Lady Di

20 años después de su muerte, la devoción por la princesa Diana de Gales está intacta. Se le siguen dedicando canciones y poemas, flores y lágrimas. Quizá ninguna otra princesa en la historia haya sido tan querida, tan recordada, tan llorada. Atraía profundamente, pues más allá de su belleza, su elegancia y su porte, tenía encanto. No obstante, la desazón que le provocaba su deplorable relación conyugal, su sonrisa era un arcoíris. Ejercía, también, por decirlo con palabras de nuestro músico-poeta Agustín Lara, el hechizo de la liviandad a tal punto que bailó con John Travolta en una velada ofrecida en la Casa Blanca.

            Diana, como la princesa de Rubén Darío, estaba triste, pero esa tristeza no opacaba su esplendor. A partir de que recuperó su soltería fue mucho más intenso su involucramiento en causas humanitarias. Fue de las primeras figuras en acercarse a los afectados por el virus del sida. Abogó por la erradicación de las minas antipersonas en zonas que ella misma recorrió. Dio su apoyo a hospitales y escuelas, a organizaciones solidarias. Participó en campañas de vacunación de niños africanos. Fue más, mucho más, que una princesa.

            Como a todos los elegidos de los dioses, la muerte se la llevó muy joven. Diana y su novio Dodi Al Fayed salieron del hotel Ritz de París —propiedad del multimillonario egipcio Mohamed Al Fayed, padre de Dodi— poco después de medianoche queriendo escapar de los paparazzi, “esa jauría de perros que la siguió, la persiguió, la acosó, la llamó, la escupió y trató de obtener una reacción airada para conseguir una fotografía”, como los describió Guillermo, hijo de Lady Di.

            El vehículo en el que huían, perseguido por los fotógrafos, no era manejado por un conductor profesional, sino por el número dos de seguridad del hotel, Henri Paul. El coche se estrelló en el pilar 13 del túnel del Puente del Alma. Murieron en el acto Dodi y Paul. Sobrevivió Trevor Rees-Jones, guardaespaldas de Diana, el único que tenía puesto el cinturón de seguridad. A ella, que agonizaba atrapada en el vehículo, los servicios de emergencia tardaron una hora en sacarla para llevarla al hospital. Murió a las 4:05 de la madrugada del 31 de agosto de 1997.

            El juez de instrucción francés que conoció del caso, Hervé Stéphan, concluyó en 1999 que Paul, además de que conducía a alta velocidad, estaba ebrio —con un nivel de alcohol en la sangre de 1.74 gramos por litro, tres veces más de lo permitido para conducir— y bajo el efecto de medicamentos incompatibles con el alcohol, por lo que no estaba en condiciones de mantener el control del vehículo. “No existe ningún elemento que dé crédito a la tesis de que el accidente fue fruto de una conspiración”, concluyó Stéphan.

            Mohamed Al Fayed no aceptó la conclusión. Desde el principio había afirmado que la princesa estaba embarazada de Dodi y el anuncio de su matrimonio era inminente. La familia real “no podía aceptar que un musulmán egipcio pudiera convertirse en padrastro del futuro rey de Inglaterra”.

            Probablemente fue esa gravísima acusación la que motivó que el oficial judicial de la Casa Real británica encargara a Scotland Yard una nueva investigación, la cual duró dos años y costó 3.7 millones de libras. En diciembre de 2006 se dio a conocer el resultado en un informe de 832 páginas. La conclusión fue la misma que la del juez francés: no hay evidencia alguna de que el accidente respondiera a una conspiración. Además, se comprobó que Diana no estaba embarazada.

            Los paparazzi motivaron la huida, pero no causaron la muerte. Las causas ciertas e inmediatas fueron el estado de ebriedad de Henri Paul y la excesiva velocidad a la que conducía la limusina. Tres de los paparazzi fueron condenados al pago de ¡un euro! por violar el derecho a la intimidad al tomar fotografías del accidente.

            Una vida extraordinaria y una muerte absurda. ¿Por qué Diana tenía que huir exponiendo su vida si ya se sabía de su noviazgo con Dodi y los paparazzi ya los habían descubierto y fotografiado? ¿Por qué eligió o aceptó como conductor a un hombre ebrio? ¿Por qué, por mucho que ansiara que los paparazzi la perdieran de vista, permitió que el borracho condujera a velocidad vertiginosa y no usó el cinturón de seguridad?

Dreamers

Lo ha dicho inmejorablemente Barack Obama: es una cuestión de decencia básica. “Se trata —puntualizó el expresidente— de si somos gente que golpea a jóvenes, esperanza de Estados Unidos, o si los tratamos como queremos que nuestros propios hijos sean tratados. Se trata de quiénes somos como seres humanos y quiénes queremos ser”.

            La bofetada ética no podía ser más contundente. Los dreamers viven en aquel país sin tener culpa alguna de su residencia. Niños aún, sus padres los llevaron consigo escapando de la dura realidad de sus propios países, flagelados por la inseguridad, los ingresos insuficientes, la falta de horizontes promisorios. No tiene sentido expulsarlos. No han hecho ningún daño a nadie. Han sido respetuosos de los estadunidenses y de las leyes de su país de acogida.

            Crecieron en Estados Unidos. Son niños que estudian en las escuelas de ese país, jóvenes adultos que están empezando carreras. Son estadunidenses ––defiende Obama–– en sus corazones, en sus mentes, de todas las formas, menos en el papel. Algunos no supieron durante mucho tiempo que eran indocumentados. Se enteraron al aplicar a un trabajo, a una universidad, a una licencia de conducir. Sus padres les contaron entonces la historia del éxodo. No se imaginaron que su origen les acarrearía el riesgo de ser corridos del país en que han discurrido sus vidas.

            Echarlos no reduciría la tasa de desempleo, no aligeraría los impuestos de nadie, no aumentaría ningún salario. No hay un imperativo legal de hacerlo. Tanto presidentes del Partido Demócrata como del Partido Republicano les han permitido permanecer con base en el principio legal de la discrecionalidad del fiscal. Obama quiso darles cierta seguridad jurídica con el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, siglas en inglés), anunciado el 15 de junio de 2012.

            Los requisitos establecidos para adscribirse a ese programa fueron: ser menor de 31 años en esa fecha; haber llegado a Estados Unidos antes de los 16 años; haber residido en el país, por lo menos, desde el 15 de junio de 2007; estar estudiando o contar con certificado de secundaria o de desarrollo de educación general, o ser veterano con licenciamiento honorable de la Guardia Costera o de las Fuerzas Armadas; no ser convicto de delito grave ni de tres o más delitos menores ni representar una amenaza para la seguridad nacional o la seguridad pública.

            “Lo que nos hace estadunidenses —ha dicho Obama— no reside en el origen de nuestros nombres ni en la manera en que rezamos, sino en nuestra fidelidad a un conjunto de ideales; que todos fuimos creados iguales; que todos merecemos la oportunidad de hacer de nuestras vidas lo que queramos hacer; que todos compartimos la obligación de levantarnos, hablar y asegurar nuestros valores más preciados para la próxima generación”.

            El Congreso tiene la última palabra. En su decisión está la suerte de aproximadamente 800 mil dreamers, de los cuales 80% son de origen mexicano. La policía los tiene perfectamente localizados. No sería difícil ir por ellos para expatriarlos. Pero los apoyan varios gobernadores, Mark Zuckerberg —creador de Facebook—, Apple y otros titanes de la tecnología. Encendamos nuestras veladoras interiores —las únicas verdaderamente eficaces— para que el Congreso impida el triunfo de la indecencia.

            Los dreamers de origen mexicano son la generación más preparada de la historia de México. A diferencia de los jornaleros que emigraron en la década de los noventa del siglo pasado, el 98 % es bilingüe; el 70% tiene estudios superiores; el 91%, trabajo fijo.

            Si se les deporta, más allá del respaldo retórico —los recibiremos con los brazos abiertos—, lo cierto es que, como advierte Eunice Rendón (Agenda Migrante), las medidas anunciadas —afiliación al seguro popular e inscripción a la bolsa de trabajo de la Secretaría del Trabajo— son claramente insuficientes para integrarlos decorosamente, incluyéndolos en el mercado laboral, aprovechando sus capacidades y haciéndolos sentir parte de México. Ni siquiera lo hemos logrado con muchos de los jóvenes adultos que no han dejado de residir en nuestro país. ¡Que no se nos apaguen ni un instante las veladoras!

Golpes en la vida

Una ironía insospechada del azar: precisamente en el aniversario del sismo más devastador sufrido por nuestro país, otro, también terriblemente dañino, volvió a estremecernos (en más de un sentido). Como apunta Rafael Pérez Gay: “El destino juega a los dados con nuestras vidas”.

            Al escribir estas líneas se han registrado, entre la Ciudad de México y los estados de Puebla y Morelos, más de 200 muertes. Las más tristes son las de los niños del colegio Enrique Rébsamen, que se vino abajo mientras estaban en clases.

            ¿Cómo describir la rabia y la impotencia, el pesar profundo, ante el hecho de que unos pequeños mueran sepultados por las piedras mientras sus padres se aferraban a la irrenunciable esperanza de lo improbable? César Vallejo escribió:

            Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡yo no sé!

            Golpes como del odio de Dios…

            Así como algunos aseguran que el furioso movimiento de la tierra es un castigo divino, otros culpan a la maldad del gobierno de la catástrofe. Lo cierto es que las autoridades, las federales, las capitalinas y las estatales, han reaccionado como era debido: con prontitud y eficacia (hasta donde ésta es posible).

            Ese es su deber en todo caso, sin duda, pero es mezquino no reconocer que lo han estado cumpliendo bien, acertada y diligentemente, a la altura de las infaustas circunstancias.

            Ante la descomunal tragedia, en la Ciudad de México miles de personas, mujeres y hombres de todas las edades y condiciones sociales, se han afanado en ayudar a las víctimas, unas queriendo colaborar en el rescate de los atrapados entre los derribos, otras haciendo donaciones en dinero o en especie —se han acopiado toneladas de víveres— y otras más brindando hospitalidad a quienes perdieron sus casas o las dejaron por temor o por los daños que presentan.

            En estas desgracias colectivas hay quienes se dedican a los asaltos, a la rapiña o a la especulación miserable. Aprovechan el mal ajeno, agrandándolo, para medrar. Les es aplicable la sentencia del filósofo austriaco Karl Kraus: “El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres”. Y también la del poeta argentino José Pedroni: “Los malos no son otra cosa que inválidos de espíritu”.

            Pero también hay quienes, en mucha mayor cantidad que los anteriores, sacan del baúl del alma lo mejor de su humana índole —la que está trenzada, según nos enseñó William Shakespeare, con la misma materia con la que se trenzan los sueños— y hacen gala de virtudes que engrandecen a quien las practica: la generosidad, la compasión y el coraje.

            La generosidad es la disposición de ayudar a los demás en sus problemas o necesidades sin esperar nada a cambio de ello. “Ser generoso —sostiene el profesor francés André Comte-Sponville— es estar liberado de uno mismo, de las bajas cobardías, las ridículas posesiones, las pequeñas cóleras y las miserables envidias”.

            La compasión nos hace ponernos en el lugar del que está sufriendo para comprenderlo y auxiliarlo. Comte-Sponville recomienda no confundirla con la piedad, que se siente de arriba abajo porque realmente es lástima. “Por el contrario, la compasión es un sentimiento horizontal: sólo tiene sentido entre iguales, o más bien, y mejor, realiza esa igualdad entre quien sufre y el que, a su lado y en un mismo plano, comparte su sufrimiento”.

            El coraje, explica Fernando Savater, es una palabra que proviene de una voz latina que significa corazón y “consiste precisamente en tener un corazón grande y fuerte”, es decir, capaz de impetuosa decisión y ánimo firme. Se necesita coraje para hacer frente a los infortunios sin dejarse vencer apriorísticamente por la resignación o la superchería de que no podemos incidir en el curso de los acontecimientos.

            Para ejercer tales virtudes es preciso estar imbuido de amor al género humano y de amor a sí mismo —sin el segundo, el primero es sencillamente impensable—, pues quienes actúan honrándolas lo hacen por su convicción profunda, su temple, su pasión.

            No podemos evitar lo inevitable, los sucesos fatales y azarosos —los golpes de la naturaleza, por ejemplo—, pero sí enfrentarlos con nobleza y determinación.

Extraña simpatía

Me aterra que en mi país haya simpatizantes del régimen de Nicolás Maduro, no sólo entre organizaciones sociales que han dado muestras claras de sus posturas antidemocráticas y su proclividad a la corrupción, en partidos como el Partido del Trabajo y Morena, y en el diario La Jornada, sino también entre académicos universitarios Sigue leyendo

Los que no merecen vivir

En este mismo espacio manifesté perplejidad y espanto ante el hecho de que en México un régimen tan deplorable como el venezolano cuente con simpatizantes incluso entre académicos universitarios. Son tan graves las desgracias que ese gobierno ha causado a Venezuela que parece que su propósito es conseguir que el país se desmorone. Sigue leyendo

Alcahuetería

Lo peor de las religiones es el daño que han hecho a quienes no comulgan con sus dogmas. La religión no siempre es el conjunto de creencias acerca de la divinidad. También son religiosas las doctrinas sociales que se someten a la servidumbre de las ideologías. La fe en Dios no se hace cargo de sucesos constatables, pues no está basada en evidencias, sino en la intuición de algo que nadie ha visto. Sigue leyendo

Matar

Matar. Qué sencillo resulta destruir una vida humana, única e irrepetible, producto de un azar milagroso que en el momento de la concepción venció a la nada y posteriormente fue derrotando las acechanzas que en todo momento nos acosan a los seres humanos, tan frágiles, tan vulnerables, tan mortales. Sigue leyendo

El fanático

La primera condición para ser un fanático es pertenecer al conjunto de seres humanos a los que podemos caracterizar como creyentes. Éstos no se aventuran en los laberintos de las disquisiciones y las dubitaciones. A diferencia de los pensantes ––aficionados a razonar, escuchar a los que piensan distinto, examinar los argumentos, dudar de sus certezas y llegar a conclusiones basadas en las evidencias y el análisis lógico––, los creyentes tienen algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado. Y de ahí no quieren moverse.

            Desde luego, se puede ser un creyente razonable. El fanático no lo es. Lo que caracteriza al fanatismo es el apasionamiento y la tenacidad desmedida en la defensa de sus creencias, especialmente las religiosas o las políticas. El fanático se casa indisolublemente con su credo y, por tanto, no quiere saber de razonamientos que lo pongan en entredicho. La duda le resulta inadmisible y, por tanto, cierra los ojos ante la ridiculez de una certeza sin fisuras.

            Por supuesto, no todo el que defiende apasionadamente una convicción es un fanático. Don Quijote está convencido de que Dulcinea del Toboso es la mujer más hermosa del mundo y está dispuesto a morir defendiendo esa convicción, pero en modo alguno es un fanático. El Caballero de la Triste Figura es un idealista soñador que no persigue a nadie. Por el contrario, se afana en ayudar a todos cuantos lo necesiten Su deseo es desfacer tuertos. El fanático juzga con animadversión, y llega a perseguir, a quienes no aceptan sus verdades indiscutibles.

            El fanático está seguro de que no hay nada en el  mundo que merezca ser defendido con tanto celo como sus creencias. Para él, las leyes son respetables solamente si concuerdan con sus certidumbres. El aura que lo ilumina está por encima de las normas jurídicas. Su misión es hacer triunfar su fe y para lograrlo no puede detenerse ante pequeñeces tales como el acatamiento a esas normas.

            El fanático carece de argumentos. A las objeciones para las cuales no tiene respuestas sensatas, contesta haciendo parecer como sospechosos los motivos por los que se le objeta. Sin argumentos e incapaz de comprender los que refutan sus prejuicios, no tiene otra defensa que imputar intenciones oscuras a quien lo rebate. La contradicción lo irrita en lugar en inclinarlo a reflexionar.

             El fanático es incapaz de reírse de sí mismo, de no tomarse demasiado en serio. Carece de sentido del humor porque siente que tiene una misión en la tierra de la que la risa no debe distraerlo. No tiene la aptitud para disfrutar plenamente de la fiesta de la vida porque se siente obligado a ser el comisario de las acciones de su pareja, sus hijos, sus vecinos, sus amigos y sus compañeros, y, por tanto, su actitud es de constante recelo.

            El fanático está poseído por la curiosa idea de que sus creencias y las conductas que se siguen de ellas no son solamente un derecho propio sino que obligan a todos los demás. Como advirtió Voltaire, se les ha visto “lanzarse sobre su vecino por el honor de la fe, gritando: ‘¡Muere, impío, o piensa como yo!’”.

            “Chesterton dijo que loco es quien lo ha perdido todo, absolutamente todo, menos la razón. Los fanáticos lo han perdido todo, absolutamente todo, menos su dogma religioso, o nacionalista o el que fuera. “Yo creo que lo peor de las religiones son quienes creen absolutamente en ellas y las utilizan como justificación para castigar al prójimo”: Fernando Savater.

            El fanático se obsesiona por hacer triunfar su catecismo sin importarle que lograrlo implique el sufrimiento de sus semejantes. Más aún: no considera sus semejantes a quienes no lo comparten. No le merecen consideración quienes no comulgan incondicionalmente con su dogmatismo. En el poder es terriblemente dañino con los que no son sus incondicionales. Su lema parece ser: “Triunfe mi credo aunque se hunda el mundo”. En nombre de una religión, un partido, una clase social, la nación o el pueblo, persigue con saña a quienes se oponen a su doctrina e incluso a quienes disienten de ésta. Si se dan las condiciones propicias, no se tienta el corazón para asesinar a los opositores, a los infieles o a los disidentes. Ω

Derechos humanos

Creo, con Fernando Savater, que los derechos humanos “no provienen tanto de las promesas de la luz como del espanto de las sombras, no pretenden conseguir inauditos bienes imaginados, sino evitar males conocidos”.

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Paraísos socialistas

Muchos jóvenes de mi generación creímos que el socialismo era la gran esperanza de la humanidad: un sistema que no sólo terminaría con la pobreza y la desigualdad social, sino que, además, emanciparía a los ciudadanos de la alienación que les imponía el capitalismo, dando lugar al hombre nuevo. Sigue leyendo

¿La violencia o la Ilustración?

Los derechos humanos no han existido desde siempre. No obstante que el titular de ese derecho, el ser humano, el viejo homo sapiens, apareció en la tierra hace muchos miles de años, los derechos humanos datan apenas de hace menos de dos centurias y media, tanto en su formulación teórica como en su consagración en las leyes. Sigue leyendo

Las Chivas

Fue la superación de lo que parecía imposible. El Guadalajara estaba increíblemente ubicado en penúltimo lugar de la porcentual. El fantasma del descenso acechaba.

            Los demás equipos fueron favorecidos con una insólita reforma estatutaria que les permitió alinear hasta diez extranjeros por partido. Las Chivas no podían hacerlo: la razón de la magia inagotable del Rebaño Sagrado está por sobre todas las cosas —más aun que en la evocación de la epopeya de hace más de medio siglo cuando ganó cuatro campeonatos consecutivamente y seis de siete— en que en sus más de 100 años de historia ha jugado exclusivamente con jugadores mexicanos. Esa tradición entrañable no se puede traicionar.

            Así, un cuadro formado sólo con nacionales, que sentía ya muy cerca las llamas del infierno, enfrentaba, sigue enfrentando, el desafío de competir con escuadras formadas casi por completo por estrellas de otros países: una desventaja descomunal. Y jugaba mal. Llegaban uno tras otro diversos directores técnicos y todos fracasaban. Ver los juegos del Guadalajara era un tormento para sus seguidores.

            Entonces arribó Matías Almeyda, exjugador argentino muy destacado y querido. Dijo que no se trataba únicamente de salvar al Rebaño del descenso, sino de revivir su grandeza. Almeyda sabía lo que era escapar del hades: venció al alcoholismo al que lo había arrastrado la nostalgia por los estadios tras retirarse de las canchas, y condujo como director técnico al River Plate —su antiguo equipo, que había bajado a la segunda división— de regreso a la división mayor.

            No se sabe cómo lo consiguió, pero, no obstante el peso abrumador de las circunstancias, Almeyda devolvió a las Chivas la moral alta, la esperanza en sus propias posibilidades. Les mostró que eran capaces de la abolición de lo irremediable, les insufló la vocación de triunfo, les hizo recordar el pasado glorioso del Guadalajara legendario.

            El Rebaño empezó a ganar, clasificó a las liguillas, ganó dos torneos de copa, pero faltaba el máximo trofeo, el de liga, que no conquistaba desde hacía 11 años. A pesar de que en este último campeonato la mala fortuna se ensañó con las Chivas, pues por lesiones nunca pudieron contar con todos sus jugadores, de nuevo obtuvieron boleto a la fiesta grande, a la que llegaron con medio equipo malherido y lejos de su mejor nivel: en sus más recientes partidos se les habían negado la victoria e incluso el gol.

            En la liguilla, el Guadalajara eliminó al Atlas y al Toluca, y así llegó a la final ante el campeón, los poderosos Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, a los que todo el mundo hacía favoritos porque las cifras eran elocuentes: en los últimos nueve juegos habían anotado 25 goles en tanto que las Chivas sólo cinco; los Tigres ganaron todos esos partidos mientras que el Rebaño había olvidado desde hacía varias jornadas lo que era el triunfo.

            Pero el Guadalajara jugó los dos partidos de la final con talento, temple y, sobre todo, coraje, virtud que en ocasiones memorables posibilita lo que a priori parecía inalcanzable. Las Chivas ponían toda el alma en cada jugada. Estaban encendidas por un fuego interior que las impulsaba a afrontar las peripecias del juego con el fulgor imbatible de la determinación. Fueron muy superiores a su rival, aunque el triunfo estuvo impregnado de dramática incertidumbre: pendió de un hilo hasta el último segundo. Eso lo hizo más gozoso.

            El duodécimo campeonato del Rebaño, tras la insoportablemente larga sequía, no es sólo, ni principalmente, una victoria deportiva: es, sobre todo, una proeza espiritual, la consecución de lo improbable, la reafirmación del mito en que el Guadalajara se convirtió desde hace más de medio siglo, reafirmación especialmente significativa en estos tiempos en los que está de moda la obsesión por desmitificar, estúpido afán de rebajamiento de lo más maravilloso de nuestros sueños, los que nos impulsan a desplegar lo más inaudito de nuestras potencialidades. Los partidarios más viejos de las Chivas temíamos que ya no tendríamos el júbilo de otro campeonato. El domingo nos reconciliamos con los dioses.

Pisotear gusanos

No he militado jamás en algún partido político ni me entusiasma ninguno de los partidos mexicanos. Obsesionados por alcanzar o mantener el poder, no parece importarles, más que en el discurso, la suerte del país, sus problemas más ingentes. Todos están dispuestos a vender su alma al diablo, ya no digamos por la Presidencia o una gubernatura, sino aun por una triste alcaldía.

            No, ninguno de los partidos políticos del país me encandila, pero hay uno que me aterra. Sus líderes admiran a uno de los gobiernos más represivos, corruptos, sectarios y crueles que ha padecido América Latina (¡y vaya que los países latinoamericanos han sufrido gobiernos represivos, corruptos, sectarios y crueles!).

            Me resulta muy difícil comprender —por no decir que me resulta incomprensible— que ciertos regímenes y ciertos dirigentes políticos tengan admiradores entre gente que se dice progresista. Pero los han tenido a lo largo de la historia.

            Muy joven, aún sin haberme graduado de la licenciatura, fui profesor en el plantel Vallejo del entonces flamante Colegio de Ciencias y Humanidades. Había profesores que admiraban a Mao y a Stalin, ya no digamos a Fidel Castro, no obstante el sufrimiento que cada uno de ellos había causado a sus gobernados.

            Mao y Stalin son responsables de millones de muertes, por ejecuciones o por hambre, y de la devastación de millones más de vidas por encarcelamientos o marginaciones sociales, cuyo único motivo fue la disidencia. No obstante, la más guapa de las profesoras del Departamento de Derecho de la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana, donde fui docente más tarde, me insistía en que asistiera a las lecciones dominicales (¡como ir a misa!) que impartía su pareja sobre maoísmo: ¡el catecismo de El libro rojo! Hoy mismo Maduro cuenta con admiradores entre los académicos de la UNAM. Incomprensible, pero cierto.

            Pero volvamos al partido mexicano que idolatra al régimen chavista. “Y no es nuevo el inmoral amorío de Morena —su dueño, gerentes y candidatos— con la dictadura de Maduro; no es novedad que esa izquierda guarde silencio cómplice frente a la represión y los crímenes de Maduro”, escribió Ricardo Alemán (Milenio, 4 de junio). El silencio no es sólo de Morena, sino de toda la izquierda partidaria mexicana, fiel a sus dogmas y sus prejuicios antediluvianos, inconmovibles a pesar de la caída del muro de Berlín.

            Pero la actitud de Morena no ha sido únicamente el mutismo. La embajada de Venezuela en México publicó una foto de la embajadora María Lourdes Urbaneja con la bandera de esa agrupación al fondo y un texto: “Celebramos el acompañamiento del partido Morena, su solidaridad y apoyo irrestricto a la Revolución Bolivariana”.

            Solidaridad y apoyo ilimitado (eso quiere decir irrestricto) a un régimen que ha sumido en la ruina a uno de los países más ricos del continente, en el que hay carencia de alimentos y medicinas, y que padece la más alta inflación del mundo, decenas de presos de conciencia, bandas paramilitares que asesinan impunemente a manifestantes, avasallamiento del poder judicial y servilismo del defensor del pueblo. Un régimen que, además, como todas las dictaduras, considera a los opositores no como adversarios políticos sino como traidores a la patria.

            El seguro candidato de Morena a la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador —con posibilidad de ganar la elección—, considera que todo el que no lo apoye está con la mafia en el poder. En referencia a los dirigentes del PRD que no aceptaron abandonar su campaña en el Estado de México para apoyar a la candidata de Morena, amenazó: “Quien quiera ser libre como águila, que vuele alto; quien quiera arrastrarse como gusano, nomás que cuando lo pisen no chille”.

            Sergio Sarmiento comprendió lo ominoso de la declaración: “Insultar y despreciar a quienes no piensan como él, incluso a quienes han sido sus compañeros durante años, no augura nada bueno para un gobierno de López Obrador” (Reforma, 25 de mayo). No, nada bueno augura un potencial gobernante que admira al chavismo y ve a quienes no son sus incondicionales, tal como han visto a sus opositores Chávez y Maduro, como gusanos a los que hay que pisotear.

Un hombre que dice no

“Todo gesto de coraje —dice Albert Camus— es el gesto de rebeldía de un hombre que dice no”. Coraje es una palabra que proviene del vocablo latino corazón, y significa precisamente —puntualiza Fernando Savater— “tener un corazón grande y fuerte”.

            En la templada noche veraniega, después de haber estado patinando junto al Tate Modern, Ignacio Echeverría y sus amigos Guillermo y Javier pedaleaban sus bicicletas buscando un lugar donde cenar. La escena que vieron los hizo frenar intempestivamente: un hombre estaba golpeando con ferocidad a un policía desarmado. El casco del agente había caído sobre su cara mientras recibía los puñetazos. Pero en realidad eran puñaladas.

            Cuando el policía quedó inmóvil el agresor se lanzó contra una mujer. Era evidente que se trataba de un tipo peligroso si había dejado fuera de combate al agente. No obstante, al ver a la mujer agredida, Ignacio intervino: bajó de la bicicleta y golpeó con su patineta al atacante. Su coraje —su corazón grande y fuerte— no se arredró ante el riesgo.

            Varios viandantes se pusieron a salvo en esos momentos. Segundos después otro de los yihadistas apuñaló por la espalda a Ignacio, quien no sabía que el atacante al que enfrentaba era parte de un trío de terroristas.

            Sus dos amigos quizás estuvieron tentados a defenderlo. Cada uno traía consigo una patineta. Pero se percataron de que los terroristas estaban armados con cuchillos y optaron por escapar corriendo. Era la reacción natural conminada por el instinto de conservación. Cualquiera que se quedara en ese sitio era una víctima potencial.

            Seguramente al alejarse sintieron alivio, pero es probable que también, además de alivio, hayan sentido vergüenza. No sé qué pasó por su cabeza. Tal vez una parte de su corazón hubiera deseado no huir, seguir el ejemplo del amigo. Pero la fría razón les consolaba: habían obrado con prudencia, no se puede encarar con una patineta a asesinos provistos de armas punzocortantes.

            No cualquiera puede ser héroe. El héroe actúa con un valor que sobrepasa toda expectativa. Es un personaje que parece irreal y nos hipnotiza, como el príncipe de los cuentos de hadas que por rescatar a su amada enfrenta sólo con su espada al dragón que escupiendo fuego impide llegar a ella.

            Imagino la escena con inevitable escalofrío: Ignacio baja de la bicicleta para defender a una mujer. A una mujer que no es su mujer, ni su madre, ni su hija, ni su hermana, ni su maestra más admirada, ni su amiga más querida. A una mujer que no conoce, pero de quien sabe que está en grave peligro.

            No hay tiempo, previamente a esa conducta, de deliberación ni de cálculo de las posibilidades de éxito en la defensa. La demás gente huye del lugar para ponerse a salvo. Ignacio enfrenta al agresor armado sólo con su patineta y su corazón grande y fuerte.

            Tiene 39 años, un empleo envidiable; vive en Londres, una ciudad fascinante; habla cuatro idiomas, es tímido y reservado, pero alegre; es sensible, generoso y sonriente, disfruta la vida, quiere seguir disfrutándola, por supuesto. Esa noche se había relajado patinando y se disponía a disfrutar de una buena cena. La vida le sonreía.

            Al ver que la mujer está en un terrible apuro, su buena índole le hace reaccionar defendiéndola. Repito: no tuvo tiempo de someter su resolución a deliberación o cálculo previos. Reaccionó impulsado por el coraje, es decir —de nuevo Camus— por el gesto de rebeldía de un hombre que dice no.

            El gesto de Ignacio es como el gesto de Teseo desafiando al Minotauro o el de Perseo retando a las gorgonas. Es un gesto trágico, inaudito. Es el gesto de un héroe.

            Es muy probable que al plantarse frente al terrorista estuviera muerto de miedo —como sus dos amigos, como toda la gente que corrió para ponerse a salvo—, pero también estaba más vivo que nunca, respondiendo a lo que el corazón le dictaba.

            Si yo hubiera estado allí, me habría gustado actuar como Ignacio, pero sin haber muerto: quedar vivo para recordar ese episodio como una alucinación y, sobre todo, porque vivir me parece maravilloso. Sí, me habría encantado actuar como Ignacio, pero no puedo asegurar que me hubiera atrevido. En un instante así actuamos como el corazón nos lo susurra al oído

Jauría

Dejaron sus hogares, sus ocupaciones, la telenovela cotidiana. Acudieron al llamado de las redes sociales. Había que darle un escarmiento al ruso que en esas mismas redes hacía mofa y escarnio de los mexicanos —en especial de los nativos de Cancún, donde vivía— y manifestaba su afición por la violencia y su aberrante ideología nazi.

            Algunos llevaron a sus niños y en el sitio de la concentración, frente a la casa del ruso, los cargaron en brazos para que pudieran presenciar lo que iba a ocurrir. Asistieron mujeres y hombres de diferentes edades, muchas decenas, quizá un centenar o aún más.

            Una versión señala que una patrulla que se encontraba en el lugar se retiró cuando empezó a congregarse la gente, con lo cual la misión a la que se convocaba podía cumplirse con toda tranquilidad, sin estorbo alguno, sin obstáculos.

            A gritos se invitaba a los reunidos a romperle la madre al ruso, a degollarlo, a no dejarlo escapar. El infeliz se había atrevido a expresarse reiteradamente con desprecio de los habitantes de la ciudad y del país. Ese agravio no podía quedar sin venganza.

            Como el público de un partido de futbol en el que estuviera jugando la Selección Mexicana, la multitud coreaba: “¡México, México, México!”, para dejar en claro que actuaba en defensa del honor de la patria, en defensa del respeto que merecen los mexicanos.

            “¡Traigan gasolina! ¡Vamos a quemar la casa!”, se escucha la arenga salir de la turba. “¡Cuidado! ¡Tiene armas!”, se oye una voz de alerta. Se repiten las voces de que no hay que permitir que escape el pinche ruso hijo de su puta madre. En los rostros de los congregados no se observa angustia ante lo que pueda suceder. No se escucha un solo grito que llame a la prudencia, que invite a retirarse o a dirigirse a alguna autoridad.

            La imagen parece congelada. La gente frente a la casa no tiene prisa. Nadie quiere dejar de ser partícipe, o al menos testigo, de lo que va a pasar. Es un momento dramático y, sobre todo, extraño como una pesadilla: ¿unos insultos fueron suficientes para detonar lo que ahora está ocurriendo, una masa de habitantes, mexicanos al grito de guerra, que están allí sin que ningún clic de conciencia parezca capaz de disuadirlos?

            Los asaltantes han abierto a palos y machetazos un boquete por el que se puede ingresar a la casa. Un grupo entra por el ruso. Éste los recibe blandiendo un cuchillo con el que lesiona letalmente a uno de los invasores.

            Los ánimos se encienden aún más. “¡La verga! ¡Ya te cargó la verga, hijo de tu puta madre! ¡Vamos a decapitarlo! ¡A quemarlo!” son los gritos bélicos que inducen al asalto final. Se ondean banderas de México.

            El ruso intenta escapar por el tejado de una casa vecina. Recibe una lluvia de pedradas que lo hace caer. Está malherido. La turba parece excitarse con ese éxito parcial. Quizá, alguno pensó en ese momento que las armas nacionales —en este caso, palos y machetes— estaban a punto de volver a cubrirse de gloria.

            El ruso es apaleado. Recibe palos en la cabeza, en los brazos, en la espalda. Está bañado en sangre. Varios teléfonos móviles están grabando lo que sucede. Los gritos de vuelven aullidos: “¡Mátenlo, mátenlo! ¡Láncenlo al suelo!” El episodio dura una eternidad.

            El ruso ha resistido tantos golpes que hace recordar la resistencia de Rasputín. Pero, finalmente, ha quedado tirado en un charco de sangre. Hasta entonces llega —¿vuelve?— la policía, que evita que Aleksei Viktorovich Makeev sea rematado hasta la muerte.

            Makeev había estado internado en su país en un hospital siquiátrico. Ahora, se encuentra preso en Chetumal, no obstante, que parece claro que las cuchilladas que asestó a uno de los atacantes fueron inferidas en legítima defensa.

            Todo linchamiento es un acto de barbarie. Se puede comprender —lo que es distinto a justificar— los que se ejecutan, por ejemplo, contra el asesino despiadado, el violador de una niña, el secuestrador que mutila a sus víctimas. Nada similar precedió este. Los justicieros decidieron que ese hombre no merecía habitar la tierra. Por castigar a un orate de quien no se sabe que haya matado, violado, secuestrado o mutilado a nadie, se hicieron criminales de la peor calaña. Eso sí, con espíritu nacionalista.

De pena y de náusea

Lo novedoso era que se sometía a los cautivos a un juicio en el que los plagiarios eran a la vez, inquisitorialmente, acusadores y jueces. Se acusaba al plagiado de su riqueza, se le preguntaba a cuánto ascendía, cómo la había logrado. Ser rico era el crimen. Diego Fernández de Cevallos, Mónica Jurado (exnuera de Marta Sahagún) y Eduardo García Valseca fueron algunas de las víctimas. Los secuestradores formaban una pareja con intensa vida social: convivían con empresarios, pintores, aficionados al futbol, padres de familia y sanadores del alma.

            Algunos de quienes los trataron los describen como seres espirituales, seguidores de las enseñanzas y las terapias de sanación y paz interna. A sus víctimas les daban a leer El hombre en busca de sentido, el conmovedor libro de Viktor Emil Frankl, escrito a partir de su experiencia en campos de concentración nazis. En 2014 ella pasó un mes realizando labores humanitarias en África.

            El pasado 30 de mayo, un hombre pidió a un taxista que llevara un paquete a un restaurante situado a unos 20 minutos de la zona urbana. A pesar de la corta distancia, le pagó 500 pesos. Al taxista le pareció extraño el monto y notó con inquietud que lo seguía una camioneta. Telefoneó a emergencias, de donde se le pidió que se encontrara con la policía municipal en la gasolinería de la calzada La Estación. Al ver a la policía, el conductor de la camioneta quiso huir, pero se le dio alcance. Mientras tanto, en la gasolinería se destapaba el paquete: había un dedo, cartas en inglés y francés y una fotografía, todo dirigido al esposo de una mujer franco-estadunidense secuestrada un mes antes.

            El conductor de la camioneta ya se encuentra preso en Guanajuato. Es uno de tales seres espirituales. Residía en San Miguel de Allende con un nombre falso. El verdadero es Raúl Escobar Poblete, El Comandante Emilio, exguerrillero chileno, integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, prófugo de la justicia  por asesinar en 1991 a un senador. Su mujer, la también chilena Marcela Mardones, igualmente perseguida por ese asesinato, regresó a su país al enterarse de la detención de Escobar y allí se le detuvo.

            El Frente Patriótico Manuel Rodríguez se solidarizó con los detenidos y advirtió que la derecha chilena aprovecharía las detenciones para opacar los escándalos de corrupción y la pérdida de toda ética política. ¿Qué tal? La pareja detenida juzgaba a los secuestrados por su riqueza, pero se apropiaba de una parte de ésta; les preguntaba cómo la habían obtenido, pero obtenía la propia con uno de los crímenes más repugnantes. Por lo visto, al Frente Patriótico Manuel Rodríguez los secuestros realizados exclusivamente para enriquecerse no le parecen contrarios a la ética.

            La izquierda partidocrática mexicana también está lejos de ser admirable. Para apoyar o soslayar los peores atropellos, las brutalidades criminales de un gobierno —incluso de las más atroces dictaduras—, le basta que éste se ponga la etiqueta de socialista o anuncie su enemistad con el imperialismo yanqui.

            El senador Manuel Bartlett, del grupo parlamentario PT-Morena —¡al que la misma izquierda señaló como perpetrador de fraude electoral en 1988!—, se opone a la condena diplomática al gobierno venezolano invocando la barrera mítica de la soberanía nacional, que es en realidad la soberanía del tirano.

            El PRD guarda cobarde silencio, no obstante que en Venezuela el porcentaje de pobres se ha duplicado durante el chavismo, escasean alimentos y medicinas, hay decenas de presos de conciencia, se ha asesinado impunemente a más de 80 manifestantes en las semanas recientes, la fiscal general está sometida a procedimiento de destitución por no haber sido lo suficientemente incondicional y Maduro amenaza que si no es con votos, se sostendrá en el poder con las armas.

            Esa izquierda da pena y náusea.

En el nombre del hijo

Qué angustioso para el hijo y qué estremecedor para el padre el desesperado reproche filial acompañado de la súplica que se aferra a una última esperanza en la que no se cree pero no quiere abandonarse. Porque lo que está en juego en ese reclamo es el amor y el respeto hacia el antiguo héroe de la infancia, del que se espera nada menos que lo mejor. Sigue leyendo

Derechos del pueblo bueno

Tras el enfrentamiento entre huachicoleros —ladrones de combustible en perjuicio de Pemex— y soldados que llevaban a cabo operativos en el denominado Triángulo Rojo de Puebla, el cual produjo diez muertos, cuatro de ellos militares, Andrés Manuel López Obrador declaró: “Esta estrategia del uso de la fuerza para resolver problemas sociales lo que hace es agravar más las cosas y producir sufrimiento y dolor”.

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Racismo bien pensante

Existe cierto racismo que no es condenado por los organismos protectores de derechos humanos ni por los activistas y académicos que simpatizan con estos derechos. Por el contrario, ese racismo es impulsado y promovido por tales organismos, activistas y académicos. Es un racismo bien pensante, grato a las buenas conciencias, pues está motivado por el afán de redimir la culpa histórica de las ofensas infligidas a ciertos grupos étnicos. Sigue leyendo

Homicidios impunes

Con frecuencia leemos y escuchamos las indignadas y plenamente justificadas quejas respecto de que los homicidios de periodistas, de mujeres, de defensores de derechos humanos o de homosexuales quedan en la impunidad, lo cual resulta un incentivo para que otros potenciales criminales lleven a cabo sus crímenes, pues es bastante alta la probabilidad de que no sean capturados y llevados a juicio.

            Pero eso que es cierto tratándose de las clases de víctimas enumeradas lo es también tratándose de cualquier otra clase de víctimas. Es decir, los homicidios en México, sea quien sea el afectado, en una altísima proporción no se esclarecen y, por tanto, los presuntos responsables no son enjuiciados.

            El Estado surge históricamente con la misión primordial de brindar un grado aceptable de seguridad pública a los gobernados. De todos los servicios que deben proveer los gobernantes, ninguno tan indispensable como ese, sin el cual quedamos a la intemperie material y anímicamente.

            Cuando la opinión pública observaba con alarma e irritación que los homicidios de mujeres en Ciudad Juárez quedaban sin resolverse, se dijo que esa ineficacia se debía a una suerte de misoginia, a la cual se debía el desinterés del Ministerio Público en atender debidamente esos dolorosos casos. Pero la estadística indicaba que los hombres a los que se asesinaba en esa ciudad, como en el resto del país, eran muchos más —entre siete y diez veces más— que las mujeres que corrían la misma suerte, y esos asesinatos igualmente quedaban impunes. (Alguna vez dije esto en una mesa redonda en la UNAM, y la moderadora comentó enfadada: “No hubiera creído que Luis también fuera sexista”). Sigue leyendo

Una definición torturada

El Congreso de la Unión ha aprobado la Ley general contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, la cual considera que comete el delito de tortura el servidor público que cause dolor o sufrimiento físico o psíquico a una persona (artículo 24 fracción I): se suprime el adjetivo calificativo graves como característica esencial del dolor o sufrimiento causado. Es decir, incluso el dolor levísimo causado injustificadamente por un servidor público configura el delito de tortura. Es inimaginable un absurdo mayor.

            El policía que al llevar rumbo a la patrulla al sujeto que ha detenido legalmente le apriete innecesariamente el brazo infiriéndole un insignificante dolor físico, o le diga que es un maldito criminal provocándole un ligero sufrimiento psíquico, ¡lo estará torturando de acuerdo con esa definición!

            Ese policía, por haber oprimido ligeramente el brazo del detenido o haberlo denominado con palabras poco amables, se haría acreedor a una punibilidad de 10 a 20 años de prisión, casi como si le hubiera provocado intencionalmente la muerte, pues al homicidio simple doloso se le asigna en el código penal federal una sanción de 12 a 24 años de cárcel. Repito: no se puede imaginar mayor absurdo.

            El motivo de esta sinrazón es que académicos, ong´s y funcionarios internacionales de derechos humanos instaron a los legisladores a eliminar la palabra graves porque ésta no aparece en la definición de la Convención Interamericana para Prevenir y Sancionar la Tortura, soslayando que la Corte Interamericana de Derechos Humanos, encargada de interpretar y aplicar la Convención, en todos los casos de que ha conocido sobre el particular sólo ha considerado que hay tortura si el dolor o sufrimiento generado por el servidor público es de intensidad considerable. No sólo la Corte Interamericana ha procedido con tal criterio: no se encontrará en parte alguna del mundo una sentencia condenatoria por tortura que no estime grave el dolor ocasionado.

            Por otra parte, la ley define que comete el delito de tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes el servidor publico que en el ejercicio de su encargo, como medio intimidatorio, como castigo o por motivos basados en discriminación, veje, maltrate, degrade, insulte o humille a una persona (artículo 29).

            Es fácilmente advertible que precisamente con esas conductas se inflige dolor o sufrimiento al agraviado ––psíquico si se trata de vejación, degradación, insulto o humillación; físico o psíquico si se trata de maltrato, dependiendo de en qué consista éste––. La punibilidad es de tres meses a tres años de prisión, pero las conductas señaladas son justamente las aptas para producir dolor o sufrimiento, es decir tortura de acuerdo con la definición de la ley.

            Así pues, la misma conducta puede ser considerada o bien tortura, en cuyo caso le corresponderá una pena altísima (¡diez a 20 años de cárcel!), o bien tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, en cuyo caso la pena será benigna (tres meses a tres años de reclusión). El policía de mi ejemplo puede estar cometiendo uno u otro delito, pues sus conductas ––el apretón, las palabras–– encuadran en una u otra figura delictiva. Una vez más: esto no podría ser más absurdo.

            Lo que distingue a la tortura de los tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes es precisamente la intensidad del dolor o sufrimiento causado a la víctima. Es una inadmisible injusticia castigar una y otra conductas con la misma severidad.

            Un policía que fuera condenado a 10, 15 o 20 años de prisión por oprimir sin demasiada fuerza el brazo del detenido o por insultarlo estaría siendo víctima de una monstruosa injusticia. Se estaría violando en su perjuicio el principio de proporcionalidad entre la magnitud del delito y la pena aplicable. Se estarían violando gravísimamente sus derechos humanos. Se le estaría arruinando la vida por una conducta que no amerita en justicia esa penalidad desmesurada. Y también los policías ––parecen ignorarlo u olvidarlo los funcionarios internacionales, las ong’s, los legisladores y aun los ombudsman–– son titulares de derechos humanos.

Ver… para no creer

Todo México exigía la detención del exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, caso límite de corrupción no disimulada. Si no se le detenía, el gobierno federal estaría demostrando que lo solapaba, que no tenía intención de hacer justicia. Pasaban los meses y Duarte seguía prófugo, lo que dejaba en claro el encubrimiento de un pillo indefendible. Sigue leyendo

El violador

La violación sexual es uno de los peores crímenes que la vileza puede sustentar. Al imponerle a una persona un coito no consentido, se le lesiona una de las libertades más preciadas y más íntimas: la libertad erótica, específicamente la libertad de decir no a la cópula que no se quiere. La palabra no, dice Octavio Paz, es la palabra sagrada con la que empieza la libertad. Sigue leyendo

Lo incomprensible

Me provoca estupefacción y estremecimiento que entre el personal académico y el alumnado de mi universidad —la Máxima Casa de Estudios del país y una de las mejores de América Latina—, la Universidad Nacional Autónoma de México, haya simpatizantes del gobierno de Nicolás Maduro.

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Olympe de Gouges

“Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”. Con esas palabras se inicia la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, elaborada por Olympe de Gouges, a quien quiero rendir homenaje con motivo del día internacional de la mujer.

            Nacida Marie Gouze el 7 de mayo de 1748, en Montauban, Francia, en una familia burguesa, se casó a los 17 años con un hombre mucho mayor que ella, con el que fue tan infeliz que caracterizó al matrimonio como la “tumba de la confianza y del amor”. Tuvo un hijo con el que se fue a radicar a París ofreciéndole una buena educación. Frecuentaba los salones parisinos en los que convivían artistas e intelectuales. Su nombre figuraba en el Almanaque de París, el quién es quién de esos años luminosos.

            Escribió drama y montó una compañía teatral itinerante. Sus obras se representaban en toda Francia. La más conocida, La esclavitud de los negros, en la que asumía una postura antiesclavista, fue boicoteada por los actores de la Comedia Francesa, que dependía financieramente de la Corte de Versalles, donde muchas familias nobles lucraban con la trata de esclavos. Estuvo presa en la Bastilla. Con la revolución, su obra ya pudo escenificarse en la Comedia. Fue admitida en el Club de los amigos de los negros. Los dirigentes del movimiento abolicionista le expresaron su admiración.

            En 1788 el Journal general de France publicó sus folletos en los que delineaba su proyecto de impuesto patriótico y presentaba su programa de reformas sociales. Olympe era partidaria de que el matrimonio fuera sustituido por un contrato anual renovable libremente por la pareja, de un sistema de protección materno-infantil, y de la creación de talleres para los desempleados y hogares para los mendigos.

            Abogó por la plena igualdad entre las mujeres y los hombres en todos los aspectos de la vida privada y de la vida pública, incluyendo el derecho al voto, a la participación política, a la propiedad de bienes, a formar parte del ejército y a la educación. El artículo 1º de su Declaración proclama: “La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos”. El artículo 4: “La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tiene por límite la tiranía perpetua que el hombre le opone; este límite debe ser corregido por las leyes de la naturaleza y de la razón”.

            Para comprender plenamente el valor de los planteamientos de la Declaración y la valentía de su autora, es preciso advertir que durante la revolución los derechos de las mujeres no eran objeto de debates, panfletos, ensayos, comisiones gubernamentales ni organizaciones de defensa. Condorcet había argumentado que, dado que los derechos de los hombres se derivan de que son seres sensibles susceptibles de adquirir ideas morales y razonar con esas ideas, y que las mujeres tienen esas mismas cualidades, necesariamente deben reconocerse a éstas iguales derechos. Pero la revolución suprimió todos los clubes políticos para mujeres alegando que ellas debían limitarse a las funciones privadas que les destina la naturaleza.

            En aquellos días ominosos la Revolución conducía a la guillotina a quienes disentían de la corriente dominante, no obstante que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano disponía que nadie sería molestado por sus opiniones. Olympe no se amedrentaba. Enemiga del terror, se opuso a la ejecución de los reyes, advirtió de los riesgos de dictadura, criticó a Robespierre y Marat, y defendió a los diputados girondinos.

            Enferma por una herida que se le infectó, fue internada en una enfermería carcelaria, de donde logró sacar dos carteles en los que se defendía de sus persecutores. Cuarenta y ocho horas después de la ejecución de los diputados girondinos, la enjuició el tribunal revolucionario sin la asistencia de un abogado defensor. Se defendió brillantemente, pero en el frenesí revolucionario las razones no cuentan. Un solo día duró su juicio, en el que se le condenó a muerte. El 3 de noviembre de 1793 fue guillotinada. Su hijo renegó de ella públicamente. La revolución, que asesinaba también a sus mejores hijos, se volvió a llenar de infamia.

El fulgor de la noche

En El fulgor de la noche. El comercio sexual en las calles de la Ciudad de México (Océano, 2017), Marta Lamas aborda un tema de urgente actualidad. Es un libro que debieran leer, sobre todo, las fiscales de trata de personas, los jueces penales y los legisladores de toda la República.

            Con extraordinaria potencia argumentativa y en una prosa clara y minuciosa, la autora sale al paso de las voces que reclaman, como parte de la estrategia contra la trata, la abolición del trabajo sexual, pues entienden que quienes lo ejercen devienen en esclavas sexuales. Es un asunto que ha enfrentado a las feministas de todos los países occidentales.

            La fundadora de las revistas Fem y Debate feminista y del Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE) distingue con precisión el trabajo sexual voluntario del repugnante y gravísimo delito de trata. Entre aquel trabajo y este delito hay una diferencia abismal, la misma que existe entre toda labor remunerada que se realiza voluntariamente y la reducción de seres humanos a la esclavitud con fines de explotación sexual o de otra índole.

            El trabajo desempeñado libremente requiere una normativa que prevenga y sancione abusos contra los trabajadores, les otorgue prestaciones y les imponga deberes, en tanto que la trata de personas es un crimen aberrante que ameritaría que Yahvé volviera a hacer que lloviese fuego contra los culpables. Miles de mujeres en el mundo han elegido dedicarse al trabajo sexual básicamente por el beneficio económico que obtienen de éste.

            La posibilidad del ejercicio voluntario del trabajo sexual no es admitida por las neoabolicionistas. Alegan que en la sociedad patriarcal y sexista, en la que las mujeres ocupan posiciones de subordinación con respecto de los varones, cierta clase de elecciones están determinadas por preferencias adaptativas, las que, por decirlo coloquialmente, hacen de la necesidad, virtud. La elección de la prostitución —término que no le gusta a Lamas por su carga despectiva y su sentido condenatorio— refleja, desde el punto de vista de las neoabolicionistas, los deseos deformados por el sexismo cultural y ciertas condiciones socioeconómicas.

            No es difícil advertir que tal planteamiento, llevado a sus últimas consecuencias, implicaría que todo consentimiento otorgado por las mujeres, en la esfera sexual y en cualquier otra, dada la situación de desigualdad entre los sexos, sería un consentimiento viciado, no genuino. El corolario sería nefasto: tendríamos que considerar a las mujeres en todos los casos y en todos los ámbitos incapacitadas para manejar su propia vida, como se les consideró doquiera durante milenios y aún se les considera en regímenes regidos por la sharía.

            Me apresuro a apuntar que ninguna decisión de ningún ser humano se toma al margen de las circunstancias de la ocasión. Lo expresó memorablemente José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Sin duda, millones de obreros y campesinos, de empleados públicos y privados, miles de mineros, albañiles, afanadores, policías o taxistas preferirían, en lugar de su trabajo actual, ser el centro delantero del Rebaño Sagrado con el salario de Alan Pulido, y muchísimas secretarias, meseras, enfermeras, trabajadoras domésticas e incluso profesionistas y empresarias quisieran la voz, la figura, el éxito y los ingresos económicos de Shakira en vez de su presente ocupación.

            Pero de ahí no se sigue que el trabajo que desempeñan esos hombres y esas mujeres sea un trabajo esclavo. La esclavitud sexual es la que padecen, por ejemplo, las víctimas del Estado Islámico, y las de traficantes de personas que las han privado de su libertad para explotarlas sexualmente. Los elementos definitorios de la esclavitud sexual, o de cualquier otra modalidad de trata de personas, son la coerción o el engaño, que anulan la libertad. La trata sexual fuerza a una mujer o a un hombre a prestar su cuerpo contra su voluntad, lo que resulta monstruoso y debe combatirse con todo rigor, pero —subraya Marta Lamas— “también hay quienes realizan una fría valoración del mercado laboral y eligen la estrategia de vender servicios sexuales”.

La prostitución no es un oficio que conduzca a la beatitud. A mí me parecería inaceptable pagar por un coito. Algo de triste y oscuro tiene el sexo pagado. Pero admitamos que las trabajadoras sexuales prestan un servicio, no exento de dificultades y peligros. Algunas juegan el papel de confidentes o terapeutas: el cliente les cuenta lo que a nadie más le confía.

            Con las trabajadoras sexuales los clientes buscan el desfogue sexual de la manera en que no lo experimentarían con una pareja, ya sea por negativa de ésta, por prejuicio propio o por carecer de pareja. En el fulgor de la noche abundan los insatisfechos, los deprimidos y los solitarios: acuden a ese fulgor para escapar un poco de las sombras.

            “Esto tiene mucho que ver —observa Marta Lamas— con la compleja definición de Freud de la libido, que aparece como una fuerza pulsional que desafía la tipificación fácil del comportamiento. Creer que el comercio sexual es un problema exclusivamente económico de las mujeres distorsiona la comprensión del fenómeno al no visualizar su contenido psíquico, en especial, el ‘carácter incoercible’ del inconsciente en los clientes que acuden a comprar servicios sexuales”.

            Autorizada o no, la prostitución ha existido siempre y en todas las sociedades. La prohibición conduce a las trabajadoras sexuales a la ilegalidad y a la clandestinidad, lo que las coloca en la posición más propicia para ser extorsionadas o víctimas de otros abusos. Marta Lamas reprocha a las neoabolicionistas: “Una batalla legítima e indispensable contra la trata ha culminado en actitudes represoras contra las trabajadoras sexuales, incluso poniéndolas en riesgo”.

            La trabajadora sexual no se vende a sí misma —como no se vende a sí mismo ningún trabajador— ni renuncia a su dignidad, sino vende un servicio, para el cual celebra un contrato oral con el cliente. Si a ese servicio se le reconoce la categoría de trabajo, las trabajadoras sexuales tendrán las obligaciones y los derechos de los demás trabajadores, incluyendo carga fiscal, cumplimiento de las normas cívicas, respeto de las autoridades y acceso a la seguridad social.

            En México no está prohibida la prostitución, pero el lenocinio está tipificado como delito, lo que ha motivado que se persiga penalmente a padres, hijos y parejas que reciben apoyo económico de las trabajadoras sexuales, y a dueños y empleados de antros en los que ellas pueden recibir a los clientes e incluso encontrar un nido protector que les sirva para descansar, ir al baño o conversar. Todos sabemos de la cruzada puritana que en la Ciudad de México y otras muchas ciudades ha cerrado table dances con detenciones masivas de gerentes y meseros, aun sin que haya pruebas de que las mujeres que allí trabajan sean prostitutas y a pesar de que manifiesten con vehemencia que nadie las ha obligado a esa ocupación.

            Marta Lamas señala como factor del trabajo sexual que “en el capitalismo, todas las personas que trabajan viven una presión económica, tanto por asegurar su subsistencia como por acceder a cierto tipo de consumo”. Es de advertirse que la prostitución también se ha practicado en los regímenes autodenominados socialistas a pesar de la persecución de quienes se dedican a ella. Yoani Sánchez observa que en Cuba, donde la Revolución proclamó que las putas eran cosa del pasado capitalista, “detenciones, condenas a prisión y deportaciones forzadas hacia su provincia de origen” fueron la respuesta oficial contra las jineteras, lo que ocasionó que el chulo cobrara importancia en la misma medida en que la calle se volvió un riesgo (El País, 12 de marzo). No todas las trabajadoras sexuales lo son por hambre. Muchas, sin ser pobres, optan por el trabajo sexual porque en éste ganan más que en otras actividades.

            Ni partidos políticos ni legisladores ni grupos feministas se han ocupado de pugnar por que se logre un trato justo para las trabajadoras sexuales. En El fulgor de la noche, Marta Lamas refrenda su vocación de hereje argumentando sólidamente contra las buenas conciencias implacables e impecables. No lo dice, pero muestra que las posturas biempensantes en un tema tan complejo como el del comercio sexual suelen ser en realidad una fe impostada.

El no más sagrado

El juez Robin Camp le preguntó a la denunciante, una muchacha de 19 años, en la audiencia llevada a cabo en el juzgado de Calgary, Canadá: “¿Y por qué simplemente no mantuvo las rodillas juntas? También pudo haber evitado la violación moviendo la pelvis o metiendo las nalgas en el lavabo”.

            La denunciante había relatado que en el transcurso de una fiesta en casa de unos amigos, el agresor, un hombre de 29 años, la acorraló en el baño, contra el lavabo, y la penetró sin su anuencia. El acusado fue absuelto en primera y segunda instancias.

            Camp ha presentado su renuncia después de que el Consejo Judicial Canadiense recomendara su destitución por considerar que su conducta socava gravemente la confianza del público en el Poder Judicial y contraría profunda y manifiestamente los principios de imparcialidad, integridad e independencia que debe observar todo juzgador. Desde la creación del Consejo Judicial en 1971, sólo tres jueces se han visto orillados, en virtud de sus recomendaciones, a dimitir. La ministra de Justicia, Jody Wilson-Raybould, declaró: “Estamos con las víctimas, y no estamos dispuestos a aceptar de ningún modo la violencia de género”.

            El punto de vista de Camp es deudor de añejas posturas doctrinarias. En nuestro país, un destacado representante de esa tendencia fue Celestino Porte Petit, en cuyas clases y libros se formaron varias generaciones de juspenalistas. En su Ensayo dogmático sobre el delito de violación (Porrúa, 1993) escribió que para que se configure ese delito “tiene que estar comprobado que el sujeto pasivo se opuso a la realización de la cópula, y que la oposición y resistencia permaneció viva durante todo el tiempo que el sujeto activo desplegó la fuerza material”.

            En el mismo sentido, un siglo antes, Rudolph Aug. Witthaus y Tracy C. Becker aseveraron que “si solamente se hallaban ligeros indicios de lucha en los muslos y los pechos”, esto era una prueba de que la mujer se había abstenido “de usar toda su fuerza en su propia defensa” (Medical Jurisprudence, Forensic Medicine, and Toxicology, 1894). Aunque parezca increíble, todavía en el último tercio del siglo XX llegó a considerarse que la mujer media estaba “equipada para interponer obstáculos eficaces a la penetración mediante las manos, las extremidades y los músculos pélvicos” (F. Lee Bailey y Henry Rothblatt, Crimes of violence: rape and other sex crimes, 1973).

            La creencia de que una mujer no puede ser forzada al coito proviene de antiguo. En El vergonzoso en palacio (Barcelona, 1624), de Tirso de Molina, el Vasco pregunta a Ruy: “Ven acá: ¿si Leonela no quisiera / dejar coger las uvas de su viña / no se pudiera hacer toda un ovillo, / como hace el erizo, y a puñadas, / aruños, coces, gritos y a bocados, / dejar burlado a quien su honor maltrata, / en pie su fama y el melón sin cata?”.

            Pero, como explica magistralmente el inolvidable profesor Mariano Jiménez Huerta, puede acontecer que “la violencia se ejerza sólo durante la parte inicial del proceso ejecutivo, transcurrida la cual la víctima abandona toda resistencia, ora por no sufrir mayores sevicias, ora por estar agotada y carecer de energía para seguir la lucha”. La violación no presupone el completo sometimiento físico: “basta que la fuerza física desplegada reduzca la voluntad en forma y grado que la despoje humanamente —no heroicamente— de la posibilidad de resistir” (Derecho Penal Mexicano. Tomo III. La tutela penal del honor y de la libertad, Porrúa, 2ª edición, 1974).

            Es evidente que ante cierta magnitud o ciertas manifestaciones de violencia física la víctima comprende que la resistencia es inútil o riesgosa para su integridad física o incluso para su vida. En tal circunstancia no desaparece tal violencia ni aparece el consentimiento tácito. Para que se considere que una persona —mujer u hombre— ha sido violada no se requiere que haya llevado su resistencia hasta el martirologio ni que su oposición a la cópula no consentida haya durado hasta el desmayo o cualquier otra forma de pérdida de la conciencia. Lo que se tutela en la correspondiente figura delictiva es una de las libertades más íntimas y sagradas: la libertad de decir no a la cópula no querida.

Un fallo ignominioso

Es una de las resoluciones más indignantes que recuerde. El juez de distrito Anuar González Hemadi concedió amparo contra el auto de formal prisión a Diego Cruz, uno de los agresores sexuales —los conocidos como Porkys— de la menor Daphne.

       Recordemos los hechos. En el puerto de Veracruz, la menor agraviada fue subida por la fuerza a la parte trasera de un auto Mercedes Benz en el que iban cuatro jóvenes. Allí los dos que la flanqueaban —uno de ellos el inculpado— le tocaron los senos, metieron las manos debajo de su falda y los dedos en su vagina. Después la llevaron a una casa en Boca del Río, a la cual la introdujeron violentamente. Uno de sus captores la metió a un baño, la tiró al suelo, se sacó el pene y la penetró.

       Esos hechos configuran indudablemente varias violaciones. La violación se comete no sólo con la introducción, por medio de la violencia, del miembro viril en alguna de las cavidades —vaginal, anal u oral— del cuerpo del sujeto pasivo, sino también con la de cualquier objeto o cualquier parte del cuerpo del agresor. Lo sabe todo alumno de derecho que haya tomado el curso de delitos.

       La menor fue violada primeramente en el automóvil, cuando se le introdujeron los dedos en la vagina, y posteriormente en el baño de la casa, cuando se le impuso el coito. Los responsables de esas violaciones son los cuatro agresores, pues no sólo lo es el que lleva a cabo la conducta típica —la penetración— sino asimismo los que inducen, compelen o auxilian al autor material a la realización de esa conducta. En el presente caso, aun los que no hubiesen introducido los dedos o el pene en la vagina de la ofendida son responsables por prestar auxilio a los que lo hicieron. Ese auxilio se empezó a dar desde el momento en que la menor fue subida por la fuerza al coche.

       Sin embargo, a Diego Cruz se le dictó formal prisión no por violación, sino por pederastia, figura delictiva que exige en el código penal de Veracruz que se cometa abuso sexual contra un menor aprovechando su estado de indefensión. Asombrosamente, el juez que ha concedido el amparo arguye que no hubo abuso sexual de parte del inculpado porque no está acreditado que los tocamientos en los senos de la menor tuvieran ánimo lascivo, le produjeran deleite sexual o satisficieran su apetito erótico, pues no hubo insinuación, mirada o acercamiento con la víctima, y que ella no estuvo indefensa porque después de que fue tocada y se le introdujeron los dedos en la vagina se le permitió pasar a la parte delantera del auto.

       El juzgador pretende apoyar su resolución en la jurisprudencia de la Suprema Corte que señala que no hay abuso sexual por “un roce o frotamiento incidental ya sea en la calle o en alguno de los medios de transporte”. Es claro que no comete delito alguno el que en la vía pública, en el autobús o en el Metro tiene contacto físico incidentalmente con otra persona. Pero en el caso que nos ocupa la víctima fue privada de su libertad precisamente para hacerla objeto de tocamientos y penetraciones vaginales. Y el estado de indefensión en que estuvo es indiscutible. Le permitieron pasar al asiento delantero del auto sólo después de que fue tocada y penetrada digitalmente, pero ni a partir de entonces cesó su indefensión, pues a la fuerza fue llevada a la casa donde se le volvió a violar.

       Por otra parte, el juez incurre en una contradicción inaudita. En las páginas 15 y 16 de su sentencia transcribe la declaración de la víctima, en la que ella narra que en el auto fue toqueteada y penetrada con los dedos en la vagina, y uno de los dos jóvenes que lo hicieron es Diego Cruz. Y en la página 24 el juzgador dice que “la ofendida no hace referencia a los tocamientos que se atribuyen al quejoso (de los que se acusa al inculpado) refiriéndose únicamente al evento sexual atribuido a diverso coacusado”.

       Parece claro que se trataba de eximir al inculpado a como diera lugar. Aun si el fallo no obedeció a un soborno, se trata de un acto de corrupción. Aunque no haya mediado dinero para que se dictara en esos términos, dejando impunes delitos tan graves —salvo que el amparo sea revocado en la siguiente instancia—, es, sin duda, una perversión de la justicia.

El crisol de la verdad

Se conoce como ahogamiento simulado la técnica de interrogatorio que consiste en inmovilizar al interrogado bocarriba sobre una tabla, cubrirle la cara con un paño y verterle agua en la boca y la nariz para generarle la sensación de ahogamiento.

            Esa práctica fue incorporada por la CIA en el programa del ejército de Estados Unidos después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Asimismo, se incluyeron en ese programa los azotes contra las paredes y el encierro en cajas similares a ataúdes. Un informe del Comité de Inteligencia del Senado, publicado en diciembre de 2014, señaló que la utilización de esos procedimientos fue brutal e ineficiente, y que la CIA mintió reiteradamente sobre su utilidad.

            El presidente Barack Obama prohibió ésas y toda otra forma de tortura apenas iniciada su gestión, en 2009. Una enmienda al Manual de Campo del Ejército establece que no pueden infligirse tortura ni tratos crueles, inhumanos o degradantes, tal como lo consagra la prohibición contenida en todos los instrumentos internacionales sobre la materia. El asunto parecía superado. La tortura es inaceptable porque contraría valores fundamentales de nuestro proceso civilizatorio, independientemente de cuál sea su grado de eficacia.

            Pero, como se ha visto desde su primer día en la Presidencia y se vislumbró desde que era candidato, el mandatario Donald Trump parece no tener demasiada simpatía por los derechos humanos ni por otros productos civilizados. Las opiniones de Trump sobre los inmigrantes latinos, los musulmanes, la ecología, la prensa y las mujeres, así como su veto a la entrada al país de ciudadanos de siete países de Oriente Medio y de refugiados sirios, revelan una actitud inadmisible en el Presidente del país más poderoso de la Tierra.

            Su punto de vista sobre la tortura es escandaloso. Trump apoyaría que nuevamente se emplearan los modos de interrogatorio que abolió Obama, aunque aclaró que haría todo “dentro de los límites de lo que está permitido legalmente”. En otras palabras: el flamante Presidente no anuncia que violará la ley sino propugna que ésta se modifique a fin de que se pueda torturar legalmente.

            La tortura, eliminada del universo normativo a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, ha pervivido tercamente en el mundo fáctico. Permite obtener la confesión de un inculpado o información para ubicar a presuntos partícipes en un delito, o para prevenir que éste se cometa. Asimismo, constituye un castigo cruel contra un sospechoso que no ha sido condenado por un juez. Durante mucho tiempo se consideró legítima: el cuerpo que sintiese el dolor insoportable diría la verdad o expiaría el crimen cometido. En su magistral Tratado de los delitos y de las penas, publicado por primera vez en 1764, Cesare Beccaria, un aristócrata italiano de 25 años, echó abajo ambas suposiciones.

            El dolor, advirtió Beccaria, no podía ser el crisol de la verdad, como si el juicio de ella residiese en los músculos y las fibras de un miserable. En cuanto a la purgación de la infamia, tal absurdo sólo podía explicarse por ser un uso tomado de las ideas religiosas y espirituales. Desde entonces el mundo civilizado empezó a considerar inaceptable la tortura. No neguemos que en muchos casos ha servido para obtener confesiones o información relevante para el esclarecimiento de un caso criminal. Pero someter a una persona a dolores o sufrimientos extremos es absolutamente incompatible con la dignidad humana.

            No ignoro que en nuestro país se practica la tortura, la cual lamentablemente ha repuntado a partir de la guerra contra el narco. Pero no es defendida públicamente por servidor público alguno, y en algunos casos los presuntos torturadores son enjuiciados. No basta. Distingámonos en todo de Trump. Que ésa sea nuestra venganza a sus agravios. Mucho se ha escrito, ante su ofensiva contra nuestro país, sobre la necesidad de diversificar nuestro comercio exterior y crear aquí oportunidades que desestimulen el éxodo de mexicanos a Estados Unidos. Muy bien. Pero también mostremos al mundo y a nosotros mismos que somos capaces de combatir con eficacia la aberración de la que Trump es partidario: abatamos la tortura.