Lo que dictan los trinos

La sentencia condenatoria dictada a Leopoldo López —13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de prisión— pone de manifiesto, una vez más, que en Venezuela se ha instaurado una dictadura.

Es verdad que Hugo Chávez y Nicolás Maduro llegaron al poder por la vía electoral —aunque el segundo en una contienda absolutamente inequitativa y cuestionada, sin garantías para la oposición y apenas alcanzando la mayoría—, pero por esa misma vía llegaron Hitler y Mussolini.

En Venezuela, como apunta Rubén Cortés (La Razón, 15 de septiembre), se han reeditado los procesos de Moscú de 1938. El fiscal Vichinski llamó a los acusados soviéticos perros rabiosos. La ministra de prisiones de Maduro dijo: “Hay justicia y le salió barato al monstruo”.

¿Cuál es la monstruosidad que se atribuye a Leopoldo López? Encabezó una manifestación no autorizada. Las manifestaciones contra el régimen que está devastando a Venezuela han sido reprimidas no sólo por la policía sino por las pandillas fascistoides chavistas que actúan violentamente contra los manifestantes con impunidad garantizada. Los heridos y los muertos son obra de esa represión.

En el derecho penal democrático nadie responde sino por su propia conducta. Leopoldo López no ha hecho jamás una instigación a la violencia. Solamente desde la abyección puede sostenerse, como lo ha hecho Juan Carlos Monedero, del partido español Podemos, que las tácticas de López son similares a las de la organización terrorista ETA.

Leopoldo López ha sido un opositor pacífico. Quiere, como millones de venezolanos, terminar con el régimen chavista por la vía del sufragio. Es, por tanto, un preso de conciencia. Su encarcelamiento —en una prisión militar— y su juicio —en el que se desechó a 58 de los 60 testigos propuestos por la defensa, pero los dos aprobados no se presentaron porque la policía los intimidó— han sido objeto de la reprobación de la ONU, la Unión Europea, Amnistía Internacional y Human Rights Watch. No es el único preso por su militancia opositora. Sus coacusados también han sido condenados aunque a penas menores que la impuesta a López. Son, asimismo, presos de conciencia.

Ante semejante injusticia los gobernantes latinoamericanos han callado, salvo el gobierno chileno, el cual, en una actitud que lo honra, ha expresado su esperanza de que se observen las garantías judiciales de un debido proceso y la eficacia de los recursos disponibles para que los afectados puedan reclamar su inconformidad con las sentencias de primera instancia.

La reacción de Maduro ha sido la previsible en un gobernante de su calaña. El régimen chavista acusa al gobierno de Michelle Bachelet de emitir “juicios de carácter injerencista en los asuntos internos de un Estado de derecho democrático, soberano e independiente como la República Bolivariana” y lo insta a no inmiscuirse “en los asuntos internos por acción directa e influencia de potencias externas”.

Esa iracunda respuesta que apela a la soberanía de la República Bolivariana es de la misma índole por la cual el gobierno venezolano ha abandonado el sistema interamericano de derechos humanos: nadie del exterior tiene derecho —asevera el régimen— a cuestionar sus actos soberanos. Ese concepto de soberanía es una trampa que no resiste el menor análisis. No es la soberanía ciudadana sino la del gobernante que, escudándose en ella, aplasta o aniquila a sus gobernados exigiendo no ser incomodado por ninguna crítica internacional. Pero, como sostienen los expresidentes chilenos Eduardo Frei y Ricardo Lagos (El País, 15 de septiembre), “cuando se violan los derechos humanos no hay fronteras y es legítimo levantar la voz”.

En México no sólo el gobierno sino también los partidos políticos han guardado vergonzoso silencio, con la sola y plausible excepción del PAN, que pedirá a la Secretaría de Relaciones Exteriores que promueva acciones a favor de López y coacusados.

A Maduro le da instrucciones desde ultratumba Hugo Chávez, quien se le aparece en forma de pajarillo. Maduro no quiere escuchar las voces democráticas que se afanan en hacerlo entrar en razón sino tan sólo los trinos de esa ave fantasmal.