido y lejos de su mejor nivel: en sus más recientes partidos se les habían negado la victoria e incluso el gol.

            En la liguilla, el Guadalajara eliminó al Atlas y al Toluca, y así llegó a la final ante el campeón, los poderosos Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, a los que todo el mundo hacía favoritos porque las cifras eran elocuentes: en los últimos nueve juegos habían anotado 25 goles en tanto que las Chivas sólo cinco; los Tigres ganaron todos esos partidos mientras que el Rebaño había olvidado desde hacía varias jornadas lo que era el triunfo.

            Pero el Guadalajara jugó los dos partidos de la final con talento, temple y, sobre todo, coraje, virtud que en ocasiones memorables posibilita lo que a priori parecía inalcanzable. Las Chivas ponían toda el alma en cada jugada. Estaban encendidas por un fuego interior que las impulsaba a afrontar las peripecias del juego con el fulgor imbatible de la determinación. Fueron muy superiores a su rival, aunque el triunfo estuvo impregnado de dramática incertidumbre: pendió de un hilo hasta el último segundo. Eso lo hizo más gozoso.

            El duodécimo campeonato del Rebaño, tras la insoportablemente larga sequía, no es sólo, ni principalmente, una victoria deportiva: es, sobre todo, una proeza espiritual, la consecución de lo improbable, la reafirmación del mito en que el Guadalajara se convirtió desde hace más de medio siglo, reafirmación especialmente significativa en estos tiempos en los que está de moda la obsesión por desmitificar, estúpido afán de rebajamiento de lo más maravilloso de nuestros sueños, los que nos impulsan a desplegar lo más inaudito de nuestras potencialidades. Los partidarios más viejos de las Chivas temíamos que ya no tendríamos el júbilo de otro campeonato. El domingo nos reconciliamos con los dioses.

Pisotear gusanos

No he militado jamás en algún partido político ni me entusiasma ninguno de los partidos mexicanos. Obsesionados por alcanzar o mantener el poder, no parece importarles, más que en el discurso, la suerte del país, sus problemas más ingentes. Todos están dispuestos a vender su alma al diablo, ya no digamos por la Presidencia o una gubernatura, sino aun por una triste alcaldía.

            No, ninguno de los partidos políticos del país me encandila, pero hay uno que me aterra. Sus líderes admiran a uno de los gobiernos más represivos, corruptos, sectarios y crueles que ha padecido América Latina (¡y vaya que los países latinoamericanos han sufrido gobiernos represivos, corruptos, sectarios y crueles!).

            Me resulta muy difícil comprender —por no decir que me resulta incomprensible— que ciertos regímenes y ciertos dirigentes políticos tengan admiradores entre gente que se dice progresista. Pero los han tenido a lo largo de la historia.

            Muy joven, aún sin haberme graduado de la licenciatura, fui profesor en el plantel Vallejo del entonces flamante Colegio de Ciencias y Humanidades. Había profesores que admiraban a Mao y a Stalin, ya no digamos a Fidel Castro, no obstante el sufrimiento que cada uno de ellos había causado a sus gobernados.

            Mao y Stalin son responsables de millones de muertes, por ejecuciones o por hambre, y de la devastación de millones más de vidas por encarcelamientos o marginaciones sociales, cuyo único motivo fue la disidencia. No obstante, la más guapa de las profesoras del Departamento de Derecho de la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana, donde fui docente más tarde, me insistía en que asistiera a las lecciones dominicales (¡como ir a misa!) que impartía su pareja sobre maoísmo: ¡el catecismo de El libro rojo! Hoy mismo Maduro cuenta con admiradores entre los académicos de la UNAM. Incomprensible, pero cierto.

            Pero volvamos al partido mexicano que idolatra al régimen chavista. “Y no es nuevo el inmoral amorío de Morena —su dueño, gerentes y candidatos— con la dictadura de Maduro; no es novedad que esa izquierda guarde silencio cómplice frente a la represión y los crímenes de Maduro”, escribió Ricardo Alemán (Milenio, 4 de junio). El silencio no es sólo de Morena, sino de toda la izquierda partidaria mexicana, fiel a sus dogmas y sus prejuicios antediluvianos, inconmovibles a pesar de la caída del muro de Berlín.

            Pero la actitud de Morena no ha sido únicamente el mutismo. La embajada de Venezuela en México publicó una foto de la embajadora María Lourdes Urbaneja con la bandera de esa agrupación al fondo y un texto: “Celebramos el acompañamiento del partido Morena, su solidaridad y apoyo irrestricto a la Revolución Bolivariana”.

            Solidaridad y apoyo ilimitado (eso quiere decir irrestricto) a un régimen que ha sumido en la ruina a uno de los países más ricos del continente, en el que hay carencia de alimentos y medicinas, y que padece la más alta inflación del mundo, decenas de presos de conciencia, bandas paramilitares que asesinan impunemente a manifestantes, avasallamiento del poder judicial y servilismo del defensor del pueblo. Un régimen que, además, como todas las dictaduras, considera a los opositores no como adversarios políticos sino como traidores a la patria.

            El seguro candidato de Morena a la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador —con posibilidad de ganar la elección—, considera que todo el que no lo apoye está con la mafia en el poder. En referencia a los dirigentes del PRD que no aceptaron abandonar su campaña en el Estado de México para apoyar a la candidata de Morena, amenazó: “Quien quiera ser libre como águila, que vuele alto; quien quiera arrastrarse como gusano, nomás que cuando lo pisen no chille”.

            Sergio Sarmiento comprendió lo ominoso de la declaración: “Insultar y despreciar a quienes no piensan como él, incluso a quienes han sido sus compañeros durante años, no augura nada bueno para un gobierno de López Obrador” (Reforma, 25 de mayo). No, nada bueno augura un potencial gobernante que admira al chavismo y ve a quienes no son sus incondicionales, tal como han visto a sus opositores Chávez y Maduro, como gusanos a los que hay que pisotear.

Un hombre que dice no

“Todo gesto de coraje —dice Albert Camus— es el gesto de rebeldía de un hombre que dice no”. Coraje es una palabra que proviene del vocablo latino corazón, y significa precisamente —puntualiza Fernando Savater— “tener un corazón grande y fuerte”.

            En la templada noche veraniega, después de haber estado patinando junto al Tate Modern, Ignacio Echeverría y sus amigos Guillermo y Javier pedaleaban sus bicicletas buscando un lugar donde cenar. La escena que vieron los hizo frenar intempestivamente: un hombre estaba golpeando con ferocidad a un policía desarmado. El casco del agente había caído sobre su cara mientras recibía los puñetazos. Pero en realidad eran puñaladas.

            Cuando el policía quedó inmóvil el agresor se lanzó contra una mujer. Era evidente que se trataba de un tipo peligroso si había dejado fuera de combate al agente. No obstante, al ver a la mujer agredida, Ignacio intervino: bajó de la bicicleta y golpeó con su patineta al atacante. Su coraje —su corazón grande y fuerte— no se arredró ante el riesgo.

            Varios viandantes se pusieron a salvo en esos momentos. Segundos después otro de los yihadistas apuñaló por la espalda a Ignacio, quien no sabía que el atacante al que enfrentaba era parte de un trío de terroristas.

            Sus dos amigos quizás estuvieron tentados a defenderlo. Cada uno traía consigo una patineta. Pero se percataron de que los terroristas estaban armados con cuchillos y optaron por escapar corriendo. Era la reacción natural conminada por el instinto de conservación. Cualquiera que se quedara en ese sitio era una víctima potencial.

            Seguramente al alejarse sintieron alivio, pero es probable que también, además de alivio, hayan sentido vergüenza. No sé qué pasó por su cabeza. Tal vez una parte de su corazón hubiera deseado no huir, seguir el ejemplo del amigo. Pero la fría razón les consolaba: habían obrado con prudencia, no se puede encarar con una patineta a asesinos provistos de armas punzocortantes.

            No cualquiera puede ser héroe. El héroe actúa con un valor que sobrepasa toda expectativa. Es un personaje que parece irreal y nos hipnotiza, como el príncipe de los cuentos de hadas que por rescatar a su amada enfrenta sólo con su espada al dragón que escupiendo fuego impide llegar a ella.

            Imagino la escena con inevitable escalofrío: Ignacio baja de la bicicleta para defender a una mujer. A una mujer que no es su mujer, ni su madre, ni su hija, ni su hermana, ni su maestra más admirada, ni su amiga más querida. A una mujer que no conoce, pero de quien sabe que está en grave peligro.

            No hay tiempo, previamente a esa conducta, de deliberación ni de cálculo de las posibilidades de éxito en la defensa. La demás gente huye del lugar para ponerse a salvo. Ignacio enfrenta al agresor armado sólo con su patineta y su corazón grande y fuerte.

            Tiene 39 años, un empleo envidiable; vive en Londres, una ciudad fascinante; habla cuatro idiomas, es tímido y reservado, pero alegre; es sensible, generoso y sonriente, disfruta la vida, quiere seguir disfrutándola, por supuesto. Esa noche se había relajado patinando y se disponía a disfrutar de una buena cena. La vida le sonreía.

            Al ver que la mujer está en un terrible apuro, su buena índole le hace reaccionar defendiéndola. Repito: no tuvo tiempo de someter su resolución a deliberación o cálculo previos. Reaccionó impulsado por el coraje, es decir —de nuevo Camus— por el gesto de rebeldía de un hombre que dice no.

            El gesto de Ignacio es como el gesto de Teseo desafiando al Minotauro o el de Perseo retando a las gorgonas. Es un gesto trágico, inaudito. Es el gesto de un héroe.

            Es muy probable que al plantarse frente al terrorista estuviera muerto de miedo —como sus dos amigos, como toda la gente que corrió para ponerse a salvo—, pero también estaba más vivo que nunca, respondiendo a lo que el corazón le dictaba.

            Si yo hubiera estado allí, me habría gustado actuar como Ignacio, pero sin haber muerto: quedar vivo para recordar ese episodio como una alucinación y, sobre todo, porque vivir me parece maravilloso. Sí, me habría encantado actuar como Ignacio, pero no puedo asegurar que me hubiera atrevido. En un instante así actuamos como el corazón nos lo susurra al oído

Jauría

Dejaron sus hogares, sus ocupaciones, la telenovela cotidiana. Acudieron al llamado de las redes sociales. Había que darle un escarmiento al ruso que en esas mismas redes hacía mofa y escarnio de los mexicanos —en especial de los nativos de Cancún, donde vivía— y manifestaba su afición por la violencia y su aberrante ideología nazi.

            Algunos llevaron a sus niños y en el sitio de la concentración, frente a la casa del ruso, los cargaron en brazos para que pudieran presenciar lo que iba a ocurrir. Asistieron mujeres y hombres de diferentes edades, muchas decenas, quizá un centenar o aún más.

            Una versión señala que una patrulla que se encontraba en el lugar se retiró cuando empezó a congregarse la gente, con lo cual la misión a la que se convocaba podía cumplirse con toda tranquilidad, sin estorbo alguno, sin obstáculos.

            A gritos se invitaba a los reunidos a romperle la madre al ruso, a degollarlo, a no dejarlo escapar. El infeliz se había atrevido a expresarse reiteradamente con desprecio de los habitantes de la ciudad y del país. Ese agravio no podía quedar sin venganza.

            Como el público de un partido de futbol en el que estuviera jugando la Selección Mexicana, la multitud coreaba: “¡México, México, México!”, para dejar en claro que actuaba en defensa del honor de la patria, en defensa del respeto que merecen los mexicanos.

            “¡Traigan gasolina! ¡Vamos a quemar la casa!”, se escucha la arenga salir de la turba. “¡Cuidado! ¡Tiene armas!”, se oye una voz de alerta. Se repiten las voces de que no hay que permitir que escape el pinche ruso hijo de su puta madre. En los rostros de los congregados no se observa angustia ante lo que pueda suceder. No se escucha un solo grito que llame a la prudencia, que invite a retirarse o a dirigirse a alguna autoridad.

            La imagen parece congelada. La gente frente a la casa no tiene prisa. Nadie quiere dejar de ser partícipe, o al menos testigo, de lo que va a pasar. Es un momento dramático y, sobre todo, extraño como una pesadilla: ¿unos insultos fueron suficientes para detonar lo que ahora está ocurriendo, una masa de habitantes, mexicanos al grito de guerra, que están allí sin que ningún clic de conciencia parezca capaz de disuadirlos?

            Los asaltantes han abierto a palos y machetazos un boquete por el que se puede ingresar a la casa. Un grupo entra por el ruso. Éste los recibe blandiendo un cuchillo con el que lesiona letalmente a uno de los invasores.

            Los ánimos se encienden aún más. “¡La verga! ¡Ya te cargó la verga, hijo de tu puta madre! ¡Vamos a decapitarlo! ¡A quemarlo!” son los gritos bélicos que inducen al asalto final. Se ondean banderas de México.

            El ruso intenta escapar por el tejado de una casa vecina. Recibe una lluvia de pedradas que lo hace caer. Está malherido. La turba parece excitarse con ese éxito parcial. Quizá, alguno pensó en ese momento que las armas nacionales —en este caso, palos y machetes— estaban a punto de volver a cubrirse de gloria.

            El ruso es apaleado. Recibe palos en la cabeza, en los brazos, en la espalda. Está bañado en sangre. Varios teléfonos móviles están grabando lo que sucede. Los gritos de vuelven aullidos: “¡Mátenlo, mátenlo! ¡Láncenlo al suelo!” El episodio dura una eternidad.

            El ruso ha resistido tantos golpes que hace recordar la resistencia de Rasputín. Pero, finalmente, ha quedado tirado en un charco de sangre. Hasta entonces llega —¿vuelve?— la policía, que evita que Aleksei Viktorovich Makeev sea rematado hasta la muerte.

            Makeev había estado internado en su país en un hospital siquiátrico. Ahora, se encuentra preso en Chetumal, no obstante, que parece claro que las cuchilladas que asestó a uno de los atacantes fueron inferidas en legítima defensa.

            Todo linchamiento es un acto de barbarie. Se puede comprender —lo que es distinto a justificar— los que se ejecutan, por ejemplo, contra el asesino despiadado, el violador de una niña, el secuestrador que mutila a sus víctimas. Nada similar precedió este. Los justicieros decidieron que ese hombre no merecía habitar la tierra. Por castigar a un orate de quien no se sabe que haya matado, violado, secuestrado o mutilado a nadie, se hicieron criminales de la peor calaña. Eso sí, con espíritu nacionalista.

De pena y de náusea

Lo novedoso era que se sometía a los cautivos a un juicio en el que los plagiarios eran a la vez, inquisitorialmente, acusadores y jueces. Se acusaba al plagiado de su riqueza, se le preguntaba a cuánto ascendía, cómo la había logrado. Ser rico era el crimen. Diego Fernández de Cevallos, Mónica Jurado (exnuera de Marta Sahagún) y Eduardo García Valseca fueron algunas de las víctimas. Los secuestradores formaban una pareja con intensa vida social: convivían con empresarios, pintores, aficionados al futbol, padres de familia y sanadores del alma.

            Algunos de quienes los trataron los describen como seres espirituales, seguidores de las enseñanzas y las terapias de sanación y paz interna. A sus víctimas les daban a leer El hombre en busca de sentido, el conmovedor libro de Viktor Emil Frankl, escrito a partir de su experiencia en campos de concentración nazis. En 2014 ella pasó un mes realizando labores humanitarias en África.

            El pasado 30 de mayo, un hombre pidió a un taxista que llevara un paquete a un restaurante situado a unos 20 minutos de la zona urbana. A pesar de la corta distancia, le pagó 500 pesos. Al taxista le pareció extraño el monto y notó con inquietud que lo seguía una camioneta. Telefoneó a emergencias, de donde se le pidió que se encontrara con la policía municipal en la gasolinería de la calzada La Estación. Al ver a la policía, el conductor de la camioneta quiso huir, pero se le dio alcance. Mientras tanto, en la gasolinería se destapaba el paquete: había un dedo, cartas en inglés y francés y una fotografía, todo dirigido al esposo de una mujer franco-estadunidense secuestrada un mes antes.

            El conductor de la camioneta ya se encuentra preso en Guanajuato. Es uno de tales seres espirituales. Residía en San Miguel de Allende con un nombre falso. El verdadero es Raúl Escobar Poblete, El Comandante Emilio, exguerrillero chileno, integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, prófugo de la justicia  por asesinar en 1991 a un senador. Su mujer, la también chilena Marcela Mardones, igualmente perseguida por ese asesinato, regresó a su país al enterarse de la detención de Escobar y allí se le detuvo.

            El Frente Patriótico Manuel Rodríguez se solidarizó con los detenidos y advirtió que la derecha chilena aprovecharía las detenciones para opacar los escándalos de corrupción y la pérdida de toda ética política. ¿Qué tal? La pareja detenida juzgaba a los secuestrados por su riqueza, pero se apropiaba de una parte de ésta; les preguntaba cómo la habían obtenido, pero obtenía la propia con uno de los crímenes más repugnantes. Por lo visto, al Frente Patriótico Manuel Rodríguez los secuestros realizados exclusivamente para enriquecerse no le parecen contrarios a la ética.

            La izquierda partidocrática mexicana también está lejos de ser admirable. Para apoyar o soslayar los peores atropellos, las brutalidades criminales de un gobierno —incluso de las más atroces dictaduras—, le basta que éste se ponga la etiqueta de socialista o anuncie su enemistad con el imperialismo yanqui.

            El senador Manuel Bartlett, del grupo parlamentario PT-Morena —¡al que la misma izquierda señaló como perpetrador de fraude electoral en 1988!—, se opone a la condena diplomática al gobierno venezolano invocando la barrera mítica de la soberanía nacional, que es en realidad la soberanía del tirano.

            El PRD guarda cobarde silencio, no obstante que en Venezuela el porcentaje de pobres se ha duplicado durante el chavismo, escasean alimentos y medicinas, hay decenas de presos de conciencia, se ha asesinado impunemente a más de 80 manifestantes en las semanas recientes, la fiscal general está sometida a procedimiento de destitución por no haber sido lo suficientemente incondicional y Maduro amenaza que si no es con votos, se sostendrá en el poder con las armas.

            Esa izquierda da pena y náusea.

En el nombre del hijo

Qué angustioso para el hijo y qué estremecedor para el padre el desesperado reproche filial acompañado de la súplica que se aferra a una última esperanza en la que no se cree pero no quiere abandonarse. Porque lo que está en juego en ese reclamo es el amor y el respeto hacia el antiguo héroe de la infancia, del que se espera nada menos que lo mejor. Sigue leyendo